Un exceso de vodka empaña la ‘Malagueña’
Hay todo tipo de versiones para la popular pieza de Lecuona, pero quizá resulten más adecuadas las de dos geniales pianistas caribeños que la perteneciente al gran Arcadi Volodos, con la que acaba de actuar en Madrid
Arcadi Volodos
El mejor escribano echa un borrón. El otro día, miércoles, regresó Arcadi Volodos al Auditorio Nacional para clausurar el magnífico ciclo de Impacta, preludio del próximo que se anuncia ya, para el otoño, pleno de suculentas ambrosías (un Gluck con Cecilia Bartoli, la visita de María Dueñas junto a Antonio Pappano, La pasión según San Mateo y por ahí…).
El pianista Volodos se ha serenado con la madurez, y ya no tiene que sorprendernos cada vez con el inagotable torrente de su técnica. Aunque a veces nos lo recuerde como para asegurarnos que si no se prodiga más con arreglos y fantasías no es por pereza, ni porque sus dedos raudos se muestren ya menos ágiles o fatigados (en ese sentido, su versión de la decimotercera Rapsodia húngara de Listz resultó apabullante, sólo le faltó alzarse y quemar el piano).
Quizá este coloso ha alcanzado a comprender, en este tiempo, aquello que predicaba Gerardo Diego: «Hay una rara estirpe de artistas para quienes no cuenta la vanidad (…), el impudor de la técnica acumulativa, la ostentación del poderío mecánico, sino la voz íntima y necesaria, rara, preciosa y fortuita del propio corazón». Y por eso el intérprete de San Petersburgo, vinculado a España desde su temprana adolescencia, parece ahora menos concernido por el mero espectáculo.
Volodos busca conectar, en esta renovada etapa, de un modo estrecho, directo y reposado con la naturaleza, el sentido más espiritual de ciertas músicas. Hemos podido comprobarlo, de nuevo, en la Sonata D 959 de Franz Schubert, toda ella iluminada y recorrida, desde la primera hasta la última nota, por una honda emoción.
Pero, sobre todo, ese recobrado apego por la serena introspección se tornó aún más evidente en dos de las propinas escogidas, sendas muestras de delicada orfebrería poético-musical: el Intermezzo op.117 número 1 de Brahms y, la última, el Pájaro triste de Mompou, con la que el recital debía concluir en un clima de recóndita reflexión si no hubiese sido por la inmediata salva de vítores y aplausos de la enardecida concurrencia, para despedir al ídolo.
¿Y dónde estuvo, entonces, esa falta imperdonable que se anunciaba como gancho en la frase inaugural? Ni falta ni mucho menos imperdonable: sólo una apreciación particular que para nada menoscaba o empaña una sesión musical trascendente.
Una lectura muy suya de la 'Malagueña'
Se refiere la inocente colleja a cómo percibió este humano saco de contradicciones la personal lectura que Volodos ofreció de la Malagueña, de Ernesto Lecuona, una pieza que, desde su aparición, allá por 1933, ha conocido las más variadas e insospechadas versiones
Desde una de las últimas, más recientes, debida al sofisticado combo Pink Martini, en colaboración con Thomas Lauderdale y The Pilgrims (de inequívocas reminiscencias pop sesenteras), hasta aquella que la banda de hockey de la Universidad de Minnesota suele tocar siempre al final de cada encuentro, sólo si el equipo local ha alcanzado la victoria (no hay regalos para los perdedores), esta pieza sigue camino del siglo cosechando éxitos imperecederos.
Todo ello sin dejar por el camino, obviamente, las interpretaciones que nos han servido la voz satinada de Connie Francis, Paco de Lucía y los infinitos colores que extraía de las cuerdas de su guitarra o aquellos delirantes shows del muy bombástico histrión Liberace.
Volodos tiene acuñada su propia lectura de la Malagueña, sexta pieza que el cubano Lecuona, hijo de español (emigró a la isla antillana desde Tenerife), compuso para su suite Andalucía, un tributo a sus ancestros que, de cualquier modo, tampoco renuncia a las influencias de su patria caribeña.
En el fondo de todas sus creaciones, incluso en aquellas que, como estas, rinden tributo a los orígenes ibéricos, palpita esa mezcla callejera, casi a partes iguales, de pregones andaluces y extremeños junto a jubilosas comparsas, congas y ritmos de ñáñigos, hábilmente combinados en divergente pero precisa amalgama de sonidos y aromas.
Y eso es precisamente lo que de alguna manera le pone lastre a la lectura mediante la cual, Volodos, se ha apropiado de una pieza tan popular. Le sobra grasa. Su gracia y ligereza se transforman en un estudio de Scriabin hasta convertir en un áspero trago de vodka lo que en principio era, en esencia, pura manzanilla, quizá acompañada de unas gotas de ron (que a saber a lo que sabe eso, pero a Lecuona, experto mixólogo, siempre le sale a cuenta).
Al regresar a casa no pude evitarlo. Busqué entre los tesoros del arcón discográfico un lejano registro, algo añejo en la tapa, de Frank Fernández, aquel simpático pianista cubano, encumbrado por la revolución de su país, que un día lejano me había ofrecido juvenil empleo como su publicista (lo rechacé porque qué mejor propagandista podía tener él que el propio Fidel, que si quería lo arreglaba para que actuase en los distintos satélites del poder soviético).
La verdad, podía haber sido él, Fernández, o uno de sus sucesores, el más aventajado, Jorge Luis Prats, ese Merlín que lo mismo improvisa una empanada de zamburiñas, toca la misma canción durante varias semanas como invitado de un dictador coreano o hace levitar el piano sólo con el poderío de sus acordes en Rachmaninov.
Me van a perdonar, pero cualquiera de esas dos eminencias del pianismo cubano, y universal, conecta mejor con la esencia de Malagueña, el cimbreo rítmico y las sombras ocultas bajo la apariencia jaranera del fandango, que su insigne colega ruso. También es drama, pero de otra clase.