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Francisco Rosell
De lunes a lunesFrancisco Rosell

La 'grossa' catalana y el estraperlo sanchista

Antes de emprender su veraneo en el Palacio de la Mareta tras desplumar a los españoles con gravámenes, Sánchez despojará al Estado de parte de sus atributos en favor de quienes ansían destruirlo

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y la vicepresidenta primera y ministra de Hacienda, María Jesús Montero, en el Congreso

Pedro Sánchez y María Jesús Montero, en el Pleno del CongresoEFE

Cuando el inquiokupa de La Moncloa sea desalojado de la Presidencia del Gobierno, del ancestral caserón español, no van a quedar ni las cañerías. No obstante, lo asolado se repondrá al cabo del tiempo tras mandar a la cárcel –si es que queda Justicia en España– a los autores del desafuero, pero hay desmanes atenientes a la supervivencia del Estado que serán de imposible subsanación. No en vano, tras consumar la felonía de comprar la Presidencia mediante su transacción con el prófugo Puigdemont, Pedro Sánchez clavetea esta semana con otro par de puntillas el ataúd de la nación española para no ser desahuciado y seguir en la UVI con la respiración asistida de los cómplices de un Gobierno prostituido, aunque los intereses creados lleven a su vicepresidenta y referente de Restar, Yolanda Díaz, a catalogar a Sánchez de político honrado. No parece que reparara en que esa fue una ironía del «Marco Antonio», de Shakespeare, en su oración fúnebre por la muerte de Julio César, para alzar al pueblo romano contra Bruto y los otros asesinos, «pues Bruto es un hombre honrado, como son todos ellos, hombres todos honrados».

Así, antes de emprender su veraneo en el Palacio de la Mareta tras desplumar a los españoles con gravámenes, Sánchez despojará al Estado de parte de sus atributos en favor de quienes ansían destruirlo. De un lado, atendiendo a su pacto con ERC del que viven él e Illa, la Generalitat de Cataluña asumirá progresivamente la recaudación, gestión, liquidación e inspección de todos los tributos arrancando con el IRPF para después fijar el aguinaldo que satisfaga el abono de los servicios del Estado y la cuota de solidaridad que, como en el País Vasco, saldrá a devolver. De otro, acorde con lo estipulado por el PNV, Sánchez trasferirá al País Vasco la parte no onerosa de la Seguridad Social. Y, por último, mientras presiona con la oficialidad del catalán en la Unión Europea, Puigdemont le exige la entrega de la Justicia, a lo que parece avenirse Sánchez para sacar a flote la contrarreforma judicial que le blinde ante los delitos que le cercan, a la vez que el vecino de Waterloo avizora una consulta de autodeterminación. El presidente castellanomanchego Page lo ha fotografiado a la perfección: «A más corrupción, más debilidad, más negocio para los independentistas y para los socios».

Ahora bien, no es sólo que Sánchez se arrodille ante los que dictan su suerte y tenga las manos abrasadas en defensa de sus corruptos y de él mismo como jefe de «la banda del Peugeot», sino que perpetra flagrantes delitos al establecer una relación de igual a igual como si España y Cataluña fueran naciones diferentes. Aunque Sánchez finja ceguera y no se dé por agraviado mostrando su contento porque el soberanismo sablee España, la nación más antigua de Europa mutaría, de facto, en un «Estado sin territorio» en la atinada expresión del profesor Sosa Wagner. Fragmentada y diluida hasta esfumarse, España sería «un objeto político no identificado», como se refirió el francés Jacques Delors, presidente entre 1985 y 1995, a la UE de su época.

Pedro Sánchez clavetea esta semana con otro par de puntillas el ataúd de la nación española para no ser desahuciado

Mediante esa amputación, se franquea las puertas a un confederalismo –que no federalismo– asimétrico por el que Sánchez favorece la ruptura de una España siguiendo el modelo de asociación entre el PSC y el PSOE, donde la parte determina el designio del todo, mientras ese todo no puede inmiscuirse en la parte. Además, con la ganzúa de un PSC criptoconstitucionalista –en realidad soberanista con retardo–, el secesionismo completa sus objetivos con la facilidad del caco que allana una morada cogiendo las llaves que el dueño ha dejado bajo el felpudo de entrada. Por medio de lo que presenta arteramente como un acto de normalidad, cuando es de sumisión, el PSOE ejecuta los planes de terceros para que no se molesten en dar un golpe (de Estado) como en 2017 y sin arriesgar el ingreso en prisión tras desarmar jurídicamente el Estado en provecho del huido Puigdemont y de «Pantagruel» Junqueras. Cualquier «ultimátum» soberanista es «primum» para Sánchez con los españoles como paganos.

Amén de permitir que Cataluña pase de atesorar 5.000 millones en impuestos a 30.000 en un juego de suma cero con gran perjuicio para las demás autonomías, salvo un País Vasco aforado fiscalmente, la instauración del régimen foral al que sus representantes nacionalistas renunciaron en la ponencia constitucional, como paso intermedio hacia la plena «soberanía fiscal», viola la Carta Magna. Claro que «Casa Pumpido», como degeneración del antaño Tribunal de Garantías Constitucionales, es un establecimiento de alterne político especializado en cualquier arbitrariedad que precise su «Puto Amo».

Nada indica, por lo demás, que la izquierda retroprogresista vete la tramitación parlamentaria de esta nueva rendición ni que los socialistas vayan más allá de salvar la negra honrilla como con la amnistía, pero sin romper la disciplina de voto. En un PSOE configurado como secta, ni se rebelan en medio de un naufragio en el que el agiotaje y las saunas de la familia política del presidente hunden el voto tras convertir en sucios guiñapos las banderas enarboladas en la moción de censura contra Rajoy.

De prosperar parlamentariamente este cupo con estelada, merced a la traición de Sánchez y de su lugarteniente María Jesús Montero, como ministra de Hacienda, quien sube su apuesta tras el latrocinio de los ERE, los catalanes ya no deberán preocuparse por vender calzoncillos a los españoles al no tener culos suficientes, como argüía con retranca Josep Pla, pues el independentismo ya es su primera industria con España como colonia. No importa que esta regalía, que se suma al vestigio del concierto económico con el que Cánovas finiquitó en 1878 la primera guerra carlista y que se incorporó a la Constitución de 1978 buscando el acomodo del PNV, contravenga principios capitales como la igualdad, progresividad y solidaridad afincados en la Carta Magna.

La nación más antigua de Europa mutaría, de facto, en un «Estado sin territorio» en la atinada expresión del profesor Sosa Wagner. Fragmentada y diluida hasta esfumarse

En el abuso, ni siquiera se actúa con mesura que reclamaba Pablo de Alzota, tejedor del segundo concierto económico en 1887, para que «las situaciones privilegiadas se mantengan a fuerza de tacto, discreción, prudencia y firmeza, sin jugar con fuego ni exponerlas a azares ni aventuras». Al revés, hoy se exhibe impúdicamente el quebrantamiento de ese explícito artículo 138.2 de la ley de leyes que ordena que las diferencias entre Estatutos «no podrán implicar, en ningún caso, privilegios económicos o sociales». Pero nadie se refrena cuando se está en ventaja. Son como pulpos en el que todo son bocas y garras.

En favor de esta gran «grossa» –la lotería catalana– que es el cupo catalán agraciado por el estraperlo sanchista, esto es, el empleo de una ruleta tan fraudulenta como aquella que hizo caer en 1935 al Gobierno Republicano de Alejandro Lerroux al lucrarse de esta trama para instalar estos artilugios amañados de los empresarios Strauss y Perlowitz («Estraperlo» como acrónimo de sus apellidos). Todas las bolas caen igualmente del mismo lado, mientras el «croupier» Sánchez adopta el cinismo característico del perfecto agachado, si bien lo que al «Emperador del Paralelo» Lerroux le costó la Jefatura del Gobierno a Sánchez lo sostiene como muestra de la degradación de la vida política española. Pero, cuando todo se prostituye, ¡qué difícil es mantener el decoro!

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