17 de agosto de 2022

Con la bata puestaIsabel Rojas Estapé

Una madre lo es todo

Las habrá que son consideradas mejores o peores, pero el denominador común es que las madres siempre intentan hacerlo lo mejor posible

Todos los años el mes de mayo empieza con una de las festividades más universales que existen: el día de la madre. Se trata de un día del que algunos pensarán que el protagonista es el consumismo. Sin embargo, pudiendo tener razón, solo puedo dársela en parte: si algo tenemos todos los seres humanos es una madre. Las habrá que son consideradas mejores o peores, pero el denominador común es que las madres siempre intentan hacerlo lo mejor posible.
Una madre tiene una serie de características que le son propias y que por tanto nadie le va a poder quitar nunca.
Ella es el principio de todo ser humano. La maternidad es lo que define a una madre. Se trata de un don exclusivo (no lo tiene el hombre) que hace de la unión entre una madre y su hijo algo verdaderamente inquebrantable. Nuestra llegada al mundo está en ella. Es la puerta de entrada a la vida. Son las que acogen, unen y agrupan.
La sociedad no puede entenderse sin ellas. De hecho, en tanto que epicentro de la familia, podemos considerarlas también el núcleo de la sociedad.

Las madres son heroínas por excelencia

La madre es el fundamento de nuestras relaciones. Desde que nacemos, se produce un vínculo entre la madre y el bebé, que será determinante a lo largo de la vida de este. Se trata de un lazo indestructible, que ni la distancia ni el paso del tiempo podrán borrar, y que configurará al hijo en su forma de relacionarse y comportarse con la gente. Esta unión, también conocida como apego, comprende una faceta biológica impresa en el ADN de cada mujer, y otra psicológica, protagonizada por la donación y la entrega. Algo que va más allá de las células o de las propias hormonas.
Las madres son heroínas por excelencia. Saben lo que es sufrir poniendo buena cara. Pasar noches sin dormir, comer los restos de lo que queda o ponerse en último lugar son algunos de los sacrificios que las madres hacen sin pestañear. Se trata de una entrega, que no entiende de cuenta de pérdidas y ganancias. Se dan sin esperar nada a cambio. Yo lo he visto en la mía.
Y un día como hoy hay que reconocer que esta entrega muchas veces se da en condiciones de desigualdad. Si no, que se lo digan a las madres trabajadoras. Un apellido generalizado desde hace ya décadas con la llegada de las madres al mundo laboral, y que ha dado lugar en muchos casos a una preocupante desigualdad.
Me uno a las voces que sostienen que la deseada igualdad en este campo no puede conquistarse a cargo de la maternidad (tampoco –claro está- a cargo de la trayectoria profesional de tantas madres). Ambas variables han de poder jugar su papel en el mismo terreno de juego. Cierto es, que los años de fertilidad de una mujer coinciden con los años de mayor crecimiento profesionalmente.
¿La solución? No lo vamos a negar, no hay una, es complicada. Pues requiere en parte de un legislador cabal, pero más aún, me atrevo a decir, de toda la sociedad, que tiene que aspirar a concebir a la mujer en toda su grandeza. Una grandeza que es distinta, ni mejor ni peor a la del sexo opuesto, pero sin duda más rica por la maternidad.
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