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Perro come perroAntonio R. Naranjo

Lo que deben de entender Abascal y Feijóo

La derecha suma en España entre el 51 % y el 60 % del voto: todo lo demás es secundario

El menos sanchista de los candidatos socialistas, un peculiar renegado con pedigrí en su tierra, ha perdido también con el PP pese al desgaste que toda gestión milenaria supone y, pese a absorber para sí todo el voto de la extrema izquierda, ha perdido en votos, porcentaje y escaños con Mañueco, a quien no le ha pasado factura ni su longevidad en el cargo, ni el ímpetu de Vox ni la alternativa de un rival con perfil propio ajeno al de Sánchez.

Pero hay un dato más, que es el realmente importante: en las tres recientes elecciones, en Extremadura, Aragón y Castilla y León; los votantes liberales y conservadores suman entre un 51 % y un 60 %, una abrumadora mayoría absoluta a la que el PSOE no se acerca ni por sí mismo ni en compañía de sus sucursales, todas borradas de la faz por ese voto útil de Sánchez, que ya es visto como un radical por los votantes habituales radicales: para qué votar a Sumar, Restas, Multiplicar o Podemos si el Partido Sanchista ya está en el extremo.

Ninguna lectura partidista y ningún cálculo electoral puede estar por encima de una certeza contundente: sus votantes claman por un cambio, no soportan a Sánchez, quieren un acuerdo entre ellos y están cansados de ser la verdadera mayoría social y de ver cómo, pese a eso, Sánchez consigue gobernar por el cambalache obsceno de votos parlamentarios por dádivas indignas que le permite sumar una mayoría de investidura demolida cinco minutos después.

La competición entre PP y Vox no puede estar por encima de la correcta explotación del apoyo de sus seguidores y no debe valer, siquiera, para que Sánchez encuentre un argumento creativo de supervivencia, como el de que perder por menos en Castilla y León que en Aragón es el comienzo de la recuperación o que la formación de Feijóo sigue dependiendo de la de Abascal, alentando un miedo artificial que no siente nadie más.

Lo objetivo es que la colaboración honesta entre PP y Vox es la única alternativa viable a un sistema, el sanchismo, que ya no tiene muletas en las que apoyarse y que, aun quedándose con todo el voto de su orilla ideológica, queda arrasado: algo que irá a peor allá donde concurran formaciones nacionalistas que sí logran la representación que las marcas blancas de Iglesias o Díaz no obtienen ya en ningún espacio de España.

Cargar ahora contra Vox, como si sus resultados no fueran buenos o estables al lado de las expectativas que se habían generado, es absurdo. Tanto como restarle relevancia a la cadena de victorias del PP, prácticamente el único partido de la derecha clásica europea que sigue siendo una máquina de generar victorias: desde que Madrid lograra la mayoría absoluta Isabel Díaz Ayuso, Feijóo puede presumir sin faltar a la verdad que ha vencido en generales, autonómicas, europeas y en los tres comicios adelantados en comunidades donde el PSOE siempre fue fuerte, con porcentajes de voto superiores a toda la izquierda junta.

Si al PP no le ha quedado más remedio que aceptar que Vox ha llegado para quedarse, y que puede y debe negociar y pactar con ellos sin asustarse por el qué dirán; Vox también tiene pendiente de asumir que sus votos no pueden servirle involuntariamente a Sánchez ni sostener una eterna tensión para priorizar otro bocado al PP sobre la obligación moral conjunta de lanzar una alternativa de supervivencia nacional.

El que ha perdido es Sánchez, como siempre, y cualquiera que no ponga eso en primer lugar, deseche lecturas parciales y no se centre en proyectar la urgencia de unas generales para acabar con este martirio, se equivocará gravemente. Todo se limita a un único reto: Sánchez no puede seguir ocupando La Moncloa, sin mayorías ni Presupuestos, como escudo para los problemas judiciales que le acorralan, troceando la Constitución a plazos y gestionando, en exclusiva, lo que le exigen sus decadentes o peligrosos aliados.

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