El verdadero drama no está en el paro, sino en la desaparición masiva de pequeñas empresas
La erosión del tejido productivo reduce empleo, cotizaciones y capacidad fiscal, debilitando la economía real
Sé que este artículo va a escocer a más de uno, pero los datos que voy a mostrar no son míos: provienen directamente del Ministerio de Trabajo, dirigido por Yolanda Díaz, en concreto de la Secretaría de Estado de Trabajo y elaborados por la Subdirección General de Estadística y Análisis Sociolaboral.
Como sé que va a levantar ampollas, me pongo la tirita: yo nunca me invento un solo dato. Soy un «auditor» de la información que se publica y me gusta colocarla para que los lectores la entiendan.
El problema es que en España la estadística pública se ha convertido en un terreno minado: ya no se sabe qué es verdad y qué es mentira, porque los números se presentan de una manera tan confusa que parecen diseñados para ocultar en lugar de aclarar.
Vamos a los hechos. Según la estadística de demandantes de empleo, en junio había 2.405.963 parados oficiales y, además, 1.779.245 personas que no eran consideradas parados pero que buscaban empleo activamente. En julio, el número oficial de parados descendió mínimamente hasta los 2.404.606 (apenas 1.357 menos), pero la cifra de los «no parados» que querían trabajar aumentó a 1.876.897. Es decir, había casi 100.000 personas más que buscaban empleo pero que no entraban en las listas del paro.
¿Quiénes son? Fundamentalmente fijos discontinuos que, cuando no están activos, desaparecen de la estadística. Personas que quieren trabajar, pero que oficialmente no cuentan como parados.
El contraste es brutal cuando miramos a la Seguridad Social: los afiliados pasaron de 16.491.893 en junio a 16.404.013 en julio, una caída de 87.790 cotizantes. La propia estadística oficial nos lo desglosa.
En microempresas (hasta 9 trabajadores) se pierden 15.119 afiliados; en pequeñas (hasta 49) se pierden 20.550; en medianas (hasta 499), desaparecen 55.221. Solo en las grandes (más de 500 trabajadores) se crean 3.100 empleos nuevos.
En otras palabras: se destruye empleo en todo el tejido empresarial, salvo en las grandes corporaciones. Y lo más grave: esos 87.790 cotizantes menos no aparecen como nuevos parados en las cifras del SEPE.
En definitiva, perdemos 87.790 afiliados a la Seguridad Social, de los cuales las empresas dejarán de pagar las cotizaciones, y que en buena lid deberían ser parados, con o sin prestación, dependiendo de si han cotizado lo suficiente o no.
El gran motivo de esta caída tan espectacular que el SEPE no reconoce como parados viene de la desaparición de 7.915 empresas en julio: concretamente, 6.755 microempresas, 762 pequeñas, 387 medianas y 10 grandes. Cada una de esas empresas que cierra deja trabajadores en el aire y cotizaciones sin recaudar.
Lo que reflejan estas cifras es un fenómeno preocupante, que apenas se quiere reconocer en el discurso oficial: el desmantelamiento silencioso del tejido empresarial español. No hablamos de teorías, sino de hechos contrastados con los propios datos del Ministerio de Trabajo.
En un solo mes han desaparecido miles de empresas, sobre todo micro y pequeñas, que son las que en muchas ocasiones sostienen el empleo en este país. Cada vez que una microempresa cierra, se pierde capacidad productiva, empleo estable y, sobre todo, se erosiona la base fiscal que sostiene el Estado. Menos empresas significan menos cotizaciones, menos impuestos, menos consumo y, en definitiva, un deterioro directo de nuestra economía real.
El Gobierno, sin embargo, prefiere maquillar las cifras. Prefiere decir que el paro baja en 1.357 personas en julio, cuando en realidad la afiliación a la Seguridad Social cayó casi 88.000 afiliados en el mismo periodo. Prefiere esconder a casi dos millones de españoles bajo la etiqueta de «no parados», aunque estén buscando empleo activamente. Prefiere celebrar que las grandes empresas siguen contratando, aunque sea a costa de la desaparición de miles de pymes que jamás volverán.
La pregunta que deberíamos hacernos no es si hay paro o no, sino cuánto empleo y cuánta riqueza estamos destruyendo
El resultado es un país con una economía cada vez más dependiente de las grandes corporaciones, pero con algo más grave: unas estadísticas que han dejado de reflejar la realidad para convertirse en herramientas de propaganda. La pregunta que deberíamos hacernos no es si hay paro o no, sino cuánto empleo y cuánta riqueza estamos destruyendo sin que las cifras oficiales lo reconozcan.
La credibilidad de las estadísticas públicas es esencial en cualquier democracia. Si los ciudadanos y los inversores perciben que los datos están manipulados o presentados de forma engañosa, la confianza se resquebraja. Y sin confianza no hay inversión, no hay estabilidad y, a medio plazo, no hay crecimiento posible.
España no necesita un relato maquillado, necesita una radiografía honesta. Porque cuando la verdad se oculta, el golpe siempre acaba siendo más duro. Lo que hoy se esconde bajo artificios estadísticos, mañana se traducirá en más cierres, más paro real y un riesgo creciente de parecernos cada día más a la Grecia que tuvo que soportar dos rescates seguidos.