La guerra comenzó hace mucho y nadie se da cuenta
No entender que estamos perdiendo todo y nos disparábamos mientras en el pie equivale a ayudar a los adversarios
La guerra comenzó hace mucho, aunque sus métodos no sean los tradicionales y mucha gente crea que solo las bombas la delatan. Lo hizo básicamente cuando Occidente, y en especial Europa, empezó a avergonzarse de sus valores, sustentados en la libertad y la igualdad; se sintió culpable de todo; se lanzó a regularlo todo contra sí misma para paliar ese supuesto pecado original; transformó en un derecho la agresión a sus principios, normas y costumbres y facilitó la competencia de terceros sin ninguna reciprocidad a cambio.
Hay una parte inevitable en el cambio de eso que llaman orden mundial: los humanos van buscando el calor, el plato lleno, la libertad, la mayor esperanza de vida y el confort general y, en ese sentido, la pobreza o la represión son un mal negocio: ayudar a reequilibrar el mundo es la mejor manera de defenderlo, aunque al principio parezca que sale caro. Pero sin sentimientos de culpa lacerante, sin prisas excesivas, sin medidas autolesivas y sin imitar al torpe Rey Pirros, ese que generaba tantas bajas en las filas propias como en las ajenas.
Lo cierto es que, mientras Europa legislaba contra el campo y la automoción, asfixiaba la economía, la industria y los hogares con una regulación legal y una presión fiscal asfixiante, imponía una abusiva transición energética para beneficio de lobis y de sus adversarios y sometía sus elevados principios democráticos en nombre del respeto a los valores ajenos aunque se situaran por debajo del umbral de lo tolerable mientras daba la turra a los pobres europeos por culpables preventivos de las más absurdas fobias a reeducar; sus adversarios hacían lo contrario y sacaban ventaja de esa rendición.
China tiene de todo en todo el mundo, pero nadie tiene nada en China sin el permiso del Partido Comunista, verdadero propietario de todo, con un esquema de hegemonía propia y subordinación de todo lo demás que explica por qué estamos como estamos.
Donald Trump es rudo, tiene un verbo agresivo y molesto, es más jugador de damas que de ajedrez con lo que eso afecta a la visión a medio plazo y a los efectos de sus movimientos y tiende a dejar los trabajos a medias tras anunciar la entrega urgente de un paquete que a veces se pierde en el viaje. Pero es el único que entendió que la guerra empezó hace tiempo, que la democracia inexistente en sus rivales no puede tener el auxilio propio de la laxitud, que los misiles de ahora eran antes bonos, virus, barriles, fatwas, mano de obra barata, emisiones sin límite y todo el catálogo de recursos derivados de no ponerse límites ni líneas rojas ante ningún objetivo.
Mientras aquí hemos estado en construir una especie de balneario, un parque temático de la estupidez y una barra libre del absurdo en nombre de una falsa emancipación de todos los delirios imaginables, objeto de estúpidas guerras y de obscenos negocios; allá fuera se ríen, ven una oportunidad y la aprovechan, entre otras cosas gracias a líderes fatuos, infantiles, frívolos o perversos como Pedro Sánchez, ya un infiltrado chino en el club europeo.
Lo decente sería decirle a Trump que hemos entendido el juego, aunque sea tarde, que no está solo y que no hace falta participar en él solo a bofetadas, que hay métodos mejores y estrategias más eficaces sin borrar las fronteras morales, culturales y legales que nos definen. Y, por supuesto, aislando a negligentes que se envuelven en pancartas como si fueran Gandhi mientras, en realidad, trabajan para el enemigo.