01 de octubre de 2022

Un plato de cuchara

Un plato de cuchara

Gastronomía

Sopas, guisos y purés: la cuchara reina con los primeros fríos

¿A quién se le ocurrió por primera vez hacer uno de esos platos reconfortantes?

Con las primeras lluvias aparecen las ganas de platos calientes: sopas, guisotes y estofados hacen las delicias de los amantes de los platos de cuchara, pero ¿se han detenido a reflexionar a quién se le ocurrió por primera vez hacer uno de esos platos reconfortantes?
Me he animado a preparar un buen fondo para mis sopas al abrir mi chat literario-gastronómico, se le hace a uno la boca agua cuando mis colegas hablan de las ricas legumbres del Bierzo, de los judiones del Real sitio de la Granja o de los garbanzos cremosos y finos de Fuentesaúco… y me imagino lo duros que tuvieron que ser los tiempos en los que uno no se podía calentar con algún bebedizo repleto de sabrosos tropezones.
Volemos hacia la prehistoria en un salto hacia, por ejemplo, de 450.000 años atrás, cuando se empezó a dominar el fuego.
El control de las llamas fue la clave de los primeros pasos para cocinar alimentos, no solo de forma casual como tras un incendio por ejemplo, sino la capacidad de encender un fuego, o de mantener la llama viva a voluntad. Así que asociamos el fuego al inicio del recetario, una alianza fundamental para la civilización. Sabemos que aquellos hombres, animados por la curiosidad e instigados por el hambre, asaban piezas de carne y pescado, es decir, llegó un momento que podían comer caliente, rica y saciante comida cocinada mientras lo crudo daba un paso atrás entre las preferencias de nuestros antepasados. 
Así, fueron conscientes de lo bien que sentaba una comida caliente y, como cualquiera en sus circunstancias, siguieron y persiguieron aquella idea hasta que desarrollaron un sistema útil y benéfico que los antropólogos en el mundo moderno han encontrado que se sigue practicando en el Altiplano andino y en algunas tribus de Papúa Nueva Guinea, donde son muy aficionados a las sopas.
Esta fórmula paleolítica consistía en tallar un cuenco en piedra, en el que se introducía agua y quizás trozos de carne o algunos vegetales. Finalmente, después de mantener unas piedras en el fuego hasta que estuvieran al rojo vivo, se introducían en el brebaje, acción que provoca el calentamiento del líquido y la semicocción o cocción completa, dependiendo de la cantidad de piedrecillas incandescentes y del tamaño del cuenco. 
Quién sabe qué sopas eran las preferidas, quién sabe cuales eran los ingredientes, que podrían variar desde unos granos de cereales a semillas, algún trozo de carne, hierbas para proporcionar sabor… Pero lo que sí sabemos es que la cocción de pequeños trozos de productos que se calentaban y se bebían era una realidad. No hemos cambiado tanto, aquellos hombres de Cromagnon tenían frio y se abrigaban, pues igualmente, se reconfortaban con una sopeja aunque fuera de a base de unas pocas hierbas, que el calor se debía valorar mucho en los fríos tiempos en los que la cueva acogía a los clanes.
Y lo sabemos de primera mano, porque la arqueología hace tiempo que descubrió en los sitios prehistóricos de la Dordoña, en Les Eyzies-de-Tayac-Sireuil unos posibles restos que sugerían la presencia de primeras sopas. Desde luego hace mucho menos tiempo que donde comenzamos, tan sólo unos 40.000 años, las cosas habían cambiado mucho y los modernos de aquellos tiempos daban buena cuenta de sopejas calientes alrededor de la lumbre. Fue el inicio de más, porque todavía nos reconfortan, nos alegran y calman el hambre, la sed y la impaciencia.
Cambia la hora, se acortan las tardes y la sopa viene a dejar un poso de tranquilidad, un tiempo pausado, un rato para reponerse y disfrutar de su sabor y a calentarnos los huesos, que van enfriándose con las temperaturas que descienden. Sopas, guisos, potajes y potes, purés, caldos, consomés, puches, escudillas y guisados, véngase a la mesa cualquier plato de cuchara, bebedizo o pócima que nos caliente y deje alegría y la cara colorada, como dice el refrán. Benditas sopas. 
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