Signos de los tiempos
Esto de los signos de los tiempos puede parecer complejo de explicar y de entender y sin embargo no hay nada más que ir, pongamos por caso, al mismísimo Chesterton para aprender a decodificar los mismos signos de los tiempos
Allá por el año 1965 invitaba el Concilio Vaticano II a «escrutar a fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que se pueda responder a los perennes interrogantes de los hombres sobre el sentido de la vida» (Gaudium et spes 4). De esos «signos de los tiempos» y de su carácter sempiterno dan buena cuenta – no sé hasta qué punto pretendidamente – una fauna tal como la conformada por novelistas, dramaturgos y poetas.
Esto de los signos de los tiempos puede parecer complejo de explicar y de entender y sin embargo no hay nada más que ir, pongamos por caso, al mismísimo Chesterton para aprender a decodificar los mismos signos de los tiempos. Véase el ejemplo: «He descubierto que la nueva mojigatería es más estrecha y mojigata que la vieja, incluso la de los días tristes y oscuros del final de la época puritana. Este descubrimiento me interesa no poco, pues siempre he odiado el puritanismo ordinario con odio límpido, perfecto e inmaculado. Sin embargo, el puritano no es tan negativo, represivo y lúgubre como el progresista puro». También se podría citar otro ejemplo desde Chesterton: «La gente de tipo progresista está constantemente diciéndonos que la esperanza del mundo está en la educación». En medida alguna le tiembla la mano en su respuesta: «Si la educación es la función más elevada del Estado, ¿por qué desearía alguna persona ser emancipada de la función más elevada del Estado? […] Si la educación es la cosa más grande que hay en el mundo, ¿qué sentido puede haber en hablar de de una mujer siendo liberada de la cosa más grande del mundo?».
De entre los que cabría entender como signos de los tiempos internos a la propia Iglesia es especialmente clarividente el poeta francés Charles Péguy al poner el dedo en la llaga con respecto a la que él denomina como una de «las proposiciones heréticas más groseras»: «Esa idea, esa proposición, de que habría habido un cristianismo, una cristiandad, una fe, un cristiano y por consiguiente una Iglesia, ingenua y cándida, y que después y que hoy habría otro cristianismo, otra cristiandad, otra fe, otro cristiano y por consiguiente otra Iglesia, que no sería ingenua y que no sería cándida».
Continuando con estos signos de los tiempos directamente implicados en la vida de la Iglesia, es oportuno traer a colación al novelista inglés David Lodge. Este se duele del «desvanecimiento gradual de la metafísica católica tradicional» lo que conlleva la pérdida de «esa síntesis maravillosamente compleja e ingeniosa de teología y cosmología y sofismas, que situaba a las almas individuales sobre el tablero de una especie de juego de la oca espiritual, motivándolos con dosis equivalentes de esperanza y miedo y prometiéndoles que, si perseveraban, conseguirían una recompensa eterna».
Más concreto es C. S. Lewis, a través de su Scrutopo, al recordar que el Enemigo quiere «que la Iglesia sea pequeña no solo para que menos hombres puedan conocer al Enemigo, sino también para que aquellos que lo hagan puedan adquirir la incómoda intensidad y la virtuosidad defensiva de una secta secreta o un ‘dique’». El Enemigo lo tiene claro: -«[…] si a un hombre no se le puede curar de la manía de ir a la iglesia, lo mejor que se puede hacer es enviarle a recorrer todo el barrio, en busca de la iglesia que ‘le va’, hasta que se convierta en un catador o connoisseur de iglesias». A todo este se le podría añadir la preocupación de Leon Bloy por lo que consideraba como «las efusiones del cocodrilo» y es que para Bloy «el Demonio es un sentimental» que a través de «sus efusiones» hace que prevalezca las más crasa de las «sensiblerías» sobre la verdad misma que nos recuerda «el terremoto del Evangelio que declara que el Hijo de Dios no traería la paz sino una espada cortante (cf. Mt 10, 34)» (Chesterton dixit).
En resumidas cuentas, cualquier intento de interpretación de los signos de los tiempos conduce con facilidad a un claro diagnostico: «La certidumbre de la existencia de Dios subsiste también generalmente; solamente se acompaña de una ignorancia prudente ante los intermediarios propuestos entre Él y el mundo. En fin, entre los medios intelectuales jóvenes, la incredulidad está con frecuencia un poco matizada de snobismo. […] No hay que excluir cierto ‘romanticismo’ de la crisis religiosa» (Charles Moeller).