La verónicaAdolfo Ariza

Decoro versus chabacanería

«¡Cómo revela también la barbarie de nuestro tiempo el que los viajeros se comporten en una iglesia como si estuvieran en un museo o en un local deportivo!»

De forma indirecta me ha llegado en estos días una referencia a la última carta pastoral del arzobispo de Valladolid, Luis Argüello (a la sazón, también presidente de la Conferencia Episcopal Española) que lleva por título el antiguo adagio de Próspero de Aquitania (s. V) Lex orandi, Lex credendi, Lex vivendi. La carta en su sencillez, no desmerecedora en medida alguna de profundidad, merece la pena ser leía de forma íntegra pero hay un pasaje que quisiera subrayar por su actualidad en medio de esta canícula propia de nuestro julio-agosto cordobés ya sea en sus versiones varias de El Morche, Los Boliches o Trassierra.

Remitidos todos los preámbulos y fundamentos, sin más remilgos nos pregunta Argüello sobre «cómo nos disponemos en el vestido a la hora de celebrar la Eucaristía». No en vano, argumenta, el pueblo santo de Dios «ha de cuidar cómo viene vestido a la Eucaristía». Argüello expone dos razones de peso: 1ª Si «vamos a celebrar la Pascua del Señor», «eso ha de cuidarse» con «el decoro en el vestir» por «respeto al Señor» y «a los hermanos». 2ª «Vestirse para la Eucaristía expresa también esa preparación remota, como el ayuno eucarístico que una hora antes de celebrar la Eucaristía prepara el corazón para recibir al Señor».

Ya es una alegría que alguien nos recuerde hechos ya no tan evidentes en los que hemos caído por una cierta dosis de vulgaridad, chabacanería y, lo que es peor, ausencia de una mínima piedad y decoros litúrgicos. Al respecto, no hace mucho leía que «la civilización y la barbarización parecen ir de la mano» – Ahí lo dejo -. Pero es todavía más luminoso, si cabe, cuando Argüello nos remite a «la antigua tradición de vestirse de fiesta o de Domingo para celebrar el Día del Señor» y nos da un cierto tirón de orejas a los sacerdotes por el vacuo argumento del «como hace mucho calor, en este tiempo no me pongo casulla».

Reconozco que la cuestión, a simple vista, puede pasar por anecdótica o más propia de un trasnochado y pseudo-farisaico formalismo y, sin embargo, creo que no tiene nada de esto. No estamos ante una cuestión pura y llanamente propia del formalismo. Para el teólogo alemán Romano Guardini lo más noble del ser humano es aquello que se construye sobre la atención y el respeto. Para Guardini «la auténtica cortesía es expresión de atención a la persona humana»; pero es «el respeto» aquello que se despierta ante lo grande”. De ahí que la verdadera educación sea aquella «capacidad de juicio» que sabe reconocer lo grande, lo auténtico y lo excelso. También, sigo con Guardini, conviene tener muy presente que todo respeto ha de desembocar «en el respeto a lo sagrado». La denuncia de Guardini es explícita en su argumentado razonamiento: «Lo percibimos cuando entramos en las iglesias. […] por eso se construyen tan altas y con formas tan elocuentes, para que el espacio nos mueva ya al entrar. Si no ocurre así, entonces, viéndolo en su naturaleza, no hay en absoluto ninguna iglesia, sino sólo un espacio de reunión. Por eso entramos en la iglesia con paso quedo y hablamos en ella con voz contenida». Y aquí viene el torpedo en la línea de flotación: «¡Cómo revela también la barbarie de nuestro tiempo el que los viajeros se comporten en una iglesia como si estuvieran en un museo o en un local deportivo!». Claro que el drama viene cuando se toma conciencia de que lo que Guardini denomina «viajeros», en ocasiones, bien podría sustituirse por clérigos «descasullados» y fieles adheridos a chanclas, tirantes y bermudas.

Concluyo – ¡créanme, no podía ser de otra manera! - con aquel Chesterton que ya advertía que su principal miedo no era «el peligro del bolchevismo» sino un «algo que va a surgir por sí mismo, o que al menos puede hacerlo» y que «el nombre más sencillo que lo define es ‘chabacanería’».

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