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La educación en la encrucijadaJorge Sainz

En memoria de un Rector

Gómez Villamandos no fue solo un consejero más: fue quien logró una estabilidad universitaria que, hasta hace bien poco, hubiese parecido sencillamente impensable

El pasado 2 de junio falleció en Córdoba, a los 63 años, José Carlos Gómez Villamandos, consejero de Universidad, Investigación e Innovación de la Junta de Andalucía. Catedrático de Veterinaria, rector de la Universidad de Córdoba entre 2014 y 2022 y presidente de la CRUE entre 2019 y 2022, deja una huella difícil de exagerar en el sistema universitario español. Su desaparición ha provocado una honda consternación tanto en el ámbito político como en el académico, donde era una de las figuras más respetadas de la gestión universitaria de los últimos años.

Gómez Villamandos no fue solo un consejero más: fue quien logró una estabilidad universitaria que, hasta hace bien poco, hubiese parecido sencillamente impensable. Como rector, dirigió una institución centenaria en tiempos complicados, y supo conducirla con serenidad y altura de miras. Pero fue quizá al frente de la CRUE donde mejor se reveló su talla. Presidir la conferencia de rectores, gestionar a un conjunto tan heterogéneo de instituciones y sensibilidades, con gobiernos del PP y del PSOE, es una de las tareas más arduas que existen en la vida pública española, y él la desempeñó con un perfil dialogante que hoy se echará especialmente de menos.

Su gran lección fue de fondo, no de partido: lo importante no es quién gobierne en cada momento, sino que la universidad pueda ofrecerse como un elemento claro de desarrollo, de creación y de progreso compartido. Esa convicción, que la educación superior es un bien común que trasciende los ciclos políticos, guio toda su trayectoria, desde el rectorado cordobés hasta la Consejería andaluza, donde impulsó la nueva Ley Universitaria para Andalucía y una profunda modernización del sistema científico de la comunidad.

Conviene detenerse en algo que no es menor: la enorme dificultad que entraña moverse en un terreno atravesado por los distintos partidos políticos sin quedar marcado por ninguno. Que Gómez Villamandos lograra navegar esas aguas, tratar con gobiernos de uno y otro signo, mediar entre sensibilidades enfrentadas y mantener intacta su credibilidad ante todos, fue, sin duda, uno de sus mayores éxitos. En un sistema donde lo habitual es acabar etiquetado, él consiguió que su interlocución fuese reconocida como honesta con independencia de quién estuviera al frente.

Y aquí hay que reconocer también el acierto de Juanma Moreno al contar con él. Incorporar a un perfil forjado en el rectorado y en la presidencia de la CRUE, es decir, a alguien acostumbrado a trabajar para el conjunto del sistema y no para una parte, demostró inteligencia política y una comprensión cabal de lo que la universidad necesita. Porque Gómez Villamandos, viniera de donde viniera y ocupara el cargo que ocupara, siempre trabajó como lo que era: un rector de todos, un servidor del conjunto. Esa vocación de servicio por encima de las siglas, que parece tan evidente cuando se enuncia, es en realidad bastante escasa dentro del sistema universitario español. Por eso su pérdida se siente como la de alguien difícilmente reemplazable.

Mención aparte merece uno de los asuntos más espinosos a los que tuvo que enfrentarse: la incorporación de la LOSU, la nueva ley orgánica del sistema universitario, a las universidades andaluzas. Es un tema de esos que, por su complejidad técnica, pasan casi inadvertidos para la mayor parte de la sociedad, pero que condicionan de raíz el funcionamiento de las instituciones. La LOSU obligaba a universidades y comunidades autónomas a asumir una serie de gastos cuya justificación, desde el punto de vista organizativo, resultaba más que discutible, y lo hacía además sin un modelo de financiación claro que los respaldara.

En ese terreno, donde las fricciones económicas adquieren casi siempre color político, Gómez Villamandos demostró de nuevo su mejor virtud. Frente a la vía de la imposición, por la que se optó en otras comunidades autónomas, él apostó por el desarrollo de un modelo de financiación negociado y por la búsqueda paciente del acuerdo. Su capacidad de diálogo permitió encauzar un proceso que en otros lugares acabó en choque frontal, y consiguió que la adaptación se hiciera contando con las universidades y no contra ellas. Una vez más, puso por delante la estabilidad del sistema y el interés general por encima del rédito inmediato.

En palabras del papa Francisco, podría decirse que Gómez Villamandos consiguió gestionar la esperanza de un futuro mejor. Y lo hizo del modo más fecundo: construyendo puentes donde otros levantan trincheras, y dejando una universidad más estable, más capaz y más confiada en sí misma de lo que la encontró. Su ejemplo permanece.

  • Jorge Sainz es catedrático de Economía Aplicada de la Universidad Rey Juan Carlos (URJC)
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