Clase de colegio
¿Y si innovar fuera el problema? La revolución de conservar la escuela
Bianca Thoilliez ofrece una lúcida defensa del conocimiento, la enseñanza y la responsabilidad de educar en un tiempo dominado por la innovación
El libro, de 166 páginas y publicado por Ediciones Encuentro, aborda un aspecto esencial para un buen educador o docente que esté impartiendo clases en cualquier etapa educativa. La autora refleja la preocupación actual ante el debate que existe sobre la educación, y de ahí que decida poner como título a su libro: Conservar la educación.

Encuentro (2025). 166 páginas
Conservar la educación
Bianca, en su introducción, destaca la falacia que existe hoy en día ante ese debate educativo, donde se desplaza el lenguaje pedagógico por lógicas técnicas, psicológicas o economicistas, sin centrarse en lo fundamental: «necesitamos una pedagogía que recupere su espesor intelectual y ético». Actualmente, nos encontramos con discursos educativos que están alejados de la realidad escolar y educativa. Por este motivo, la autora nos aconseja retomar, en Conservar la educación, una conversación pedagógica que sea exigente, pero, a la vez, abierta y comprometida.
El libro consta de cinco capítulos, en los que la autora ha querido reflejar cada uno con un verbo. El primero, «Practicar», empieza con una defensa de la enseñanza como práctica artesanal. Para ello, la autora define qué es enseñar y lo une a la práctica artesanal. Asimismo, cita cómo en estudios internacionales se destaca la importancia del profesor. De hecho, se percibe el rendimiento del alumnado por dos variables: el dominio profundo y especializado de la materia que imparte el docente y la experiencia acumulada al enseñar los mismos contenidos a grupos de la misma edad. Este recorrido es lo que otorga al docente un conocimiento profesional y artesanal que no se puede enseñar ni simular en las facultades de educación.
Por este motivo, en este primer capítulo, ella matiza cómo el rol de la universidad no debe ser el de un taller profesional, sino el de preparar a los futuros docentes no solo en la parte intelectual, sino también moralmente para un trabajo de gran complejidad técnica. La autora finaliza este capítulo indicando que el oficio de enseñar se aprende y se perfecciona directamente en el aula y en los centros de trabajo, colaborando con los compañeros, planteándose las preguntas adecuadas y manteniendo un firme compromiso ético que movilice al profesor a mejorar continuamente ante las necesidades de sus alumnos.
En el segundo capítulo, «Heredar», se dialoga sobre las críticas a las pedagogías del descubrimiento y a ciertas formas de constructivismo. Bianca indica que dominar una materia no convierte a nadie automáticamente en buen profesor, pero es cierto que es la base indispensable para serlo. Cuando un docente posee un conocimiento sólido y, además, se preocupa por pensarlo didácticamente, multiplica su creatividad y su capacidad de conectar conceptos. Sin duda, esto es algo fundamental.
En el tercer capítulo, «Preservar», redefine el concepto de «educación pública», desligándolo de su visión tradicional basada en la financiación por impuestos. Bianca matiza que lo que determina la educación no es el origen de los fondos (sean públicos o privados), sino el compromiso de la institución con el bien común, la alfabetización, la responsabilidad social y la ausencia de afán de lucro. Así, un centro financiado al 100 % por el Estado puede no ser verdaderamente «público» si no trabaja para la comunidad, mientras que un centro privado sí puede serlo si pone sus dones a disposición de todos y busca un impacto positivo en la realidad.
En el cuarto capítulo, «Variar», la autora analiza la práctica docente frente a las innovaciones. Aquí se presenta la figura del profesor como un intérprete de la tradición cultural, un rol análogo al de un músico que realiza una variación sobre una partitura clásica: su reto es recibir un legado fundamental, un «clásico» del conocimiento, y reinterpretarlo con audacia creativa para un público contemporáneo y cambiante, sin perder la esencia del motivo original. A través de estas variaciones didácticas, Bianca realiza una crítica a la innovación como una exigencia constante, advirtiendo que los «proyectos vistosos de cartulina» a menudo sustituyen la verdadera enseñanza de la complejidad.
En el cierre de su obra, la autora defiende la relevancia del currículum, argumentando que su valor va mucho más allá de ser un mero documento técnico. El currículum representa aquello que se considera importante, necesario y obligatorio que todo niño aprenda durante su etapa de escolarización. Sin embargo, advierte que actualmente nos enfrentamos a un grave problema técnico debido a la existencia de un currículum confuso, lo que vuelve urgente la tarea de reivindicar y clarificar este mapa de conocimientos esenciales para la formación de las futuras generaciones.
Conservar la educación devuelve al oficio docente dos pilares esenciales: el conocimiento profundo y el respeto por el alumno. Bianca Thoilliez no nos invita a mirar al pasado con nostalgia, sino a defender el aula con uñas y dientes como el último bastión del pensamiento crítico. Creo que es una gran oportunidad leerlo si estás dispuesto a recordar por qué decidiste ser maestro.