Tentar a un joven profesor
Con el permiso de C. S. Lewis me atrevo a desarrollar unos hipotéticos consejos de Escrutopo, diablo versado en miles de batallas, a su discípulo Orugario, su sobrino y, en esta fábula, joven promesa del mundo de la enseñanza
Estimado Orugario:
-He de reconocer un cierto existo, hasta el momento, en nuestras asechanzas pedagógicas y escolares. «Hemos masificado la enseñanza secundaria haciendo que entren en ella todos los jóvenes o casi todos y hemos aumentado el nivel global de instrucción». Ten siempre muy presente que «no se puede concebir que los alumnos fracasen» y que, necesariamente, «la escuela de la nueva educación» habrá de ser «la del éxito de todos». Es solo cuestión de tocar «la fibra democrática». Ten muy claro en todo momento que «hay que aprender juntos». «¿Y por qué hay que aprender juntos? Hay que aprender juntos porque nadie debe quedar al margen». Es nuestra lógica: «Lo que cuenta es que participen todos y que nadie se sienta excluido». Nuestro paradigma es «la escuela del éxito para todos».
Recuerda que eso de «la transmisión de los conocimientos» es simple y llanamente «un lenguaje tradicional». Habla mejor de unos alumnos que «deben ‘apropiarse del saber». El profesor debe permitir a cada alumno enfrentarse a un saber que le supera y facilitarle la ayuda necesaria para que se lo apropie. El alumno y el saber son ajenos el uno al otro y el profesor solo ejerce entre ellos una simple «mediación».
Te irá bien abandonando la «grandilocuencia». Recuerda también que «no eres un predicador, un abogado o un actor». Y todo esto porque no tendrás otro objetivo que «hacer emerger la motivación», y para conseguirlo hay que «evitar la obligación y preferir el placer». De ahí que ni se te pase por la cabeza la tentación «de poner malas notas». Porque «las malas notas son, por encima de todo, una constatación de nuestro fracaso en movilizar al alumno». Nunca pongas tus cartas sobre la mesa pero recuerda en todo momento que «el conocimiento intelectual no existe». Por tanto no hables «jamás de la inteligencia del niño»: «El niño no tiene ni inteligencia ni memoria ni juicio».
Conviene que no olvides en ningún momento que «el profesor nunca se preguntará: ‘¿Qué es lo que voy a decir’, sino: ‘¿Qué les voy a pedir hacer?’». Les pedirás «hacer investigaciones y ejercicios». Les pedirás «ejercer acción sobre los objetos». Lo que cuenta es «que cada uno actúe sobre un objeto de saber y construya por sí mismo su propio saber». En resumidas cuentas intenta «que el niño no aprenda ciencia, sino que la invente».
Procura hacer ver con sagacidad que la escuela es, ante todo, «un aprendizaje de la vida social». No cabe otra que el niño salga de su familia, «ese confortable nido», y aprenda «la alteridad». El principio es simple: «Es en la escuela donde se construye la democracia, no en la familia». Por otro lado, «las familias no tienen ningún derecho sobre la escuela». Es menester «que el niño salga cuanto antes de la esfera privada y entre en la escuela». Es en la escuela donde aprenderá a «asociarse libremente con los demás y, por consiguiente, a convertirse en ciudadano».
Consuélate, querido Orugario, con uno de nuestros éxitos: la laicidad. Pero no des la batalla por ganada. Has de procurar siempre la distinción que va del «dato que se impone a todos y lo que concierne a las opiniones de cada uno». El niño deberá saber que mientras que «el dato es absoluto, las creencias son relativas». Procura que no vea «en las creencias más que opiniones religiosas».
Tuyo afectuosísimo, tu tío Escrutopo.
Fin de la fábula inspirada en Cartas del diablo a su sobrino de C. S. Lewis. El problema es que los entrecomillados constituyen el credo de la «pedagogía oficial» tal y como un tal Philippe Meirieu (1949- ?) postula en su Carta a un joven profesor (2005).