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Perro come perroAntonio R. Naranjo

Elogio de El Debate en tiempos oscuros

¿Qué más nos pasaría si no hubiera ninguna luz para alumbrar la oscuridad de Sánchez y de su cuadrilla?

Este periódico lleva años contando, con precisión documental del propio Gobierno, los excesos cometidos con recursos públicos desde la Presidencia, la voluntad expresa de ocultarlos, la decisión premeditada de recubrirlos con todo tipo de excusas para declararlos secretos y, finalmente, tras un largo y costosísimo trabajo de investigación desde el derecho y contra la Administración, la imposibilidad de taparlos por completo.

Así hemos podido conocer el uso de aviones, helicópteros o coches para asuntos privados; los gastos suntuarios en vacaciones; el despilfarro en caprichos como cambiarse la cocina en la vivienda a coste cero utilizada por la vicepresidenta primera; las expediciones vacacionales con pretextos oficiales de Yolanda Díaz o Irene Montero; la utilización de aeronaves y la inclusión de Begoña Gómez en expediciones oficiales con agenda privada propia, la rehabilitación caprichosa de palacios con fines lúdicos o, entre tantos excesos, el pavoroso silencio oficial ante el probable disfrute gratuito de recursos y patrimonio público por parte de amigos y familiares de Pedro Sánchez.

Frente al indecente discurso de la «máquina del fango», con el que Sánchez y su cuadrilla responden por igual a investigaciones periodísticas impecables, informes de la UCO incontestables y oficios y autos judiciales perfectamente argumentados, se contrapone así algo que la ciudadanía puede comprobar con sus propios ojos, con documentos irreprochables emitidos a regañadientes por los propios afectados, tras una larga pelea que no todos los medios de comunicación pueden o quieren pagarse y muy pocos saben hacer, y aquí logramos gracias a la decencia tranquila de Bieito Rubido y la brillantez de Julio Naranjo y su equipo, los mejores de España en la materia.

Son victorias del «derecho a saber», fundamental en una democracia, pero al mismo tiempo derrotas de la decencia política: lo que debería ser público de antemano, de forma rutinaria, acaba lográndose solo después de una eterna pelea en la que el periodismo y el derecho han de aliarse, dar lo mejor de sí mismos, tener paciencia, disponer de tiempo, soportar las presiones y además aguantar el insultante chaparrón público que acompañará a su labor, con los obligados a dar explicaciones convertidos en agresivos acosadores del mensajero, bien secundados por la Brunete mediática pensionada con dinero público, siempre dispuesta a proteger a sus patrocinadores y a la vez a dar lecciones de periodismo, de política y de todo en general.

Solo un gran periódico con una valiente y serena dirección y una propiedad decente puede permitirse iniciar y mantener un viaje, el de la búsqueda de la verdad, sin que le tiemblen las piernas. Y eso es El Debate y hay que decirlo de vez en cuando: sin él y otros pocos, la ceremonia de ocultación y asalto al Estado de Derecho que oficia Sánchez desde el minuto uno de su triste carrera política habría ya triunfado.

Pero al orgullo de que aún haya ejemplos de buen periodismo en un ecosistema tan pútrido, donde los premios se los llevan los sicarios del Régimen y las persecuciones los devotos de la democracia, no puede quitársele la preocupación por el imparable deterioro de las reglas del juego: cuando en un país resulta más osado demostrar que el presidente del Gobierno se gasta 160.000 euros extra en sus vacaciones ya pagadas de antemano que cometer ese abuso, algo pasa y es muy grave.

Porque si Sánchez no se siente obligado a dar explicaciones de nada, por oscuro y abusivo que sea, y se ha fabricado un parque temático sanchista en el que las explicaciones las exige él entre aplausos animosos de sus acomodadas cheerleaders, siempre gritando su nombre en la banda, tenemos un grave problema.

Un tío que no gana Elecciones, no presenta Presupuestos y le ha alquilado el cargo a todos los enemigos de España para que les ayude a destruirla no puede, además, pegarse una fiesta en el palacio de La Mareta con quien le dé la gana y que encima se permita decirles a los demás que su obligación es ver, pagar y callar.

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