05 de julio de 2022

La cantante Billie Eilish entendió a la perfección la época dorada

La cantante Billie Eilish entendió a la perfección la época doradaGTRES

Moda

¿Qué es el `glamour dorado´ que ha triunfado en la Gala del MET?

El dress code del evento estuvo marcado por las últimas décadas del siglo XIX, famosas por la industrialización de Nueva York y auge de los nuevos ricos

Cada primer lunes de mayo el Museo Metropolitano de Nueva York extiende su alfombra roja por su mítica escalinata para celebrar la famosa gala. Un auténtico espectáculo de arte y moda en el que un sinfín de celebridades asistieron a la presentación de In America: An Anthology of Fashion, el segundo capítulo de la exposición del Costume Institute del MET sobre la moda americana. Fue presentada como continuación de la del año pasado –In America: A lexicon of Fashion– y su eje temático ha sido reflejar las nociones de identidad en Estados Unidos a través de la moda, hablando de las complejidades de la historia.
Como viene siendo habitual, se esperaba un dress code de altura, que este año dejaba clara las coordenadas en una época concreta: el glamour de la edad dorada o gilded glamour, es decir, aquel periodo que abarca las últimas décadas del siglo XIX y la primera del XX. Tres décadas, con cambio de siglo incluido, que supusieron el crecimiento económico, arquitectónico y social de la ciudad de Nueva York gracias a su industrialización.
Atuendo típico de día de finales del XIX

Atuendo típico de día de finales del XIX

El término fue acuñado por Mark Twain y Charles Dudley Warner en la novela de 1873 The gilded age: a tale of today, una sátira de la América posterior a la Guerra civil y de su creciente clase industrial. Entre los muchos inventos de la época, como la bombilla y el teléfono, se encontraban también las máquinas para acelerar el proceso de confección de ropa. Basta decir, por tanto, que si unimos la automatización del diseño junto al esplendor de las fiestas de los nuevos ricos, la característica principal del código de vestimenta de la época fue el exceso.
Aquel en el que flecos, volantes, lazos y otros detalles decorativos hacían su aparición a través de los llamados «400 de Nueva York», el número exacto de personas de la upper class que podían entrar en el salón de baile de Beechwood, la residencia de verano de los Astor, una de las principales familias anfitrionas estadounidenses. Hacerse un hueco se convirtió en la obsesión de la alta sociedad que habían amasado sus fortunas gracias al ferrocarril, el petróleo o los barcos.
Los polisones daban un aspecto regio a la figura femenina

Los polisones daban un aspecto regio a la figura femenina

Pero, ¿cómo asistían a estas fiestas? A fines del siglo XIX, los telares eléctricos dieron como resultado una moda más rápida, por lo que se esperaba que los atuendos presentaran una mezcla de telas como seda, terciopelo y satén en vestidos con corsés, drapeados y brocados. Los sombreros llamativos y las joyas finas eran imprescindibles, al igual que los peinados elaborados a base de recogidos y tirabuzones. Poco a poco, se popularizó también una figura femenina basada en el polisón. Este nuevo armazón, similar a un cojinete atado a la cintura, enfatizaba la parte trasera dando mayor volumen a dicha parte, distorsionando de nuevo la figura femenina junto con las diversas tipologías de corsé impuestas en este momento.
La idea era crear un reloj de arena con las curvas de la dama: frágil cintura y exuberante parte superior e inferior. Durante el día, el cuello alto, estrecho y rígido, obligaba a erguir la cabeza, mientras que los sombreros, algo inclinados y de anchas alas, se decoraban con pesadas plumas de avestruz. Las mangas estaban ahuecadas en el hombro, se recogían en el codo y se estrechaban en la mano.
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La industrialización de la moda permitió incluir nuevos tejidos a los vestidos

Además, cubrían hasta los nudillos para no mostrar zonas indecorosas. Las faldas llegaban hasta el suelo y se ensanchaban en las caderas con pliegues y una pequeña cola. Los zapatos y los botines eran puntiagudos y se sostenían sobre medios tacones barrocos. Los complementos imprescindibles eran las medias de seda negra y la sombrilla, que servía para preservar el tono blanco de la piel.
Durante la noche, en cambio, el glamour cambiaba los recatados por vestidos por otros con más atrevidos con gran escote y manga corta. Eso sí, los brazos estaban cubiertos siempre por espectaculares guantes de seda o terciopelo que solían llegar hasta el codo.
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