Faltan docentes
Pocos quieren ser profesores y muchos de los que son quieren dejar de serlo
Sin maestros, no hay educación; sobre todo, no hay educación de calidad. Parece una obviedad, aunque no falta en nuestros días quien especula con la posibilidad de que la omnipotente inteligencia artificial sustituya a los docentes de carne y hueso gracias a su presunta mayor capacidad para asegurar una enseñanza personalizada. El primer informe McKinsey sobre sistemas educativos, publicado en 2007, ya sostenía que el éxito de un sistema, medido en términos de aprendizaje e inclusión, dependía de su capacidad para contratar y capacitar a los mejores docentes. Las evidencias muestran que, de todos los factores controlables de un sistema educativo, el más importante es el grado de efectividad del profesorado en el aula. Por eso creo que ha llegado el momento de que empecemos a preocuparnos.
Se trata, en primer lugar, de una evidencia basada en datos cuantitativos. Que vamos a necesitar muchos docentes en los próximos años es una mera cuestión demográfica. Un porcentaje muy elevado de los maestros y profesores actuales son hijos del baby boom y van a empezar a jubilarse masivamente. Este hecho, por sí solo, disparará a corto plazo las necesidades de nuevos profesionales de la educación en todas las etapas educativas. No sería ningún problema si nuestras universidades produjeran en gran número los titulados necesarios para sustituirlos. Pero la cuestión es que no lo hacen. Aunque nuestros egresados son muy numerosos, no son muchos entre ellos los que sienten la llamada de las aulas.
Hay buenas razones para ello. Como señala uno de los estudios más recientes sobre el tema, El estado de la profesión docente en España, publicado el pasado mes de marzo por Esade, las cosas han empezado a ponerse difíciles para nuestros docentes.
En primer lugar, el alumnado es cada vez más complejo. Desde 2018, la pobreza infantil ha subido 5 puntos porcentuales, mientras la pobreza de la población total disminuye y el Producto Interior Bruto crece de forma acelerada. España, que era en 2024 la decimoquinta potencia mundial, volverá a ser este año la decimosegunda. La proporción de alumnado de origen migrante se ha incrementado de forma considerable, con un 32 % en 4º de primaria en 2023. La crisis de bienestar y salud mental es notable, con un aumento de un 11 % a un 20 % de jóvenes de 15 años que sienten ansiedad una vez por semana entre 2018 y 2022. El clima de aprendizaje en las aulas también ha empeorado, tanto en Primaria como en Secundaria. Para muchos docentes, resulta imposible dar clase. En síntesis, aunque el número de alumnos por aula es menor, su dificultad es la mayor de la historia. Hay menos alumnos, pero sus necesidades educativas son más complejas que nunca.
En segundo lugar, las condiciones laborales del profesorado han empeorado en algunos aspectos. Los salarios no han recuperado aún el poder adquisitivo perdido en la segunda década de este siglo. En algunas Comunidades Autónomas, la carga lectiva tampoco ha vuelto a la media anterior a la Gran Recesión, lo que supone más horas de clase efectiva y más alumnos que antes de 2010. Pero, sobre todo, la burocracia es tan grande que tiende a restar tiempo de preparación efectiva de las clases en beneficio de actividades de escasa repercusión positiva dentro del aula. Los cambios legislativos constantes ayudan poco. Y a ello se suma que muchos padres cuestionan las decisiones de los profesores e incluso les culpan por los malos resultados de sus hijos.
Por último, a los docentes les falta preparación, no solo la necesaria para afrontar las necesidades de un alumnado cada vez más problemático y diverso, sino también, aunque sea impopular decirlo, la que se asocia a la cultura general y, en especial, la competencia lectora, que han descendido en la última década entre los egresados universitarios que se dedican a la docencia. La nota de acceso a los grados de Educación permanece entre las más bajas, lo que dificulta la atracción a la docencia de los buenos expedientes académicos, en especial en Infantil y Primaria, mientras en Secundaria, otras profesiones con condiciones laborales más seductoras se llevan a los titulados con expedientes académicos más destacados. A ello se añade la hegemonía de una cultura del aislamiento donde los profesores no pueden aprender los unos de los otros: la observación docente por parte de profesorado de mayor experiencia es del 34,1 % frente a un 81.4 % de media de la OCDE. La evaluación externa de nuestro profesorado es la segunda más baja de la organización, solo por detrás de Italia.
El resultado de todo ello es que pocos quieren ser profesores y muchos de los que son quieren dejar de serlo. Por supuesto, se trata de un problema de alcance global. Según el Informe mundial sobre el personal docente publicado por la UNESCO el año pasado, las tasas mundiales de abandono entre el profesorado de primaria casi se duplicaron, del 4,6 % en 2015 al 9 % en 2022, una cifra catastrófica si se tiene en cuenta que un 10 % de abandono supone una duración media de la carrera profesional de solo 10 años. En España, las cosas parecen ir peor. 2023, un 24 % del profesorado español afirmaba mantener la ilusión pese a los problemas; en 2007, lo hacía el 60 %. Y, como decía Lenin, los soldados votan con los pies. En 2023, en la Comunidad Valenciana quedaron sin cubrir 168 plazas de Matemáticas, el 39 % de las ofertadas; en Cataluña, 183 (30 %); en la Comunidad de Madrid, 250 (42 %); en Castilla-La Mancha, 88 (el 50 %); en Andalucía, 18 (2,5 %) y en Canarias, 11 (7 %). En total, cerca del 40 % de las plazas docentes convocadas en el ámbito estatal no fueron ocupadas. Como decía al principio, ha llegado el momento de que empecemos a preocuparnos.
Luis E. Íñigo es historiador e inspector de educación