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Detalle de las aceitunas al llegar a la “Almazara Tradicional”, en Gata (Cáceres)

Detalle de las aceitunas al llegar a la «Almazara Tradicional», en Gata (Cáceres)Europa Press

'Un mar de oro verde': no solo un ingrediente, una forma de vida

Emilio Lara viaja al origen e importante evolución histórica del aceite de oliva enlazando, con una genialidad narrativa portentosa, el pasado y presente de nuestra civilización

Creo que por muchos paisajes nuevos que me descubra mi mirada y platos que dispongan en mi mesa los amigos que la vida ponga en mi camino, ningún momento será tan luminoso ni habrá otra luz como el sol que iluminó mi infancia. Este deambular nostálgico ya viene conmigo de serie, pero Un mar de oro verde (Ariel) me lo ha confirmado trayéndome a todos aquellos que hicieron quien soy. Nuestros sentidos tienen memoria y leyendo cada una de estas páginas he comprobado que el sentido del gusto y el corazón están hermanados.

Cubierta de 'Un mar de oro verde'

Ariel (2026). 440 páginas

Un mar de oro verde. Historia cultural del aceite de oliva

Emilio Lara

Con Emilio Lara –doctor en Antropología, profesor de Geografía e Historia de secundaria y autor de La cofradía de la Armada Invencible y El relojero de la Puerta del Sol, entre otros– sentimos que al recorrer el origen histórico del aceite de oliva, de alguna manera, proseguimos también una tradición sentimental perpetuando un legado. Cuentan que la literatura multiplica la vida y Lara –nacido en Jaén, provincia que produce el 25% del aceite de oliva mundial– de esto sabe mucho. Aplicando un lenguaje fresco, directo y genuino ha enlazado, con una genialidad narrativa portentosa, el pasado y presente de nuestra civilización.

Desde tiempos bíblicos, cuando los discípulos ungían con aceite a los enfermos para curarlos –recuerden que Cristo en griego significa el ungido–. Láncese desde estas páginas a conquistar como los griegos y romanos que hoy evocamos conmovidos. Cúrese con los aceites perfumados y medicamentos que se convirtieron en tal arte que Dioscórides nos dejó De materia médica. Y Cornelio Celso compuso un Vademécum de medicamentos elaborados con aceite de oliva en el que salían 146 recetas. Lea que Homero cita el aceite de oliva en la Ilíada y la Odisea. Precisamente, a Homero le debemos la metáfora de oro líquido. Utilice como el Quijote ese aceite de Aparicio, que servía para curar golpes o males estomacales… Y yo ya estoy pensando para mi tumba esas vasijas pequeñas que contenían aceite de oliva como en el Ática.

Y los negocios que no falten. El mare nostrum transformado en mare óleum al convertir el Mediterráneo en plataforma mercantil. El oro líquido cosechado en la Hispania sostuvo económicamente el Imperio Romano. Se aviva, pues, mi gratitud a aquellos trabajadores vareando las ramas y que luchan hoy por modernizar sus tradiciones generando miles de empleos y litros de aceite custodiados en sus almazaras –lean el elaborado sistema de decantación en la Antigüedad–.

La memoria y la curiosidad se nos disparan al leer que la religión cristiana, la judía y la musulmana mantuvieron intacta la cultura mediterránea del aceite. Tal sería la huella civilizadora de Roma en la cultura árabe que se referían al Mediterráneo como al-Bahr al-Rum: «el mar de los romanos». Avanzando, el aceite de oliva fue fundamental en la primera vuelta al mundo, aquella de Magallanes y Elcano. Fernando el Católico ordenando transportar de manera obligatoria olivos con destino a las Indias Occidentales. Y borren aquella imagen de una España de los Austrias mugrienta. Es falsa. Gracias a nuestro jabón –procedente de los árabes, continuado por los mudéjares y trasvasado a los reinos cristianos–, toneladas desde Sanlúcar de Barrameda y Sevilla. Si ya enseñoreamos la Antigüedad, los olivos se encaminan ahora hacia tierras americanas, la China milenaria –compra a España el 50% del aceite de oliva– o la Europa del este e incluso Oceanía, «donde los canguros botan entre brotes de aceituna».

Adereza Lara Un mar de oro verde con episodios de su vida, sus gustos cinéfilos y musicales y los viajes a diferentes países y museos que ha visitado, así por sus páginas aparecen James Cameron, director de Titanic, que cree que la Atlántida está en Jaén; Visconti y su Muerte en Venecia; los inacabables campos de olivo que nos transportan a Monument Valley, donde gustaba rodar a John Ford, y Velázquez con ese Vieja friendo huevos o Dalí y su paisaje de Cadaqués en su óleo Olivos. Qué calidad la de nuestras materias primas, qué esfuerzo el de nuestros antepasados, qué respeto con el que han transmitido nuestra historia, ¿no emociona ver cómo la vida se abre paso en recios olivos –lección de resistencia, hasta tres mil o cuatro mil años de vida– ante el ruido diario? Luminosa España que te lleva a proclamar: esto es en lo que creo.

Emilio Lara ha captado el latido de nuestra memoria con aparente naturalidad, no exenta de hondura. Si uno de los propósitos de este libro era restañar el olvido al que tradicionalmente está condenado el aceite de oliva, ya lo creo que Lara lo ha conseguido. ¿No es en los detalles aparentemente modestos donde Dios atestigua su existencia? Celebrémoslo con una tortillita de camarones o unos boqueroncitos fritos, porque en este oro líquido aparentemente humilde nos reconocemos todos.

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