El proteccionismo 'timo' de la tasa Shein de la UE: cuando proteger significa empobrecer
Europa debe perseguir los subsidios ilegales, exigir reciprocidad y reforzar los controles de calidad, pero no convertir los aranceles en la respuesta a todos sus problemas de competitividad
Aproximadamente un tercio de todas las compras online realizadas en España proceden de China.
El miércoles entraron en vigor dos medidas proteccionistas de la Unión Europea. Una grava con tres euros los pequeños paquetes procedentes de plataformas chinas como Shein, Temu o AliExpress. La otra duplica los aranceles al acero importado. Bruselas sostiene que ambas sirven para proteger a la industria europea. El problema es que, como ocurre casi siempre con los aranceles, quienes pagarán la factura no serán las empresas chinas, sino los consumidores europeos.
Desde el 1 de julio, comprar en plataformas asiáticas de bajo coste resulta más caro. La UE impone una tasa fija de tres euros por cada categoría arancelaria en los envíos inferiores a 150 euros. Un pedido con una camiseta y unos zapatos supondrá seis euros adicionales. Es solo el principio.
Ese mismo día también entró en vigor el nuevo régimen de protección del acero europeo, basado en dos medidas: primero, una fuerte reducción de las cuotas libres de arancel; segundo, la duplicación, del 25 % al 50 %, del gravamen que pagan las importaciones que excedan esas cuotas.
China es el objetivo principal por su sobrecapacidad y sus subsidios, pero el impacto irá mucho más allá del gigante asiático. Si el acero sube de precio, también subirán los coches, los electrodomésticos, la maquinaria, la construcción.
Bruselas justifica estas decisiones apelando a la competencia desleal, al fraude o a la defensa de la industria europea. Nadie discute que esos problemas existan. Lo que sí conviene recordar es que un arancel es un impuesto sobre las importaciones. Y los impuestos terminan incorporándose al precio de compra.
El consumidor vuelve a ser el pagano
Durante años, plataformas como Shein, Temu o AliExpress han permitido que millones de europeos accedan a ropa, calzado o artículos para el hogar a precios muy inferiores a los del comercio tradicional. No hablamos únicamente de moda rápida. Para muchas familias ha sido una forma de estirar el presupuesto, en una época marcada por la inflación, es decir, por la pérdida de poder adquisitivo.
Con el acero sucede exactamente lo mismo, aunque sus efectos son mucho mayores. Los mandatarios europeos aseguran que quieren recuperar peso industrial y, a la vez, encarece una materia prima imprescindible para fabricar. Resulta una contradicción.
La experiencia tampoco invita al optimismo. Tras los aranceles al acero impuestos por Trump en 2018, las empresas consumidoras de acero destruyeron más empleo del que se consiguió preservar en la siderurgia protegida.
El verdadero problema de Europa
Sería ingenuo negar que China juega con ventaja en muchos sectores gracias a los subsidios públicos o a una capacidad de producción descomunal. Europa debe defenderse y exigir que todos los productos que entren cumplan las mismas normas de seguridad y medioambientales. Pero una cosa es combatir prácticas desleales, y otra muy distinta responder levantando barreras al comercio.
El auténtico problema de la industria europea no está en Pekín. Está en Europa. La energía cuesta mucho más que en Estados Unidos. La regulación y la burocracia asfixian a las empresas. Los costes aumentan año tras año. En tecnología, lleva demasiado tiempo jugando en segunda división.
Además, la competencia cumple una función esencial: obliga a las empresas a mejorar. Cuando esa presión disminuye, porque los competidores extranjeros encuentran cada vez más obstáculos para entrar en el mercado, también disminuyen los incentivos para innovar, invertir y ganar productividad.
El camino fácil
La historia económica demuestra, una y otra vez, que el proteccionismo genera unos pocos ganadores muy visibles y millones de perdedores mucho más discretos. Los primeros celebran la protección. Los segundos pagan un poco más por el coche, la nevera, la vivienda o la ropa.
La alternativa no consiste en abrir las puertas de par en par ni en aceptar cualquier práctica comercial. Europa debe perseguir los subsidios ilegales, exigir reciprocidad y reforzar los controles de calidad. Pero no convertir los aranceles en la respuesta a todos sus problemas de competitividad. No sigamos la doctrina Trump.
La prosperidad nunca ha nacido de levantar muros comerciales. Nace de producir mejor, innovar más y competir con éxito. Europa necesita energía barata, menos burocracia y más productividad. Lo fácil siempre ha sido levantar barreras. Lo difícil es hacer las reformas necesarias para volver a competir.
Bruselas, una vez más, ha elegido el camino cómodo. El problema es que, como suele ocurrir con el proteccionismo, la factura la acabará pagando el de siempre: el consumidor europeo.