Sánchez, nuestro Chamberlain
Mohamed VI se parece a Hitler lo mismo que Pedro Sánchez a Winston Churchill, lo cual no impide reconocer una coincidencia: Marruecos pretende anexionarse una parte del territorio español
Parece que haya pasado una década desde que Donald Trump ganara por segunda vez las elecciones presidenciales en Estados Unidos. Al día siguiente de aquella victoria, el mundo comenzó a asustarse con cada una de sus declaraciones, o con sus mensajes en las redes sociales. Un día escribía que iba a doblar los aranceles a las importaciones de la Unión Europea y, al siguiente, se planteaba sacar a su país de la OTAN. Nos aplicábamos el desfibrilador para evitar el infarto y, cuando ya nos íbamos recuperando del susto, lanzaba la idea de quedarse con Groenlandia. Así fueron pasando los meses, de amenaza en amenaza, hasta que los líderes europeos le fueron cogiendo el tranquillo y aprendieron a medir sus reacciones ante las baladronadas de Trump. Entonces, llegó el zarpazo en Caracas que acabó con Maduro en una cárcel de Nueva York.
El éxito de esa operación fue tan aparatoso que Trump se vino arriba y, escuchando los susurros que le llegaban desde Israel, trató de solucionar el problema de Irán de la misma forma, o sea, por la vía del KO en el primer asalto. Midió mal la capacidad de resistencia de una dictadura teocrática y, a partir de entonces, volvieron las amenazas apocalípticas. Recuerden aquello de «esta noche, toda una civilización morirá». Hoy es el día en que los ayatolás continúan chuleando a Trump en el estrecho de Ormuz, porque vieron pronto que jugaba de farol.
Lo opuesto a una política exterior basada en fanfarronadas vendría ser la estrategia del apaciguamiento. Simplificando, podríamos decir que la inventó Neville Chamberlain. En la década de los treinta, Alemania comenzó a incumplir el Tratado de Versalles. El primer ministro británico pensó que la mejor respuesta era no enfadar más a Hitler. Primero, el líder nazi militarizó Renania. Después, se anexionó Austria. Más tarde, se quedó con los Sudetes checoslovacos sin que este país pudiera opinar en las negociaciones. Como vieron que todo era gratis, seis meses después Hitler ocupó el resto de Checoslovaquia. Cuando invadió Polonia, ya no quedaba más carnaza para alimentar a la bestia, y comenzó la Segunda Guerra Mundial.
Mohamed VI se parece a Hitler lo mismo que Pedro Sánchez a Winston Churchill, lo cual no impide reconocer una coincidencia: Marruecos pretende anexionarse una parte del territorio español. A menudo, da la impresión de que el actual gobierno actúa como si esta certeza fuera una amenaza imaginaria, un peligro que sólo existe en la mente de cuatro fachas de este país. Bajo esa premisa, si 80.000 personas cruzan en 24 horas la frontera que separa un país de un territorio reclamado por ese país, hasta Pedro Sánchez se ve obligado a reconocer que no estamos ante una «crisis migratoria», sino ante una «violación de la integridad territorial». Identificado el problema y su gravedad, incluso por Sánchez, lo importante es analizar la respuesta.
Chamberlain pasó a la historia como el líder cobarde que, con sus errores, propició el conflicto armado más cruento de la historia. En la actualidad, existen historiadores que matizan esa interpretación y sostienen que, en 1938, el Reino Unido no estaba preparado para una guerra contra Alemania y que el tiempo ganado gracias al apaciguamiento permitió reforzar las fuerzas aéreas británicas. La pregunta es clara: ¿Está reforzando España en los últimos años su posición militar o geopolítica frente a Marruecos? Más bien parece lo contrario. Sin embargo, no es esta la mayor contradicción.
Lejos de ser un cagón como Chamberlain, Pedro Sánchez se presenta como el líder más valiente del mundo occidental. El único capaz de encararse con Trump y el que más veces ha llamado «criminal» a Netanyahu. Es el ídolo de los actores antiMAGA de Hollywood y el faro moral que deslumbra a la izquierda indigenista en Latinoamérica. Sánchez porta la bandera de las causas más justas, el único que no se arredra ante los «tecnoligarcas» y alza la voz en el Foro de Davos. Entonces, si contamos con el líder más arrojado del planeta, capaz de ir al choque contra la primera potencia mundial, ¿a qué se debe tanta complacencia con Marruecos, rayana en la sumisión?
Los casos de Trump, Chamberlain y Sánchez demuestran que, en las relaciones internacionales, cuando los líderes de otros países te toman la matrícula y comprueban que es falsa, ya no existe estrategia que funcione. Ni con tus aliados, como Italia, ni con vecinos hostiles, como Marruecos. ¿Qué estamos ganando frente a ellos? España, nada. Sánchez, como Chamberlain, gana tiempo. Se mantiene en el poder sometido a una extorsión por el espionaje de su móvil. Lo pienso yo y, según las encuestas, lo piensa la mayoría de sus votantes. Porque nadie sensato, ni siquiera en la izquierda, encuentra otra explicación.