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Francisco Rosell
De lunes a lunesFrancisco Rosell

Voxemos o cuando la tentación habita al este de la libertad

La táctica de Vox se revelaría de corto alcance de cara a una eventual llegada al poder

El líder de Vox, Santiago Abascal (c), durante la cumbre ‘Patriots'

El líder de Vox, Santiago Abascal (c), durante la cumbre ‘Patriots'Europa Press

Con la vuelta de Donald Trump a la Casa Blanca y con la reconfiguración de sus alianzas europeas mirando el Este con el húngaro Viktor Orbán como imán del polo, el líder de Vox, Santiago Abascal, no sólo aprovecha para hacer una organización aún más a su servicio, sino que la estructura al modo de una agencia inmobiliaria de un amo -de ahí que el único imprescindible sea él hasta declararse presidente perpetuo de la fundación- que se apoya en un clan directivo con los «fijos discontinuos» de su ejecutiva -Jorge Buxadé o Ignacio Garriga- y los «falsos autónomos» -Kiko Méndez Monasterio y Gabriel Ariza- que trabajan extramuros de la sede, pero cuya influencia es superior; una marca consolidada, y una sólida implantación territorial a través de agentes sin capacidad de decisión, sino ejecutores de las órdenes de la matriz.

Con esta disposición orgánica, su desarrollo pasa por renunciar a tomar parcelas de gobierno como ejemplificó con su discordia autonómica con el PP. De un lado, evita así la el afianzamiento de baronías merced al usufructo de presupuestos públicos y que se erijan en contrapoderes. Y, de otro, soslaya que los fallos de gestión comprometan el objetivo superior de conseguir el poder máximo mediante la capitalización de la oposición y avivar las expectativas trasladando una imagen cuasi virginal en contraste con los partidos clásicos a los que endosar -con razón o sin ella- todo mal, es decir, que le franquee el poder con el votante habiendo comprado el piso sobre plano. Vendría a ser la adaptación del manual de Trump para triunfar («Trumpfar)».

En España, este partido-inmobiliaria tuvo un antecedente con el constructor y presidente del Atlético de Madrid, Jesús Gil, quien traspasó al terreno político el modelo de su firma de venta de viviendas hasta que su desaforada ambición comprometió la vecindad con Marruecos a raíz de instalarse en Ceuta y Melilla y obligó al PSOE a desactivar un artefacto electoral al que había dado alas -incluso indultó a su factótum, como antes Franco- para retardar el fin de un tardofelipismo agujereado por la corrupción como un queso Gruyère y la entrada de Aznar en La Moncloa. Otro tanto sucedió en Italia con Berlusconi -como ayer y hoy Trump- hasta ser primer ministro luego de sus televisiones lograran que la mayoría de los votantes transalpinos se parecieran a los espectadores de unos canales en permanente celebración de la Nochevieja y que, tras los enjuagues del socialista Craxi con Alfonso Guerra, aterrizaría en España con el «ostentóreo» Gil flotando en un jacuzzi en uno de sus programas. A este poco le faltó sumergirse con «Imperioso» como Calígula entró con «Incitatus» en el Senado para proclamar cónsul a su equino.

Este modelo Trump con el que Abascal remodela su estrategia y se realinea allanándose al húngaro Orbán, caballo de Troya dentro de la Unión Europea, tiene la traba de que tiene más sentido para unas elecciones presidenciales que para unas legislativas con un sistema proporcional como el español, aunque esté matizado por la regla D´Hont. A este fin, la táctica de Vox se revelaría de corto alcance de cara a una eventual llegada al poder. Por eso, en esta crítica de España, el gran dilema estriba en averiguar si, más allá de que ambos partidos estén legitimados a pescar en los caladeros del otro y de que sea áspero que dos cocodrilos convivan en el mismo meandro, Abascal antepone una entente con el PP para desalojar a Sánchez o, por contra, el «sorpasso» a Feijoo como el «ciudadano» Rivera trató con Rajoy al fracasar el «pacto del abrazo» con Sánchez y la entelequia de un tripartito con Pudimos.

En suma, salvo que cayera de hoz y coz en la delirante antipolítica del «cuanto peor, mejor», no cabría concebir que Abascal dejara a Feijóo plantado a las puertas de las Cortes, pero sí que se las haría pasar canutas. Esa circunstancia, no obstante, no es óbice para que sean muchos votantes quienes recelen del PP después de Rajoy disipar su mayoría absoluta dejando incólume el zapaterismo que hoy acelera Sánchez y con aquellos mismos aliados del «Pacto del Tinell» para excluir al centro derecha del poder como aconteció en la II República por parte de la izquierda y del nacionalismo.

Sin embargo, lo que ocurre con Le Pen en Francia, poniendo en almoneda los débiles gobiernos macronitas a la espera de su asalto al Palacio del Elíseo, advierte del atolladero de un maridaje entre PP y Vox por la supeditación de Abascal a sus extrañas componendas europeas en las que el aglutinante del término «patriota» sirve para un roto y un descosido. En este sentido, llama la atención que un partido de Gobierno como el PP tenga tan descuidada su diplomacia fuera de Europa y que, dentro de ésta, siendo los populares la primera fuerza continental, pene las secuelas de la avenencia entre Úrsula «Woke» Layen y Sánchez a resueltas del pacto de democristianos y socialistas que procreó la UE. Como consecuencia, Feijóo es el pagafantas de la barra libre de que disfruta en Bruselas el inquilino de la Moncloa a cambio de que la presidenta de la Comisión se solace con otro poni al haber dado cuenta del anterior un lobo protegido de sus directivas.

Sin duda, la ruptura con el PP -con García-Gallardo pasando de ponérsele cara de vicepresidente de Castilla y León a la de proscrito de Abascal- y con los Reformistas Europeos de Meloni para incorporarse a los Patriotas por Europa -prorrusos y abortistas como Le Pen- constituyen dos jalones del giro de una formación que parece derivar en un negocio particular del que no dejan de sonar alarmas como las noticias de que la esposa del líder supremo, Lidia Bedman, habría cobrado 60.000 euros por asesorar a Intereconomía, mercantil financiada por Vox y cuyo dueño Julio Ariza, padre del guardia corps de Abascal.

Todo ello en el curso de la purga de García-Gallardo, además de otras anteriores y de mayor enjundia como la de Iván Espinosa de los Monteros, jefe del sector liberal purgado, y Macarena Olona. Estos últimos se debaten entre auspiciar el primero un laboratorio de ideas que trabaje por un reagrupamiento del centro-derecha por medio del acercamiento entre PP y Vox, y en promover la segunda otro partido más social que remite al CDS con el que Adolfo Suárez tuvo sus exequias a algunos fieles de primera hora. Lo cierto es que, como en el relato de «Los diez negritos», de Agatha Christie, pocos dirigentes aguantan en primera línea con respecto a noviembre de 2019 cuando Vox despuntó nacionalmente.

Si a estos casos de familismo se une la financiación húngara de la Nueva Derecha europea con Rusia detrás, quien ya financió a Le Pen en 2014 y sufragó a Salvini, la inquietud cunde con un Voxemos -ese «Podemos de derechas» que el presidente del Sabadell, José Oliú, asignó en primera instancia al extinto Cs- que puede arruinar sus expectativas como Pudimos a cuenta del casoplón de Pablo Iglesias en Galapagar. Fue su panteón después de hacer bandera de habitar una casa de protección oficial en Vallecas y de sermonear con que, «cuando uno no vive como piensa, acaba pensando cómo vive». A veces, como sufrió Podemos, estas cuestiones embarazosas se incuban en días de vino y rosas en las encuestas -como hogaño Voxemos que toca con los dedos su techo de 52 escaños- y se desdeñan hasta ser irreparables. «Post festum, pestum», según el adagio latino, pero ¿quién para en medio de una cogorza con una cuadrilla de ebrios?

Ante ello, la fascinación ilusoria de Voxemos, optando por vivir de los problemas en vez de resolverlos con la emigración como bandera, puede arrastrarle al socorrido «el enemigo de mi enemigo es mi amigo» haciendo pinza tácita con un podemizado PSOE contra Feijóo y fingiendo Abascal una colisión contra Sánchez que encubre la colusión de Rajoy con Iglesias de 2016 por la que PP ganó holgado y Podemos cosechó 71 escaños. Ese saldo sería fabuloso para Sánchez con Abascal reservándose las propinas. Como la tentación habita al Este (seguramente que no del Edén, pero sí de la Libertad), éste puede verse arrostrado a frustrar una victoria del PP que le sumerja en una crisis y que permita a Voxemos, compañero de viaje del sanchismo, meter cabeza por el butrón. Demasiado tal vez para Abascal que, por si acaso, se labra un bonito patrimonio y un no menor plan de pensiones con un patriotismo tan bien entendido que empieza por él mismo.

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