Las formas y el fondo de Perelló y de García Ortiz
El fiscal general ensalzó a la Asociación de Jueces por la Democracia y a dos de sus miembros: el exmagistrado Clemente Auger y José Antonio Martín Pallín. Ambos encabezaron la querella por delitos fiscales contra el Rey Juan Carlos
La presidenta del Consejo General del Poder Judicial, Isabel Perelló, no tenía una tarea fácil en la apertura del Año Judicial. A su derecha se sentaba Alvaro García Ortiz, el primer fiscal general de la historia procesado en ejercicio y a su izquierda el Rey. En la cartera de reclamaciones la titular del principal órgano judicial y tercera autoridad del Estado, tenía el proyecto de reforma/asalto a la Justicia del ministro Félix Bolaños (a la izquierda de Don Felipe) y las acusaciones de parcialidad de los jueces del presidente del Gobierno y de buena parte de los miembros de su Gabinete.
Perelló fue clara y directa en la defensa del Poder Judicial y en el rechazo a la sistemática intromisión y descalificación del Ejecutivo a los magistrados, curiosamente, únicamente a los que investigan los casos de corrupción del entorno de Pedro Sánchez: Begoña Gómez, su mujer, el exministro José Ábalos, Santos Cerdán y Koldo, ese personaje que custodiaba votos y la famosa urna preñada del PSOE para elegir a su secretario general.
El discurso de Perelló, firme y valiente en un momento muy delicado, acertó a dar de lleno en los asuntos que generan enorme malestar en el mundo de la judicatura, aunque se echó en falta una mención a la responsabilidad ética y moral de aquellos que ocupan cargos de máxima relevancia. Una frase de este tipo se hubiera entendido sin necesidad de nombrar a nadie y menos a ese que habló antes que ella.
De cualquier modo, las cuestiones de fondo las abordó Perelló con excelencia y determinación. Otra cosa es el modo en que lo hizo. La lectura de su discurso, con la melena tapándole el rostro y el tono monocorde de voz, invitaba más a la siesta que al entusiasmo que, por lo que decía, merecían sus palabras. Saber comunicar quizás debería ser una asignatura de obligado cumplimiento –y entrenamiento– en puestos claves como el que ocupa, no olvidar, la tercera autoridad del Estado.
El caso o la desfachatez del fiscal general merece un capítulo aparte. Álvaro García Ortiz sigue en su puesto pese a que el grueso de sus compañeros le ha pedido que lo abandone por respeto a la institución. El daño que está haciendo es difícilmente reparable por mucho que los supuestos entendidos le justifiquen «porque Sánchez no le deja dimitir». Querer es poder.
En su intervención García Ortiz, además de no inmutarse al defender su presencia en el acto más solemne del Poder Judicial con argumentos que ofenden a la razón, («porque creo en la justicia y en las instituciones que la conforman», sic) actuó con un rencor y una malicia que para algunos pasó desapercibido. Ensalzó, como si no hubiera otra, a la Asociación de Jueces por la Democracia (AJD), y a dos de sus miembros: el exmagistrado Clemente Auger y José Antonio Martín Pallín (emérito del Supremo). Ambos encabezaron la querella por delitos fiscales contra el Rey Juan Carlos.
Nadie esperaba que el sucesor de Dolores Delgado (otro caso) mencionara a la Asociación Profesional de la Magistratura (APM), a la Asociación de los Fiscales (AF) o a la Asociación Profesional e Independiente de Fiscales (APIF) que le pidieron que tuviera algo de dignidad y se excusara de asistir al solemne acto. Pero de ahí a reducir el espectro judicial a la AJD hay un abismo. Casi tan grande como la distancia que hay entre Palín y Auger con Consuelo Madrigal, Jaime Moreno, Javier Zaragoza y Fidel Cadena, los fiscales que realizaron un trabajo arriesgado y formidable en el juicio al «procés» y a los que trata como si fueran las ovejas negras de la profesión.