David Nalbandián en el Masters de París
Cuarenta años de Nalbandián, el mejor tenista de la historia que nunca fue número uno y nunca ganó un Grand Slam
El mítico extenista argentino, ganador del Masters, se convirtió en 2007 en el mejor jugador del mundo durante dos semanas irrepetibles
Un día como hoy, recién comenzado 1982, nació el cordobés de Argentina David Nalbandián. Con quince años ganó el US Open júnior a Roger Federer, de quien por entonces era su bestia negra. Al año siguiente Guillermo Coria, su paisano, uno de los mejores jugadores de tierra que nunca ganó Roland Garros, le derrotó en esa misma final para adolescentes.
Profesional desde el 2000, año que acabó en el puesto cincuenta del ránking mundial, con sólo veinte alcanzó la final de Wimbledon desde el fondo de la pista, al estilo de Agassi diez años antes, con la diferencia de que no pudo ganar a Lleyton Hewitt, el entonces jefe de la ATP en su plenitud. Este fue su mejor resultado en un Grande, en una carrera prematuramente lastrada por las lesiones, que aún tuvo más de diez años por delante y donde alcanzó al menos las semifinales en todos los Grand Slam.
El Masters
Once torneos en su haber dicen poco de la verdadera cantidad y calidad del tenista argentino a quien sus compatriotas, quizá toda la afición tenística del mundo en la intimidad, llamaba Rey David. Guillermo Vilas, el enorme mito argentino de siempre, le vio y le ayudó en su progresión que quizá alcanzó su cénit en 2005, en la final del Torneo de Maestros, donde volvió a derrotar a Federer, el número uno, esta vez contra todo pronóstico, en cinco sets, para elevarlo más allá del talento sin materia en una exhibición de tenis para el recuerdo.
El anchuroso cuerpo de Nalbandián siempre pareció moverse en un bloque incapaz de cualquier resquicio de flexibilidad. Quizá fue eso lo que le hizo tan especial. Alrededor de su corpachón, de sus hercúleos tórax y cintura, parecían moverse sus brazos como pinceles delicados y precisos. La derecha sutil, acariciante, y el revés a dos manos poderoso, destructivo, ligero, capaz de llegar a cualquier parte.
Madrid y París
Movido por sus piernas cortas, parecía la escultura de un hoplita con sus faldas que hubiera cobrado vida y se moviese sobre las canchas a un lado y a otro de la red. Héroe de la Davis, en 2007 se convirtió románticamente en el mejor tenista del mundo durante dos efímeras semanas al ganar el Masters de Madrid y el de París de forma consecutiva, derrotando en España a los tres primeros del ránking: Federer, Nadal y Djokovic, y a los dos primeros otra vez en Francia, incluyendo al balear en la final.
Durante aquellos quince días ningún jugador del mundo, como así sucedió, hubiera podido superar la inspiración del juego del argentino, que fue un estertor tenístico. El canto del cisne Nalbandián, nombre de cisne, que después de aquel fin de año imborrable, una gesta sin libro donde escribirla, nunca más volvió a conseguir un resultado destacable en un gran torneo.
La pasión como gasolina
Aunque sí puede considerarse destacable en cantidad y en calidad (aún ganó también la Copa Telmex y el Abierto de Sidney), la cantidad y la calidad nalbandiana, su triunfo en el ATP 500 de Washington desde las profundidades del ránking en el que ya se hallaba, venciendo en la final al chipriota Marcos Baghdatis, el entonces octavo del mundo.
Los calambres y sobre todo la cadera, esa cadera que parecía no tener movilidad respecto a su tronco al que parecía estar unida en bloque, le fueron progresivamente bajando de su altura deportiva, que sólo pudo mantener esporádicamente, más bien pasionalmente, como en el encuentro ante Hewitt en el Open de Australia en 2011, a quien consiguió derrotar tras casi cinco horas de juego, un partido que debido al cansancio no le permitió disputar el siguiente.
Se retiró dos años después casi con los últimos resquicios de pasión concentrada en la Davis. Con la pasión como última gasolina con la que se despidió.