Un presidente para siempre o en el juzgado
La catástrofe democrática que ha forzado Sánchez ya solo tiene dos posibles desenlaces
Pedro Sánchez lleva dos años sin acudir al Senado a someterse a una sesión de control. Tampoco ha cumplido en toda la legislatura con el mandato constitucional de presentar Presupuestos Generales en el Congreso, donde no mantiene una mayoría parlamentaria que compense su déficit de votos en las urnas y legitime su condición de presidente, hasta el punto de que gobierna por decreto, un abuso democrático si convierte lo ocasional en costumbre.
Todo esto es objetivo, y ni en el delirante universo paralelo del sanchismo, que da lecciones contra el odio desde el odio más indecente sembrado en España desde el siglo pasado, puede desmentirlo con algo parecido a un argumento: solo la soflama y el insulto replican ya a la verdad.
Luego ya hay cosas opinables, aunque con dificultades: porque a todos esos fraudes objetivos se le suman otros subjetivos, al menos para las morales más laxas. Deberle la Presidencia a Otegi, Junqueras y Puigdemont; negociar la investidura en el extranjero y aceptar que la hoja de ruta de España sea la impuesta por los enemigos de España también es un atraco que conculca el espíritu de las leyes y costumbres, pero no necesariamente su letra: para unos es aritmética parlamentaria, para otros, entre los que me cuento una traición, pero en ambos casos hemos de asumir que la matemática es legal.
Aunque inmoral y propia de un tipo sin escrúpulos: ya dijo Montesquieu que algo no es justo por ser legal, sino que debía ser justo para llegar a ser legal, lo que impone un precepto a las buenas personas antes de servirse de las normas vigentes: una especie de adaptación política de la virtud moral de Aristóteles, algo que no existe en buena parte de la política actual, con especial intensidad en Pedro Sánchez, a quien ninguna barrera ética le frena si con ello pierde un botín que no merece pero puede conseguir.
En el listado de plagas bíblicas que ha acompañado a la mayor calamidad política de la democracia, un zahorí del resentimiento y la confrontación que prefiere enterrar la Transición y resucitar la Guerra Civil, aparecen ya la pandemia, dos o tres guerras, el gran apagón, un par de crisis, la cana, los incendios, los accidentes ferroviarios y un largo etcétera de catástrofes que obligan a preguntarse si su buena fortuna personal paga el precio con un infortunio para el resto.
Pero no incluye la principal de todas ellas y quizá la única evitable: él mismo, su genoma antidemocrático, su actitud golpista, resumida en un desprecio conjunto a las urnas, a las instituciones, al Parlamento y por todo ello al ciudadano. Tenemos, sin más, a un presidente que no debería estar allí, que no puede gobernar y que no tiene ni el respaldo de los votantes ni el del Congreso, salvo para su efímera investidura, y que sin embargo puede sobrevivir en La Moncloa atrincherado y armado con el BOE.
La Transición se estudia en todas las universidades del mundo como ejemplo positivo de cambio pacífico de sistema, a pesar de ETA, y el sanchismo se analizará también algún día como caso único de insurgencia autocrática en una democracia occidental. Y así Sánchez habrá pasado a la historia, su sueño confesado, en una página muy negra pero inmortal a la que solo le faltan unas últimas líneas para ser única: o bien rematar su deseo de perpetuidad o bien acabar en un juzgado. Que es lo suyo.