Okupas e inhumanos
¿Por qué hay que aguantar a un Gobierno que pisotea la ley o la pone al servicio de los malhechores?
Con muy pocas horas de separación hemos visto cuatro escenas consecutivas que reflejan la falta de decoro, responsabilidad, principios y humanidad de un Gobierno insurgente y básicamente lerdo, por mucho que disfrace su estupidez con ropajes retóricos y escénicos falsamente engolados.
Casi al mismo tiempo en el que la alianza de incivilizados que permitió la investidura de El Perdedor rechazaba regular la prisión permanente revisable para los asesinos que ocultan a sus familias los cadáveres de sus víctimas, con madres mirando y llorando en el Congreso; defendía desde el atril la necesidad de proteger a Las Supremes del jolgorio televisivo sanchista cuyos nombres me ahorro por higiene mental: se trata de personajillos que insultan a diario a media España y convierten la respuesta que reciben, sin duda repudiable, en un acto de violencia sistémica extensible además a toda la derecha española que tiene por víctima final, y ése es el juego, al pobre Pedrito y a su inocente familia.
Las beneficiarias de tan triste apoyo hacían la peineta a un diputado que se burló del sainete, dañino para el feminismo serio y más propio de La casa de los gemelos, en el mismo lugar donde la madre de Marta Calvo, asesinada y desaparecida hace seis años, lloraba por el insólito auxilio parlamentario de los «progresistas» a criminales como el de su niña.
En la tercera escena de ignominia aparece Fernando Pequeño Marlaska, el diminuto ministro del Interior, soltando por esa boca mentirosa el mantra de que vamos fenomenal de delincuencia, como con la economía, y que si hay contabilizadas más agresiones sexuales no es porque haya más delincuentes sexuales, sino porque ahora las mujeres tienen menos miedo a denunciar.
Nos quedamos sin saber su explicación para el formidable aumento de homicidios, que según su indigente teoría obedecerá a que hora los asesinados denuncian más, aunque nos quedamos con las ganas de conocer cómo justificaría Liliputiense Marlaska que un muerto pueda acudir a la comisaría a alertar sobre su propio asesinato y cómo hacían antes para esconder su cuerpo y que no computara en las estadísticas criminales.
Hace falta ser bobo, y creer que los demás lo son, para negar la evidencia objetiva de que en España se cometen más delitos graves que nunca, y que una buena parte del problema tiene que ver con la inmigración irregular masiva: solo hay que ver la composición de la población penitenciaria y saber hacer una regla de tres para llegar a una conclusión que no va a desaparecer porque lo digan Marlaska o Sánchez con su habitual desparpajo. El mismo que tienen para presumir de crecimiento económico y de empleo falseando las cifras para decirle a la afición que no se crean lo que ven con sus propios ojos y se queden mejor con las mentiras oficiales.
El último episodio lo ha protagonizado Sánchez en persona, al sostener que a España no le pasa nada por carecer de Presupuestos Generales del Estado en toda la legislatura y seguir gobernando, por llamarlo de alguna manera, con los de otro Gobierno y otro Parlamento. Asegura la calamidad en cuestión que, hombre, como hay guerra en Irán, nadie puede pedirle que pierda el tiempo en chiquilladas.
Solo la cadena de complicidades pensionadas por el sanchismo explica que, ante tal cúmulo de insensateces, ilegalidades y agresiones a la inteligencia, no haya una revuelta popular, pacífica pero masiva, a las puertas de La Moncloa y del Congreso, okupados literalmente por una especie de Mafia ajena a todos los controles de calidad democrática, contraria a la Constitución, secuestradora de la democracia y resumida en una imagen: han legislado a la vez a favor del asesino de Marta Calvo, de las actrices malas del feminismo de pega y de la falsa víctima Quequé, ese tonto con balcones que quería volar la cruz de Cuelgamuros y utilizar sus cascotes para apedrear a curas.
Pero no presentan, en toda la legislatura, la principal Ley exigible constitucionalmente a cualquier Gobierno, esa que para Sánchez era constitutiva de disolución de las Cámaras en el caso de Rajoy y que a él mismo le llevó a convocar elecciones anticipadas en 2019 para ver si rascaba más votos. Ahora ya no es relevante, porque hay guerra. Y la hay: la que él libra contra la democracia, ya en prisión permanente.