Por qué el crecimiento económico del que presume el Gobierno es solo un espejismo
La respuesta no se encuentra en un aumento de la productividad, ni en avances tecnológicos, ni en un espectacular salto en la calidad del empleo. La clave está en que la población de España aumenta: cada año, nuestro país acoge alrededor de 450.000 inmigrantes netos
Un trabajador, en una obra.
Esta semana hemos escuchado, una vez más, al Gobierno presumir de que el crecimiento de la economía española es el más elevado de la zona euro. Mientras Alemania, Francia o Italia se estancan, nuestro país crece al 3 %. Pero conviene detenerse y preguntar: ¿de dónde procede realmente ese crecimiento?
La respuesta no se encuentra en un aumento de la productividad, ni en avances tecnológicos, ni en un espectacular salto en la calidad del empleo. La clave está en un fenómeno mucho más sencillo: la población de España aumenta. Cada año, nuestro país acoge alrededor de 450.000 inmigrantes netos. En los últimos tres años, más de 1,3 millones de migrantes se han incorporado a la población residente en España. Y son ellos, en gran medida, los que explican nuestro dinamismo macroeconómico.
El tren y el carbón
Imaginemos que la economía es un tren. Alemania es como un tren moderno que circula a 120 km/h de forma constante. No acelera, pero mantiene una velocidad alta y estable. España, en cambio, se parece a un tren antiguo de vapor: corre más porque se le echa mucho carbón a la caldera. Ese carbón son los inmigrantes que se incorporan al mercado laboral, ocupando, sobre todo, puestos de trabajo de baja productividad.
De este modo, la locomotora española parece ganar velocidad. Pero no porque su motor sea más sofisticado, sino porque quema más combustible. Un crecimiento basado en la cantidad, no en la calidad.
Más empleo, pero de baja productividad
La inmigración masiva ha permitido a la economía española registrar cifras récord de empleo. Sin embargo, buena parte de esos nuevos puestos de trabajo se concentran en sectores como la agricultura, la construcción, la hostelería, el servicio doméstico o el turismo. Son actividades necesarias, sin duda, pero caracterizadas por su baja productividad y salarios modestos.
El resultado es que la producción aumenta, pero la renta per cápita y la productividad se estancan. Las rentas generadas se reparten entre más personas y, además, se crean en sectores de bajo valor añadido. La economía española no está creciendo por la tecnología, ni por la mejora del capital humano, sino porque aumenta la población.
El espejismo salarial
Algunos indicadores señalan que los salarios medios han crecido en los últimos meses. Sin embargo, la fotografía completa es menos alentadora. La inflación ha devorado buena parte de esas mejoras. Y las cotizaciones sociales, cada vez más elevadas, han reducido el margen de las empresas para aumentar las nóminas.
España incorpora cada año cientos de miles de trabajadores en ocupaciones de bajos salarios. A ello se une que los márgenes empresariales, en lugar de destinarse a mejorar los sueldos, han ido a cubrir el aumento de las cotizaciones a la Seguridad Social. Así, el alivio salarial se convierte en un espejismo, que no devuelve a las familias el poder adquisitivo previo a la pandemia.
Las cotizaciones sociales, cada vez más elevadas, han reducido el margen de las empresas para aumentar las nóminas
La situación recuerda a la famosa frase de Groucho Marx: «¡Más madera, que es la guerra!». Nuestra locomotora avanza porque seguimos contratando más trabajadores, pero sin cambiar el motor. Y mientras tanto, los trenes de Alemania o Francia cuentan con máquinas mucho más avanzadas, preparadas para acelerar cuando las condiciones mejoren.
Lo que falta por hacer
Si España quiere dejar de depender del «carbón humano» y aspirar a un crecimiento de calidad, necesita acometer varias reformas de calado:
• Invertir en formación. Apostar por la educación y la formación profesional dual para aumentar el número de profesionales más cualificados.
• Mejorar la productividad. Impulsar la innovación, la digitalización y la inversión en I+D. Sin aumentos de productividad, cualquier crecimiento será efímero.
• Liberalizar la vivienda y el suelo. Para atraer inversión inmobiliaria y facilitar la movilidad laboral.
• Reformar la política fiscal. Menos carga sobre el empleo y más eficiencia en el gasto público.
Un pacto nacional por el talento, que fomente la empleabilidad y reduzca el desempleo estructural, es ya una necesidad urgente. El tren avanza más rápido, sí, pero lo hace con una máquina anticuada.
Conclusión: cambiar de locomotora
España ha logrado, gracias a la inmigración masiva, situarse a la cabeza del crecimiento europeo. Pero se trata de un espejismo: un tren de vapor que corre porque quema más carbón, no porque tenga un motor más moderno.
El reto está en cambiar de locomotora. Apostar por la productividad, la innovación y la educación. Convertir la economía española en un tren de alta velocidad que avance por su capacidad tecnológica, y no por el aumento del empleo de baja cualificación.
Mientras no se dé ese paso, seguiremos en un bucle de crecimiento frágil, empleo precario y salarios bajos. Un crecimiento que impresiona en las cifras, pero que no garantiza un verdadero bienestar para la población.
Rafael Pampillón Olmedo es catedrático en la Universidad CEU San Pablo y en IE University