Fundado en 1910
Cubierta de 'El libro de las hojas caídas'

Cubierta de 'El libro de las hojas caídas'Alianza

'El Libro de las Hojas Caídas': fantasía épica de inspiración nipona

El debut del estadounidense Alex S. Tamaki llega al castellano de la mano de Alianza con el primer volumen de su saga El Imperio del Otoño

El género literario «fantástico» está experimentando un proceso de crecimiento que aún es difícil de evaluar y, por tanto, de catalogar. Habrá que esperar unos años, o unas décadas, para ver en qué desemboca este proceso. Pero conviene ser prudentes y no presentar como innegables dogmas o principios sujetos a examen. Algunos dirán que esta época es una nueva «edad dorada» del género. Otros, todo lo contrario. Lo que sí podemos apuntar, dejando al margen toda subjetividad, es la proliferación creciente de obras que se adscriben indiscriminadamente al género. En este gran cajón, existe un tipo de literatura fantástica que se está destacando especialmente tras la arrolladora influencia de George R. R. Martin y su Canción de Hielo y Fuego, tanto por la narrativa de corte político como por la fuerte influencia de hechos históricos. Este «fenómeno Martin» ha encontrado un nicho idóneo entre los escritores y lectores actuales, y Alex S. Tamaki, autor de la obra que nos ocupa, se adscribe a esta corriente.

Cubierta de 'El libro de las hojas caídas'

Traducido por Cristina Macía. Alianza Editorial (2026). 592 páginas

El Libro de las Hojas Caídas

A. S. Tamaki

El estadounidense debuta con El Libro de las Hojas Caídas (Alianza, 2026), primera parte de lo que se anuncia como una saga: El Imperio del Otoño. «Hojas Caídas» no es un mero recurso metafórico, sino que es el nombre dado por Tamaki a los clanes de nobleza menor, surgidos de la línea principal reinante, esparcidos por los territorios imperiales. Esa nobleza menor, las «Hojas Caídas», son las familias, los clanes, protagonistas de la historia. Así, de la misma manera que tras Canción de Hielo y Fuego puede vislumbrarse el periodo histórico de la Guerra de las Rosas, tras El Libro de las Hojas Caídas se vislumbra el fin del periodo Muromachi (s. XV) y los primeros compases de la guerra de Onin.

Para entrar en esta historia: Sen Hoshiakari es miembro de la casta kijin, una nobleza guerrera, antaño advenediza, que a lo largo del tiempo ha ido acumulando más y más poder. Los kijin controlan las fuerzas del Estado en detrimento de la antigua alta nobleza, y las luchas entre ellos desangran su sociedad, y su mundo. La última gran guerra civil entre clanes kijin fue liderada por el cabeza del clan Gensei, Katsusada Asa’in, padre de Sen y de su hermana y sucesora a la cabeza del clan, Kaihime Gekko’in. Frente a ellos, se encuentra el clan Keishi, cuyo cabeza de clan, el gran canciller del estado Seikiyo Jokai (que controla al joven emperador Ashihara mediante el matrimonio de su hija Hagane y el hijo de ambos, Noriyasu) ha eliminado a sangre y fuego toda resistencia a su poder. Sen, salvado de la muerte por Yora Shijin, llamado «el Poeta», hermano de Katsusada, entrelazará su destino a una niña de la casta social más baja (una no’in), llamada Rui Misosazai, salvada también por el Poeta. Ambos, enviados a los dominios del clan Kitanohara, llevarán una existencia marcada por los recuerdos del pasado que les determinarán indeleblemente en el devenir de la historia. Dichos sucesos se dividirán esencialmente en dos ámbitos: el político, con el advenimiento de un nuevo conflicto civil; y el sobrenatural, con la manifestación de profecías y personalidades sobrenaturales.

El libro de Tamaki comienza con un arranque tremendamente prometedor: una escena poderosa y bien descrita, unos demonios, una masacre, un personaje que atisba su final y que el lector puede adivinar. Buen comienzo. Con el segundo capítulo, situado 17 años después del primero, comienza a desaparecer la fantasía, el ritmo y, casi sin advertirlo, empieza a costar mantener el interés. El tipo de encabezamiento de los capítulos sonará a muchos, pues son denominados con los nombres de los personajes principales (Sen, Kai, Rui, Yora, Yaeko…) y pretenden centrarse en la visión de los hechos a través de sus ojos concretos. Spoiler: no se consigue. El ritmo de la acción resulta desequilibrado, especialmente las líneas dedicadas a descripciones que no aportan información relevante de paisajes, estancias y demás por parte del autor, y que no consiguen sumergir al lector en el ambiente deseado, sino separarlo más, si cabe, de la acción de los personajes. Todo lo contrario de las descripciones por las que siempre se ha criticado a J. R. R. Tolkien, que, sin embargo, siempre proceden y enriquecen la consistencia del universo subcreado.

Acción que, dicho sea de paso, resulta un absoluto misterio. Evidentemente el lector no tiene que estar prevenido de todo cuanto tengan que llevar a cabo los personajes. Pero entre eso y tener un constante y total desconcierto, media un gran abismo. En cuanto a la construcción de los personajes: sencillamente no funciona. Un ejemplo de todo lo contrario lo encontramos en El Señor de los Anillos –y lamento hacer esta comparación, porque es injusto comparar cualquier obra con la de J. R. R. Tolkien–, donde un personaje como Frodo Bolsón resulta creíble ya desde «Una reunión muy esperada», es decir desde el primer capítulo. Sen Hoshiakari, protagonista del libro de Tamaki, junto con su tándem femenino, Rui Misosazai, sin embargo, no consiguen convencer al lector. Y luego está la historia general: de fondo siempre está la antigua guerra civil del clan Gensei contra los Keishi, de la que apenas se da información, y que se entreteje con profecías medio sobrenaturales, apariciones de dioses y demás que solo complican el maremágnum de Tamaki.

Pero no todo va a ser malo: Tamaki demuestra ser un gran conocedor de la historia japonesa, y más concretamente de la historia precedente al Sengoku jidai. Especialmente los periodos de bakufu (o «gobierno sobre la tienda»), en otras palabras, de dictadura militar, que caracterizó a los periodos históricos del Japón Kamakura (ss. XII-XIV) y Muromachi (ss. XIV-XVI). Una costumbre propia del Japón «feudal» –si se permite el término–, y que refleja muy bien Tamaki, es la del emperador retirado en la sombra, y las cortes paralelas del trono (controlada esta por nobleza menor de corte militar) y del predecesor. La cuestión –y he aquí donde radica el problema– es que no nos encontramos en Japón, sino en un archipiélago fantástico llamado «las Ocho Islas», y la capital no es Kyoto, sino una inventada «Saikyo», y los daimyos no existen, sino que hay una casta guerrera denominada «kijin», que la alta nobleza desprecia; y así sucesivamente… Un trasunto del Japón pre-Tokugawa, y de cuando en vez un leve complemento –muy insuficiente– de fantasía. Una intensa pero brevísima luz se vislumbra en la historia legendaria de la emperatriz chamán Sora’in, cuyos poderes fueron capaces de manifestar las dos almas de su espíritu. Pero cuando Yora Shijin y Kaihime Gekko’in terminan de evocar esos gloriosos mitos, adiós a la fantasía. Hay monjes cargados de dichos manidos, pero de poca hondura psicológica, que pretenden ocupar el puesto de Ermitaño Tortuga de Dragon Ball sin éxito (ni personalidad, dicho sea de paso).

En definitiva, nos encontramos ante una apuesta lamentablemente perdida: una historia deslavazada, fallidamente aglutinada, que no termina de arrancar, lenta a ratos, demasiado rápida otras veces, y que se debate constantemente entre el relato político del antiguo Japón y la fantasía, sin terminar de aterrizar en ninguno (y si acaso, más en el primero). Habrá, sin duda, a quien la ausencia de elementos fantásticos no les cree escrúpulo: este libro es para ellos. Sin embargo, echar de menos elementos como los que se pueden encontrar en la Volsunga Saga, en Beowulf, en Viaje al Oeste o en Las mil y una noches resulta fundamental, para quien escribe, antes de escribir cualquier cosa que quiera enclavarse en el peligroso y poco transitado reino de Faery.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas