03 de octubre de 2022

Armando Zerolo
cartas de la ribiera

Aprehender el silencio

El silencio es el espacio que dejamos para que suene la melodía de toda la vida

En plena época tecnológica, que parece que no nos deja detenernos y alzar la mirada porque nos quedamos pegados a la pantalla, me he encontrado este fin de semana con una escena paradójica que me hace pensar acerca de nuestra relación con la tecnología.
Lo cierto es que siempre me han gustado los pájaros y, cuando algo te gusta, quieres saber su nombre. Los niños pequeños alzan su índice a la altura de su mirada cuando algo les llama la atención. Lo señalan, y preguntan: «¿Esto qué es?». En ellos coincide la mirada y la pregunta en un mismo momento.
A mí me gustaría saber más de pájaros, pero me resulta difícil romper la barrera de la ignorancia. Cuando el desconocimiento es total, es muy difícil aproximarse a lo que se quiere conocer. La única manera es que alguien te lo explique. En realidad, sucede con todo. Pasa con el vino, con los toros, con el cine, con la arquitectura y con el deporte. La mejor manera de salvar la barrera de la ignorancia es de la mano de alguien que sepa.

Aprender a distinguir lo que es parecido, a disfrutar de la diversidad

Me gustaría poner nombre a los pájaros que he escuchado desde niño, pero nunca he tenido quién me pueda enseñar. Envidiaba a Delibes porque era capaz de llamarlos por su nombre, porque él podía ser su amigo y yo no. No he tenido relación con alguien de campo que me pudiese decir, y ojalá tuviese a mi lado a amigos tuiteros como Aurora Pimentel, a Pepe Guisado o Nadia Khalil, pero están lejos.
Me gustaría saber cómo se llama el que repite armónicamente sus tonos en las mañanas frescas de verano, el que pía nerviosamente, el que canta solo por las noches, el que parece que celebra, y el que se burla. Los he oído toda mi vida, en la ribera del Duratón, en los pinares y entre los chopos, pero los he visto poco porque no sé reconocerlos. Solo conozco los que se dejan ver más fácilmente, por simpáticos, como los petirrojos, o por descarados, como las urracas. Los que mejor cantan se esconden más. Son como los buenos escritores, que muestran el canto y esconden la pluma.
Hace unas semanas alguien compartió en Twitter una aplicación para móviles que sirve para el reconocimiento de aves. Se llama «Merlin Bird ID». Basta con dar al botón «Audio ID» de la aplicación para que el teléfono grabe y reconozca todos los cantos de pájaro al alcance en ese instante. En seguida aparecen sus nombres y se señalan los que en cada momento cantan.
Me senté a la sombra de un chopo a probarla. Mis hijos, atraídos por la escena, fueron viniendo. Teníamos que estar callados para que la aplicación funcionase. Silencio total, cosa rarísima en mi casa. La Ribera del Duratón empezó a sonar con la intensidad de una sinfonía y la resonancia de un anfiteatro perfecto. Un verdecillo, una tórtola, un pinzón, una oropéndola, un ruiseñor o un verderón. ¡Qué sensación! Aprender a distinguir lo que es parecido, a disfrutar de la diversidad, a apreciar los matices y a reconocer lo que nos era familiar y desconocido al mismo tiempo. Qué alegría saber que aquel canto de los veranos prematuros era el de un ruiseñor, o que aquel otro no era una paloma, sino una tórtola.
Ahí estábamos sentados en la chopera, mirando al teléfono, en silencio, juntos, aprendiendo a escuchar el canto de los pájaros, salvando una distancia con la naturaleza que no habíamos superado ni con libros ni con consejos. El móvil, fuente de ruido y distracción, en ese momento fue el instrumento para aprehender el silencio, que es el espacio que dejamos para que suene la melodía de toda la vida.
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