Portada de un disco de El Zurdo
Crónicas castizas
El Zurdo, los azules y los ecos de la Movida
Su escuela no fue la academia, sino la fotocopiadora. Fanzines de tirada mínima, distribuidos con la liturgia secreta de quien intercambia manifiestos en sobres marrones. Allí cabía todo: Drieu La Rochelle, Sorel, Otto Bauer, la División Azul, el cómic...
Madrid tiene esas cosas: lo mismo te cruzas con un ministro jubilado en el Paseo de la Habana que con un punk ilustrado que cita a Nietzsche en Malasaña mientras suena un casete (¿Y eso qué es?) de La Mode. En ese Madrid —a ratos chotis, y otros new wave— se entendía mejor que en ningún otro sitio la extraña órbita cultural que, durante los años ochenta y noventa, gravitó en torno a un falangismo que ya no quería parecerse a nada: «No reniego de mi origen, pero digo que seremos mucho más que lo sabido, los factores de un comienzo», cantaba el poeta.
Porque hubo un tiempo —no tan lejano— en el que la camisa azul rehusó oler a alcanfor y quiso romper el cerco del olvido atormentado, reconquistar su épica.
En ese paisaje auténtico aparece Fernando Márquez, «El Zurdo», personaje singular donde los haya. Un tipo que venía de la Movida —de la de verdad, la de garitos con humo, amplificadores cascados y noches interminables— y que, sin pedir permiso, decidió cruzar el Rubicón ideológico hacia territorios que entonces resultaban incómodos para casi todos.
Pero Madrid, como saben mis cinco lectores, es ciudad de rarezas fértiles. Así transitó el autor de Kaka de Luxe a la trinchera cultural.
Márquez había estado en el origen del ruido. Fundador de Kaka de Luxe en 1977, en aquella primera llamarada punk en la que coincidieron Alaska o Carlos Berlanga, llevaba en el zurrón algo más que canciones: le supuraba una sensibilidad distinta, esa que mezclaba provocación estética con una suerte de inquietud intelectual que pronto desbordó el escenario.
Luego vendrían Paraíso y, sobre todo, La Mode, donde el Zurdo se convirtió en una de las voces más reconocibles de aquella nueva ola madrileña, flaco como un Quijote, con esa mezcla de elegancia y desaliño que solo Madrid sabe tolerar.
Pero mientras el resto celebraba el pop y la noche, él decidía leer. Y lo hacía a su manera. Fanzines, tercera vía y heterodoxia ibérica teñida de azul mahón.
Su escuela no fue la academia, sino la fotocopiadora. Fanzines de tirada mínima, distribuidos con la liturgia secreta de quien intercambia manifiestos en sobres marrones. Allí cabía todo: Drieu La Rochelle, Sorel, Otto Bauer, la División Azul, esa epopeya que fascinó a Dragó, el cómic y una idea recurrente —obsesiva casi— de «pensamiento independiente».
Aquello no encajaba en ninguna casilla, ni en la bazofia demagógica de las izquierdas, «donde no hay manoseada estupidez que no se proclame como hallazgo, ni en la patriotería derechista, que se complace, a fuerza de vulgaridad, en hacer repelente lo que ensalza».
Era otra cosa: una especie de tercerismo hispano que rastreaba, con abundante intuición y ayuna de método, una forma distinta de entender la política desde la cultura. Márquez lo llamó como quiso —a veces con ironía, a veces con solemnidad—, pero siempre con esa voluntad de provocar reflexión antes que adhesión.
Su novela Fe Jones fue quizá la síntesis más clara de todo eso: autobiografía velada, ensayo encubierto, declaración generacional. Allí ya aparecía ese intento de reconciliar lo irreconciliable, de tender puentes entre mundos que no querían mirarse sin encono. Le sedujo el mundo azul. Y entonces se produjo el giro. O más bien, la travesía.
Porque El Zurdo no abandonó nada: simplemente amplió el foco. Empezó a orbitar alrededor de un falangismo heterodoxo, crítico con el pasado, interesado en la cultura más que en la consigna. Una tercera vía que, en los años noventa, trataba de reinventarse sin saber muy bien cómo.
Ahí entra la etapa del nuevo jefe nacional. Durante su jefatura (1995-1997), aquel intento de innovación —bautizado como «Proyecto el Relevo»— buscó algo más que reorganizar siglas: pretendía dotar de contenido a un espacio político condenado a la marginalidad. Y para eso necesitaba algo que le cundía a Márquez: imaginación cultural.
No fue una alianza convencional. Fue más bien un cruce de caminos. Revistas, aulas y conspiraciones de café.
En aquellos años florecieron iniciativas que hoy suenan casi a relato de culto: la hoja volandera En Marcha, casi un dazibao, el mural Patria, la revista Nosotros, todos impresos en Zacatecas; el curso de disidencia, los encuentros en locales de Cuesta de Santo Domingo donde se hablaba de geopolítica, estética, metafísica y libros, todo en la misma tarde.
Y, sobre todo, El Corazón del Bosque, la criatura editorial de Márquez, inspirada en Jünger, en la figura del «emboscado», en la idea del individuo que resiste desde los márgenes del sistema mientras el mundo sigue su curso.
Era metapolítica con acento de barrio.
Allí se dieron cita nombres improbables, conexiones europeas, correspondencias con Aleksandr Duguin o Bouchet, y un intento —más intuitivo que estructurado— de construir algo parecido a una red cultural alternativa. No siempre funcionó. Pero dejó huella.
El precio de la rareza: El Zurdo pagó su osadía. En el mundo de la Movida, donde la transgresión tenía límites invisibles pero rígidos: las nocivas líneas rojas. Su deriva le convirtió en un apestado. No por lo que hacía —que tampoco era tan materia de escándalo como otros transversales—, sino por lo que pensaba. Madrid es muy libre… hasta que no lo es. Y la policía del pensamiento se multiplica por esporas.
Aun así, siguió su camino: radio, ensayos, intervenciones públicas, siempre con esa mezcla de ironía, melancolía y desafío. Nunca fue un político al uso ni quiso serlo, «y un poco de todo lo fue sin querer». Era otra cosa: un explorador cultural metido en terrenos pantanosos.
Una historia muy madrileña.
Visto con perspectiva, aquello fue más que una extravagancia. Fue un síntoma. El intento —fallido, heteróclito, a ratos brillante— de encontrar una tercera vía en un país que ya había decidido simplificarse en dos. Un esfuerzo por hacer política desde la cultura, en un momento en que la cultura empezaba a dejar de ser peligrosa. Siempre lo fue, y sobre todo, fue una historia profundamente madrileña: de bares, de revistas imposibles, de conspiraciones pequeñas, de grandes ideas en locales modestos iluminados con un camping gas. De tipos que, sin saber muy bien cuándo y cómo, se encontraron nadando contra corriente.
Como si alguien, el ausente, estuviera diciendo: —Que ladren lo que les plazca. Nosotros ya cabalgamos—.
Al final, en la entrevista que le hizo el Dr. Ignacio Armada, El Zurdo habló de música como él quería. El retorno a los orígenes.
Una vez más volvemos al mito de Sísifo y a empujar la roca cuesta arriba.