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Las grandes empresas españolas duplican la productividad de las microempresas

El tamaño de las compañías determina el 75 % de las diferencias de productividad, mientras las medianas y grandes españolas alcanzan niveles similares a sus equivalentes europeas

España lleva tres décadas intentando cerrar sin éxito su brecha de productividad con las principales economías desarrolladas. El problema no está tanto en los sectores en los que trabajan las empresas como en el tamaño que consiguen alcanzar.

Según explicó este miércoles Rafael Doménech, responsable de Análisis Económico de BBVA Research, el tamaño empresarial explica alrededor del 75 % de las diferencias de productividad, muy por encima del efecto derivado de la composición sectorial de la economía.

«El efecto composición de la empresa es muchísimo más importante que el efecto composición sectorial», señaló Doménech durante una jornada organizada por el Consejo General de Economistas de España (CGE) y la Fundación de Estudios de Economía Aplicada (Fedea) para analizar los problemas estructurales que impiden a España cerrar su brecha de productividad.

Los datos expuestos durante el encuentro muestran la enorme distancia que existe entre las empresas españolas en función de su tamaño. Las grandes compañías son aproximadamente dos veces más productivas que las microempresas. Sin embargo, cuando la comparación se realiza entre compañías de dimensiones similares, buena parte de la desventaja española desaparece: las empresas medianas y grandes presentan niveles de productividad equiparables a los de sus equivalentes de las economías europeas más avanzadas.

El problema es que España cuenta con muchas menos compañías capaces de alcanzar esas dimensiones. Antonio García Rebollar, técnico comercial y economista del Estado, recordó que únicamente el 35 % de los trabajadores de las empresas españolas están empleados en compañías de más de 50 trabajadores, frente al 66 % de Alemania.

Esta atomización ayuda a explicar una brecha de productividad que España arrastra desde hace décadas. Tomando Estados Unidos como referencia 100 y midiendo la productividad mediante el PIB por hora trabajada, España se encuentra alrededor del 75 %, mientras que el grupo formado por Alemania, Austria, Bélgica, Dinamarca, Finlandia, Países Bajos y Suecia se aproxima al 97 %. Una diferencia cercana a 22 puntos que apenas se ha reducido durante las últimas tres décadas.

Doménech explicó que España avanzó en su convergencia con Europa hasta mediados de los años noventa, pero desde entonces su posición relativa se ha mantenido prácticamente estancada. La Gran Recesión produjo un cierto efecto «purificador» al provocar una reasignación de recursos que permitió recuperar parte de la eficiencia perdida y volver temporalmente a una senda de convergencia entre 2013 y 2019. Después de la pandemia, sin embargo, ese acercamiento volvió a detenerse.

Menos inversión productiva

El reducido tamaño empresarial no es el único lastre. Doménech señaló también el pobre comportamiento de la inversión por persona en edad de trabajar durante más de una década como uno de los factores que explican que España haya avanzado menos que otras economías de su entorno.

Los datos son especialmente significativos en la inversión empresarial en maquinaria, equipos y tecnología. Tomando 2002 como índice 100, España alcanzaba en 2025 un nivel de 115, frente a 150 en la Unión Europea y 156 en Estados Unidos. El indicador no mide el volumen total de capital disponible, sino la evolución de la inversión productiva acumulada desde comienzos de siglo, excluyendo la vivienda.

La distancia también aparece en el sector público. La inversión pública española se situó en 2025 en el 2,9 % del PIB, frente al 3,8 % de la Unión Europea, después del fuerte ajuste realizado tras la crisis de deuda. Durante algunos ejercicios, según expuso Doménech, la inversión neta llegó a situarse cerca de cero o incluso por debajo de la depreciación del capital existente.

El economista advirtió de que durante estos años se ha priorizado el gasto corriente y social frente a la inversión, reduciendo la capacidad para sostener el crecimiento de la productividad y la convergencia de renta a largo plazo. Una disyuntiva que puede complicarse con el proceso de consolidación fiscal y que, a su juicio, obliga a reorientar parte del margen presupuestario hacia el gasto productivo y mejorar la eficiencia de los recursos públicos.

El peso de los sectores menos productivos

Aunque el tamaño de las empresas tiene un impacto mucho mayor, la estructura sectorial también contribuye a explicar los resultados españoles. Comercio, transporte y hostelería concentran el 30,6 % de las horas trabajadas en España y presentan el menor valor añadido por hora, con 24,30 euros.

En el extremo contrario se encuentra la industria, que únicamente representa el 12,4 % de las horas trabajadas pese a que su productividad aumentó a un ritmo medio anual del 2,2 % entre 2000 y 2024. «Aunque lo hagan todo bien, no pueden mover la media», resumió García Rebollar durante su intervención.

España presenta así una menor concentración de actividad en sectores de elevada productividad que otras economías como Alemania, Francia o Estados Unidos. Sin embargo, García Rebollar insistió en que la solución no pasa exclusivamente por aumentar el peso de la industria, sino también por conseguir que más empresas españolas crezcan y se internacionalicen.

Las compañías integradas en grupos multinacionales, ya sean españoles o extranjeros, duplican la productividad de aquellas que no pertenecen a ningún grupo. «Ampliar la base de empresas capaces de competir fuera es, seguramente, una de las políticas de productividad más eficaces de las que disponemos», señaló.

Ángel de la Fuente, Rafael Doménech, Antonio García Rebollar y Miguel Ángel Vázquez.

Ángel de la Fuente, Rafael Doménech, Antonio García Rebollar y Miguel Ángel Vázquez.Fedea

Los servicios ganan terreno

La internacionalización abre además una vía especialmente relevante para España en actividades distintas del turismo. García Rebollar destacó que el país presenta ya una ventaja comparativa en los servicios y que las exportaciones de servicios no turísticos están creciendo con fuerza hasta superar en volumen exportado a los propios servicios turísticos.

El economista puso como referencia el caso de Singapur, donde los servicios comercializados internacionalmente presentan una productividad superior a los destinados exclusivamente al mercado doméstico. La economía asiática combina además esa especialización con un peso de la industria del 20,1 %, frente al 15,4 % español.

En este proceso, la financiación desempeña un papel determinante para que las compañías innovadoras puedan ganar tamaño sin trasladar su actividad a otros países. Los participantes defendieron ampliar los instrumentos de capital y capital riesgo, reducir los umbrales regulatorios que desincentivan el crecimiento empresarial, reforzar la inversión en I+D y digitalización y mejorar la formación vinculada a las necesidades del tejido productivo.

Doménech reclamó además una estrategia a medio y largo plazo que facilite la inversión y el crecimiento empresarial ante la transición digital y energética, con una regulación favorable al crecimiento, mejores incentivos fiscales, mayor competencia, financiación para las empresas que quieren escalar y una mejora de la productividad del sector público.

Para García Rebollar, parte de ese cambio ya puede observarse en la transformación de las exportaciones españolas. El crecimiento de los servicios no turísticos y de las actividades capaces de competir internacionalmente apunta hacia dónde puede desplazarse progresivamente el modelo productivo español: «La transición ya ha empezado y el futuro vendrá de los servicios en conocimiento».

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