El perol sideralAlfredo Martín-Górriz

Azulejos devocionales: entre el suelo y el cielo

«El grupo municipal de Vox ha propuesto su catálogo y protección, llamando la atención sobre este tipo de ornamentos que pasan desapercibidos por la sencilla costumbre o por la altura a la que están colocados»

Hace años, en un foro de temática cordobesa ya extinto, un usuario inició un hilo en principio desconcertante. Consistía en ir analizando cuestiones culturales o patrimoniales relacionadas con... el suelo. De esta forma, determinadas solerías en las calles, reflejaban obras pretéritas que ofrecían información sobre ese determinado lugar, inscripciones en las tapas de alcantarillas o telefonía se tornaban insólitos documentos históricos. Y así, escudos, señales en el pavimento, marcas o diferencias en las nivelaciones, componían una extraña biblioteca que convivía con pegotes negros, chicles pisados, colillas y restos de excrementos de animales. Mirar hacia abajo, de manera inesperada, ofrecía una apasionante perspectiva de la ciudad.

Me ha venido a la mente aquel magnífico hilo del foro cuando se propone ahora una mirada no al suelo, tampoco al cielo... más bien entre medias. Y, sin embargo, igualmente atenta y fascinante. No ya de forma general, sino a unos elementos en concreto: los azulejos devocionales. La ciudad de Córdoba se encuentra plagada de ellos, muchos con la forma de retablo cerámico, y sin embargo transitamos por sus calles sin reparar prácticamente en su presencia.

El grupo municipal de Vox ha propuesto su catálogo y protección, llamando la atención sobre este tipo de ornamentos que pasan desapercibidos por la sencilla costumbre o por la altura a la que están colocados, además de por su carácter sobrio en la mayoría de las ocasiones, o bien por quedar inmersos en un bonito entorno en el que encajan de forma hermosa pero sencilla.

De pronto, se abre al transeúnte un verdadero itinerario que contiene, a modo de particular crónica, parte de la memoria de Córdoba desde que, en 1921, el empresario -y más tarde también alcalde- Luis Castanys, mandase construir el primero moderno, que se puede ver hoy entre dos ventanas del hotel Patios de Córdoba, en la calle de la Feria. Imitaba a los que había antiguamente en las casas, de formas más modestas. Este azulejo devocional recuperó esa tradición, llevándola de las viviendas particulares a los muros de la ciudad o las iglesias. El pasado domingo, este mismo periódico, contaba su historia en este artículo.

De la iglesia del Rescatado a los Dolores en el Bailío, la Paz en Capuchinos, las Angustias en San Agustín, Nuestro Señor del Calvario, varios en el compás de San Pablo, otros tantos en torno a San Francisco, la Inmaculada en Duque de Hornachuelos, el Cristo de la Salud en la Trinidad, el de las Penas en su templo o el de Nuestra Señora del Carmen en San Cayetano, entre otros, ofrecen una forma nueva de acercarse a la vida de la ciudad del pasado al presente.

Las características de estos retablos y azulejos participan de distintos campos, desde el meramente artístico al religioso, y están ligados de múltiples formas a las vivencias cotidianas del pueblo. Su valor es incalculable y sería una lástima que el interés mostrado en ellos quedase al final en nada o simplemente se ligase a esa supuesta gallina de los huevos de oro -en realidad, exprimidor de recursos- que es el turismo masivo ante el que las instituciones se rinden como un moderno ídolo.

Entre el suelo y el cielo, los azulejos devocionales nos traen ecos de las voces de nuestros tatarabuelos y bisabuelos, y aquéllos sobre nuestros ancestros más lejanos, que quizá tuvieron una pequeña Virgen o un San Rafael chiquitín en la puerta de su vivienda. Años, décadas, quizás siglos después, el alma de Córdoba se transmite y evoluciona por grandes obras patrimoniales y de arte, pero también por aquel garabato perdido en una loseta o un arcángel grabado en una esquinilla o en un dintel.

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