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La débil Europa entre dos fuegos: China y Estados Unidos

Las cadenas de suministro ya no son simples mecanismos productivos. Son instrumentos de poder

(-D) El presidente de China, Xi Jinping, y el presidente de EE.UU., Donald Trump, durante la visita del americano a China

(-D) El presidente de China, Xi Jinping, y el presidente de EE.UU., Donald Trump, durante la visita del americano a ChinaEuropa Press

La reunión del G7 que terminó esta semana deja una sensación inquietante. Existe coincidencia en el diagnóstico económico mundial, pero mucha menos unidad a la hora de actuar. Todos los países parecen asumir que el mundo entra en una etapa más difícil: menos crecimiento, más inflación, más tensión geopolítica y una fragmentación económica creciente. Lo que ya no existe es una visión compartida sobre cómo responder.

Y eso es quizá lo verdaderamente importante.

Durante décadas, las grandes naciones occidentales compartieron una misma fe. Se creía en la globalización, el libre comercio, las cadenas internacionales de suministros y una economía mundial cada vez más integrada. Ese mundo, sencillamente, se ha terminado.

El fin de la vieja globalización

La guerra con Irán y las tensiones en el estrecho de Ormuz amenazan con volver a disparar el precio de la energía, alterar cadenas logísticas y alimentar la inflación. Eso, inevitablemente, termina afectando al crecimiento, a los tipos de interés y al coste de financiación de familias, empresas y gobiernos.

El escenario que conocimos desde el final de la Guerra Fría hasta la pandemia –energía relativamente barata, inflación baja y globalización eficiente– ha sido una anomalía histórica. Europa, especialmente, fue una gran beneficiada de aquel mundo.

Ahora el tablero ha cambiado radicalmente.

Desde Europa ya no se ve a China como una fábrica gigantesca de productos baratos. China se ha convertido en un fuerte rival. Y eso altera completamente la lógica económica occidental. Las cadenas de suministro ya no son simples mecanismos productivos. Son instrumentos de poder.

China ha dejado de competir solo con salarios bajos. Ahora compite en baterías, inteligencia artificial, coches eléctricos, telecomunicaciones, tierras raras, robots humanoides o tecnología militar. Y lo hace con una combinación potentísima de industria, capital humano y planificación estratégica.

EE.UU. ha cambiado de mentalidad

Lo más llamativo es el cambio de Estados Unidos. Durante décadas, Washington fue el gran defensor del libre comercio y de la apertura global. Hoy ocurre exactamente lo contrario. Bajo la presidencia de Trump Estados Unidos prioriza asegurar el control tecnológico, proteger sectores estratégicos, reducir dependencias críticas y recuperar capacidad industrial.

Estados Unidos ha entendido que esto ya no va solo de comercio. Va de hegemonía.

Por eso su respuesta gira alrededor de aranceles, sanciones, gasto en defensa y reindustrialización. Washington parece haber asumido que la eficiencia económica global importa menos que su propia economía nacional.

Es un cambio histórico de enorme profundidad, cuyas consecuencias todavía no alcanzamos a medir.

Además, Estados Unidos juega con una ventaja que Europa no tiene: dispone de una relativa autonomía energética gracias a ser el mayor productor del mundo de petróleo y gas. Eso le permite soportar mejor un mundo fragmentado y asumir posiciones más agresivas.

La encrucijada europea

Europa está en una posición defensiva. Sabe que sigue siendo muy dependiente energéticamente, que su crecimiento económico es débil y que su industria sufre enormemente cuando la energía se encarece. Alemania lo está descubriendo de manera dolorosa. Pero también Italia, Francia o buena parte del tejido industrial europeo.

Mientras Estados Unidos y China hablan de hegemonía tecnológica e industrial, Bruselas habla de estabilidad, transición energética y reglamentos para mitigar los riesgos. Y eso refleja una diferencia muy profunda.

Washington y Pekín parecen dispuestos a asumir un mundo más dividido y conflictivo económicamente. Europa, en cambio, teme que esa fragmentación termine debilitándola todavía más.

Porque Europa intenta navegar entre dos riesgos simultáneos. Por un lado, no quiere romper con Estados Unidos ni quedar descolgada del Bloque Occidental. Pero, por otro, tampoco puede permitirse una escalada permanente de energía cara, subsidios masivos y guerra comercial, pues eso amenaza directamente su tejido industrial y su competitividad.

Europa sigue transmitiendo dudas, lentitud y división. Y ahí reside probablemente su gran debilidad. Porque en un mundo dominado por China y Estados Unidos, la Unión Europea solo podrá seguir siendo relevante si avanza hacia una integración mucho más profunda: unos auténticos Estados Unidos de Europa. Menos burocracia, menos fragmentación regulatoria y más capacidad para crear grandes campeones empresariales europeos, capaces de competir globalmente. Como lo hacen, por ejemplo, Airbus o la holandesa ASML.

Europa se encuentra hoy entre dos gigantes: la potencia industrial y tecnológica china y la gigantesca capacidad militar, energética y financiera estadounidense. Exactamente como Ulises en la Odisea, obligado a navegar entre Escila y Caribdis. Pero Ulises sobrevivió porque tuvo inteligencia, coraje y sentido del rumbo. Europa necesitará ahora precisamente esas tres cosas.

  • Rafael Pampillón Olmedo es profesor de la Universidad CEU-San Pablo y del IE Business School.
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