29 de junio de 2022

Carmen Sánchez Maíllo

Familias para la libertad

El nacimiento de una persona produce siempre una novedad irrepetible, inimitable en el tiempo. Un ser nuevo entra a formar parte de nuestra vida, se entromete sin pedir permiso y para siempre en la vida de sus padres y hermanos cambiándolo todo

El único ser de la creación al que se espera cuando va a nacer y al que se recuerda tras su muerte es el hombre.
Es en la familia donde mejor se espera la llegada de una nueva criatura: se abre un tiempo de espera compartida; de vigilia tensa y no exenta de preocupaciones en el sinuoso horizonte de esperanza que surge con la vida en ciernes. Padres, hermanos, abuelos, tíos y padrinos se preguntan por aquel que va a nacer: ¿será niño o niña?, ¿qué nombre tendrá?, ¿a quién se parecerá?
El nacimiento de una persona produce siempre una novedad irrepetible, inimitable en el tiempo. Un ser nuevo entra a formar parte de nuestra vida, se entromete sin pedir permiso y para siempre en la vida de sus padres y hermanos cambiándolo todo. La aparición del rostro del recién nacido suscita una avalancha de sentimientos y preguntas sobre la vida de aquel ser en aquellos que le esperan. Cuando una persona cercana fallece se produce una adversidad de una naturaleza distinta a cualquier otro infortunio para sus seres queridos, en vez de una presencia nueva se abre un sendero de ausencias, cuyo único remedio es la memoria y la certeza de la vida tras la muerte.
Nacimiento y muerte son desde tiempos inmemoriales tareas que desbordan al individuo, tienen una dimensión netamente comunitaria, demandan ambas una compañía. El ser humano no nace sólo, ni debe morir solo. La mujer es el único mamífero que siempre ha necesitado ayuda para la asistencia en el parto, este diseño biológico apunta a la necesidad esencial de compañía cuando nace una persona humana. Del mismo modo nadie quiere voluntariamente morir en soledad. La agonía y la muerte de un ser querido son momentos donde la humanidad se pone en juego. El cuidado a los ancianos en sus momentos finales es un momento crucial y definitivo para toda persona. En la antigüedad, se valoraba sobre todas las virtudes la Pietas. Aquella virtud que se manifestaba en la gratitud y lealtad ante deudas que son impagables, que no se pueden devolver, y que se dirigía a la familia, la patria y los dioses.
La familia es una clase de sociedad que es proporcionada a nuestra condición de seres únicos, irrepetibles, insustituibles. Todo lo verdaderamente importante sucede en familia: nacimiento, crianza y educación, cuidado y agonía, por ello, concluyo compartiendo las palabras de Chesterton cuando dice que: «el lugar donde nacen los hijos y mueren los hombres, donde la libertad y el amor florecen, no es una oficina, ni un comercio, ni una fábrica. Ahí veo yo la importancia de la familia».
  • Carmen Sánchez Maíllo es secretaria académica del Instituto de la Familia de la Universidad San Pablo CEU.
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