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La educación en la encrucijadaJosep Otón

Los móviles a debate

La tecnología se ha convertido en un cómplice de las malas conductas como el 'bullying' o el fraude académico propio de la picaresca estudiantil

Desde hace unas semanas, la prensa y otros medios de comunicación se están haciendo eco de un movimiento de familias que reclaman la regulación del uso de los teléfonos móviles entre los menores de edad. Progresivamente, el número de personas agrupadas en torno a «Una adolescencia libre del móvil» se ha ido incrementando. Incluso en change.org ya se han recogido más de 56.000 firmas para solicitar al Congreso de los Diputados la aprobación de una ley que prohíba el uso del móvil antes de los 16 años.

La controversia no es nueva. Desde hace años el profesorado se queja de como los dispositivos electrónicos se han convertido en una nueva distracción que interfiere en la dinámica del aula. Su uso indiscriminado repercute negativamente en la atención y en la concentración tan necesarias para el estudio. Acostumbrados a la información efímera, a los alumnos les cuesta atender a una explicación. Asimismo, tienen problemas de lectura para captar el sentido de un texto. A menudo no llegan hasta el final, porque les parece excesivamente largo.

Además, la tecnología se ha convertido en un cómplice de las malas conductas como el bullying o el fraude académico propio de la picaresca estudiantil. A todo ello hay que añadir el peligro de la dependencia a estos dispositivos, sin olvidar otras adicciones que afectan perniciosamente al desarrollo psicoafectivo o, incluso, algunas tan peligrosas como las apuestas o los juegos de rol.

Durante estos años, tampoco ha faltado la opinión de expertos como Manfred Spitzer, Michel Desmurget, Catherine L’Ecuyer o Francisco Villar que, basándose en evidencias científicas, han advertido de las consecuencias perjudiciales de un uso excesivo de las nuevas tecnologías para el rendimiento académico y para la salud física y mental de los niños. Según un estudio publicado en el Journal of the American Medical Association, la exposición prolongada de los jóvenes a las pantallas de los medios digitales está asociada a cuadros de ansiedad, depresión e hiperactividad (JAMA Netw Open, December 2021, Vol 4, No. 12)

Ahora bien, podríamos decir que la novedad de la actual situación radica en la implicación de las familias. Han sido los padres y las madres de niños y adolescentes los que han saltado a la arena de la opinión pública para denunciar un problema generalizado. No se trata por tanto de un debate teórico capitaneado por especialistas, ni de la legítima queja de los profesionales del aula, sino de un clamor que nace de la experiencia cotidiana de miles de hogares.

Cómo gestionar el uso de las nuevas tecnologías entre los más jóvenes es un tema complejo. Desde un ingenuo mesianismo tecnológico no podemos acoger acríticamente cualquier presunta innovación, pero tampoco conviene demonizarla sin más. Frente a nosotros se abre un abanico de posibles soluciones: ¿La prohibición? ¿Acotar su uso? ¿Declarar a las escuelas como espacio de uso restringido? ¿Informar a los padres sobre los peligros, así como sobre las buenas prácticas? ¿Formar a los adolescentes? ¿Utilizar dispositivos adaptados a la edad? ¿Implementar el control parental?

En todo caso, a mi parecer la actual movilización presenta tres aspectos que invitan al optimismo. En primer lugar, surge del entorno familiar. Los padres y las madres han tomado conciencia del problema, se han organizado y han asumido el protagonismo que les corresponde. En otras cuestiones, habían delegado en la institución escolar, en los gestores educativos y en presuntos expertos la dirección del proceso de aprendizaje de los más jóvenes. Evidentemente, son los profesionales los que deben asumir el liderazgo de la gestión técnica de la educación, pero las familias no se pueden inhibir frente a un problema que les atañe. Deben asumir su responsabilidad y, cuando los resultados no son los adecuados, no pueden conformarse con cargar las tintas sobre un docente concreto o un centro determinado como si se tratara de un chivo expiatorio, sino que deben denunciar abiertamente las disfunciones y las carencias de un sistema, probablemente mal diseñado.

Por otra parte, se trata de un movimiento espontáneo, un tanto ajeno a las formas más institucionalizadas de asociacionismo familiar, muchas veces involucradas en los debates de trasfondo político que afectan a la educación. En este caso, los padres y las madres no ejercen de cadena de transmisión de unos postulados ideológicos. Se erigen en portavoces de una auténtica necesidad social.

Por último, se trata de padres y madres cuya vida ha discurrido plenamente inmersa en el paradigma de la innovación. No se puede decir que sean recalcitrantes respecto a las nuevas tecnologías, puesto que, no en vano, se han organizado a través de grupos de WhatsApp o de Telegram. Y, precisamente, por su conocimiento del entorno tecnológico, se sienten autorizados para advertir de los riesgos que conlleva.

Tal vez el pensamiento de Blaise Pascal nos pueda iluminar en estas lides. Sus aportaciones en el ámbito científico han contribuido al desarrollo tecnológico que ahora estamos disfrutando. Sin embargo, ya advertía que las diversas agitaciones y desdichas que afectan al ser humano -y que lo exponen a tantos peligros- se deben a un único motivo: no saber permanecer tranquilo disfrutando del placer de estar casa. Muchas veces un uso inadecuado de los móviles nos desconecta de nuestro entorno inmediato y nos priva de la riqueza que suponen las relaciones interpersonales.

Bienvenido sea el debate sobre los teléfonos móviles.

Josep Otón es catedrático de Geografía e Historia de enseñanza secundaria

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