Sánchez, pendiente de Puigdemont, en puertas de su mes de difuntos
Cabe plantearse un doble interrogante: ¿puede Puigdemont dejar caer a Sánchez sin caerse él? ¿Puede permitirse Sánchez quedarse en la estacada?
Pedro Sánchez abandona el hemiciclo del Congreso de los Diputados el pasado 7 de octubre
Aunque Cataluña no haya sido tierra de muchos toreros, sí que ha gozado de figuras de postín como Joaquín Bernardó, sin olvidar al polifacético Mario Cabré, que encandiló al «animal más bello del mundo», Ava Gardner, y de una afición que entronizó la Monumental de Barcelona en ruedo de referencia hasta que la familia Balañá pegó el cerrojazo claudicando a la inquina nacionalista a la fiesta por excelencia de la Piel de Toro. Ello forzó –como tantas otras cosas– al éxodo taurino desde la tarde del adiós en la que el diestro catalán Serafín Marín franqueó la puerta grande, junto a José Tomás, con una enorme señera rotulada con la palabra «Libertad».
Serafín Marín, a hombros tras la última corrida que acogió La Monumental
Siendo el arte de Cúchares pródigo en símiles políticos, diríase que el prófugo Puigdemont agota, luego de sus tandas de mantazos a quien hizo presidente a cambio de su amnistía, los tres avisos de reglamento previos a la devolución del astifino al corral. Luego de tenerlo listo para el estoque, una vez infligidos los tercios de varas y de banderillas, Puigdemont siente el apuro de su cuadrilla que se desmoraliza al no culminar la faena, mientras su clientela deserta y pone sus ojos en una novel que mueve a la pasión que ya no suscita quien, de tanto exhibir el acero, lo ha mellado dejándolo romo.
En su derredor, surge el espantajo de la «suspendencia» de la «republiqueta» en 2017 que proclamó a empellones de ERC, que le acusó de ser un Judas vendido por 155 monedas de plata, o de su marcha atrás de febrero de su proposición no de ley que auspiciaba una cuestión de confianza que devino en nonata y otorgó nueva vida a Sánchez. Ello propicia el escepticismo, por más que la portavoz parlamentaria de Junts, Miriam Nogueras, insista en que «el tiempo de los ultimátum ha terminado». Con tantos saltos de rana que sólo producen el revoloteo de su flequillo, con el tercer aviso dado, va a tener que regresar de noche y en el maletero del coche cuando soñaba retornar en loor de multitudes, por no atender el consejo de Tarradellas de que, en política, lo único que no cabe es el ridículo y menos a tendido lleno.
En este lunes de la verdad, en el que Puigdemont se cita en Perpiñán con la plana mayor de «Junts» coincidiendo con un mes de los difuntos negro para «Noverdad» Sánchez y sus corrupciones, habrá que ver si, merced a una ruptura imaginativa, concreta esa «hora del cambio», la deja en suspenso como le implora el presidente arguyendo incluso un falso acuerdo con Alemania que oficialice el catalán en la Unión Europea, o, si acaso, repite su mareo de la perdiz del PP como en octubre de 2024 con su hipotética moción de censura de carácter instrumental. Es de capítulo de House of cards, la serie norteamericana que mejor desentraña la crudeza y la ambición despiadadas en la política, que «no hay que utilizar a nadie a menos que puedas deshacerte de él», como verbaliza el maquiavélico Francis Underwood.
Sin embargo, luego de juzgar que podrían prescindir el uno del otro cuando les cuadrara, el tiempo arrolla a un evadido del Estado de derecho como «El Vivillo» Sánchez y a un huido de la Justicia como «Serrallonga» Puigdemont. Si al primero no le alcanza la camisa al cuello ante el riesgo de reemplazar la poltrona por el banquillo como su mujer, su hermano, sus exlugartenientes y su fiscal general, el otro se apolilla en Waterloo con la amnistía amarilleando como los carteles de venta de carretera del «hoy no se fía, mañana sí».
Ante esta tesitura, Sánchez anhela fijar el huso horario para ganar tiempo y acudir a las urnas con un escenario semejante al de la primavera/verano de 2023 en que su «dulce derrota» con Feijóo, más la compra de escaños a aquel que se comprometió a entregar al juez Llarena, le facultó para proseguir machihembrado al poder. Si el PSOE estuviera en condiciones de vencer –como se jacta Tezanos con su CIS–, el órdago de Puigdemont le serviría de palanca para resucitar con una legislatura muerta, pero sin enterrar, anticipando comicios y poniéndose como ejemplo de cohesión territorial como fantasmeó ayer en León. De ahí su humor de perros de la noche del viernes al inquirirle la prensa si se reunirá con Puigdemont para evitar la disolución matrimonial.
Barómetro del CIS de octubre
Entre tanto, el expresident es un desterrado al que se le hunde el suelo electoral sin hacer pie con una pugnaz Aliança Catalana que emerge abruptamente imantando a sus votantes y a sus cuadros. Por esta razón, Junts exige las competencias exclusivas en emigración ante el «sorpasso» de la formación de Sílvia Orriols, alcaldesa de Ripoll, que piensa como Vox en ese terreno, pero que actúa como CUP, y que se chotea de Junts en el Parlament con su «bienvenidos a la extrema derecha».
Después de creerse con más poder estando en Waterloo que en la Generalitat, Puigdemont rezuma una depresión similar a la de enero de 2018, cuando no llevaba medio año en Bruselas, y era un hombre derrotado que daba todo por finiquitado, según trascendió al captar un reportero de El programa de Ana Rosa un intercambio de mensajes con su exconsejero Comín dando por hecho que el plan de Rajoy desde La Moncloa había triunfado hasta que Sánchez lo rescató tras su moción de censura Frankenstein. No sólo ha periclitado su «damos miedo, y más miedo que daremos», como exclamó el 1 de julio de 2017 ante medio millar de alcaldes en la Universidad de Barcelona, sino que ahora palpa en su sien el aliento de sus alcaldes.
Llegado ese punto, y a la espera de que se dilucide este último episodio de culebrón de serie B, Sánchez se retrotrae a aquel martes de Consejo de ministros en el que recluyó a su Ejecutivo en una estancia monclovita al aguardo de que sonara el teléfono desde Waterloo y tener que ratificar las imposiciones de Puigdemont sobre un decreto ómnibus del que había hecho cuestión. Así las cosas, cabe plantearse un doble interrogante: ¿puede Puigdemont dejar caer a Sánchez sin caerse él? ¿Puede permitirse Sánchez quedarse en la estacada? Al ser ambas respuestas presumiblemente negativas, puede asistirse a otro ceremonial de la confusión en la que nada será lo que parece a fin de que ambos salven la cara –incluido el estrépito de alguna vajilla rota– para continuar amigablemente enfurruñados entre sí.
Al fin y al cabo, Sánchez y Puigdemont conforman una «extraña pareja» –como la de Walter Matthau y Jack Lemmon en la comedia de ese título de Willy Wilder– que se reprochan igual: «Todo lo que haces me irrita y, cuando no estás, me irrita imaginarme lo que harás cuando vengas». Empero, pocos se harán la pregunta fundamental que, con su sentido práctico de la vida, efectuó Josep Pla al prendarse del esplendor lumínico de la ciudad de los rascacielos: «¿Y todo esto quién lo paga?». Quizá porque aquí sí que se sabe quién correrá con los dispendios. Por eso, si al precio inicial de aquel acto de simonía que posibilitó a Sánchez reinvestirse presidente han seguido onerosas derramas por su inquilinato en la Moncloa –en dinero y en soberanía–, nadie descarte como solución salomónica a sus discordias nuevos apremios si ambos coligen que lo prioritario es dar tiempo al tiempo para que se despejen los nublosos cielos electorales que hoy los obscurecen y que les hacen desprender olor a cadaverina en vísperas del mes de los difuntos.