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¿Burbuja o revolución? Los mercados empiezan a cuestionar el coste real del boom de la IA

Las grandes tecnológicas han invertido cientos de miles de millones, pero existen dudas de si los beneficios futuros justificarán semejante despliegue

La inteligencia artificial lleva casi tres años impulsando una de las mayores oleadas de inversión de la historia. Empresas como Nvidia, Microsoft, Alphabet, Meta, Amazon o OpenAI se han lanzado a una carrera para construir centros de datos, desarrollar modelos cada vez más potentes y acumular capacidad de procesamiento. Pero las fuertes caídas registradas esta semana en las bolsas internacionales han reabierto el debate sobre si el potencial económico de la IA justifica las valoraciones actuales o si el mercado está alimentando una nueva burbuja tecnológica.

La inquietud se ha extendido desde Estados Unidos hasta Asia. Fabricantes de semiconductores, empresas de infraestructura tecnológica y compañías relacionadas con el desarrollo de inteligencia artificial han sufrido importantes correcciones tras varios meses de subidas prácticamente ininterrumpidas. Las dudas sobre la sostenibilidad del actual ciclo de inversión se han visto alimentadas por previsiones de crecimiento más moderadas de algunas compañías del sector y por el temor a que unos tipos de interés más altos durante más tiempo reduzcan el atractivo de las empresas tecnológicas.

Y es que el volumen de inversión es inédito. De acuerdo con el Informe del Índice de IA de la Universidad de Stanford, las compañías han destinado más de 580.000 millones de dólares a proyectos relacionados con inteligencia artificial durante el último año, una cifra que se suma a más de un billón de dólares invertido en los cuatro ejercicios anteriores. Nunca antes se había movilizado tanto capital en torno a una tecnología emergente en un periodo tan corto.

Las comparaciones con la burbuja de internet de finales de los años noventa han vuelto a cobrar fuerza. Entonces, el entusiasmo por la revolución digital disparó las valoraciones bursátiles hasta niveles insostenibles antes de desembocar en el colapso de las puntocom en el año 2000.

En ambos casos, los inversores apostaron por una tecnología llamada a transformar la economía mundial. También coinciden la concentración de capital en un reducido grupo de compañías y unas expectativas de crecimiento extraordinariamente elevadas.

Sin embargo, las diferencias también son importantes. A finales de los noventa muchas empresas tecnológicas apenas generaban ingresos y dependían exclusivamente de la financiación externa para sobrevivir. Hoy, los principales protagonistas del boom de la IA son compañías con beneficios multimillonarios y posiciones dominantes en sus respectivos mercados.

Varios de los desequilibrios que precedieron al estallido de la burbuja tecnológica de 2000 siguen sin aparecer

Esa es precisamente una de las razones por las que Goldman Sachs rechaza, por ahora, equiparar la situación actual con la burbuja puntocom. La entidad sostiene que el auge de la inteligencia artificial continúa apoyado por «fundamentos sólidos» y recuerda que varios de los desequilibrios que precedieron al estallido de la burbuja tecnológica de 2000 siguen sin mostrarse.

Los analistas del banco destacan que los márgenes empresariales permanecen cerca de máximos históricos, los beneficios continúan creciendo y el déficit exterior de Estados Unidos no muestra las señales de deterioro observadas entonces.

Una cuestión de rentabilidad

Pero eso no significa que no existan riesgos. La principal preocupación de muchos analistas no es que la inteligencia artificial fracase, sino que la rentabilidad de las enormes inversiones realizadas tarde más tiempo de lo esperado en materializarse.

La actual carrera del oro exige cantidades gigantescas de capital. Los grandes proveedores de servicios en la nube están destinando cientos de miles de millones de dólares a centros de datos, chips especializados, redes eléctricas y sistemas de refrigeración. Sin embargo, todavía existe incertidumbre sobre la capacidad de las empresas para convertir ese gasto en ingresos suficientes.

Victor Dergunov advierte de que algunas compañías presentan valoraciones que recuerdan a las fases más especulativas de otros episodios bursátiles

Victor Dergunov, uno de los analistas más críticos con el actual ciclo alcista, advierte de que algunas compañías presentan valoraciones que recuerdan a las fases más especulativas de otros episodios bursátiles. A su juicio, el mercado podría estar descontando un crecimiento futuro excesivamente optimista.

Una visión similar mantiene Danny Moses, conocido por anticipar la crisis financiera de 2008 junto al equipo de FrontPoint Partners. Aunque reconoce que la inteligencia artificial representa una transformación tecnológica real, considera que algunas valoraciones empiezan a reflejar expectativas difíciles de cumplir. «El crecimiento fue real, pero las cuentas no cuadraban. Creo que estamos llegando a un punto en el que las cuentas empiezan a no cuadrar», señala.

Más riesgo de beneficios que de valoración

La advertencia más interesante quizá sea la planteada por Goldman Sachs. La entidad considera que el riesgo actual no se parece tanto a una burbuja clásica de valoración como a una posible «burbuja de beneficios».

En otras palabras, el problema no sería que Nvidia, Microsoft o Alphabet estén sobrevaloradas, sino que los inversores podrían estar asumiendo que los extraordinarios beneficios generados durante la fase de expansión de la IA se mantendrán durante mucho más tiempo del que finalmente permitan la competencia y la maduración del mercado.

Desde el lanzamiento de ChatGPT a finales de 2022, las compañías relacionadas con la inteligencia artificial han añadido cerca de 27 billones de dólares de valor bursátil. Una cifra que supera ampliamente las estimaciones más conservadoras sobre los ingresos adicionales que esta tecnología podría generar en la economía estadounidense durante las próximas décadas.

La cuestión, por tanto, ya no gira en torno a si la inteligencia artificial transformará la economía –algo que prácticamente nadie discute–, sino si esa transformación llegará con la rapidez suficiente para justificar las valoraciones que los mercados ya han descontado hoy.

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