25 de septiembre de 2022

Armando Zerolo
CARTAS DE LA RIBIERA

La «agenda católica» no vende

Lo «católico» no es ninguna agenda, y que hemos de felicitarnos porque los partidos dejen de hacer un uso instrumental de ello

La «agenda católica» no vende porque no existe tal agenda. Es solo la instrumentalización política de algunos partidos políticos que la usan hasta que deja de serles rentable.
En el último debate electoral entre los dos candidatos a la Presidencia de Francia, la gran ausente fue la «agenda católica». Duró tres horas, había tiempo de sobra, pero ni una palabra sobre aborto, eutanasia, matrimonio, o raíces cristianas de Europa. De Macron se podía esperar, viene de una élite laicista francesa que no tiene parangón en España. Pero de Le Pen, cuyo partido es el heredero directo del tradicionalismo francés, cabría esperar algo más constructivo que una mera alusión al islamismo y a la prohibición del velo. ¿Por qué?
En 2002 Jean Marie Le Pen llegó a la segunda vuelta de las presidenciales francesas después de aplastar al socialista Lionel Jospin. Por aquel entonces yo estudiaba en París y recuerdo que los analistas decían que había que prestar atención al descontento, a la fatiga europea, a la brecha campo-ciudad, la desigualdad de renta, la inmigración, y que sus razones habría para un apoyo tan grande a Jean Marie Le Pen. Consulten la hemeroteca y verán que no hay nada más viejo que los nuevos problemas.

La «agenda católica» no vende, aunque en el templo haya tantos mercaderes

El caso es que Chirac, un «neo-gaullista» de 74 años, que obtuvo en primera vuelta un 20 % de los votos, frente a un 17 % de Le Pen, obtuvo en segunda vuelta una victoria estrepitosa con un 80 % de los votos. No hubo ni siquiera debate porque un «fascista antisistema» no podía tener su sitio. Socialistas, comunistas, y demás representaciones apoyaron sin fisuras a Chirac. El Frente Nacional, que era el partido europeo que más experiencia tenía midiéndose con las democracias liberales, aprendió una lección: si se quiere aspirar al Gobierno, hay que renunciar a ciertas agendas.
Así lo hizo Marine Le Pen, que mantenía menos vínculos que su padre con la vieja Francia prerrevolucionaria, católica y blanca, y por eso le costó menos liberarse del yugo tradicionalista. En 2013 escenificó la ruptura con el patriarca al desmarcarse públicamente de la manifestación contra el matrimonio de personas del mismo sexo. Aquello fue un escándalo, pero situó a Marine como una alternativa con opciones. El Frente Nacional sabía que debía optar explícitamente por un discurso republicano si quería participar como uno más, y así ha sido.
Quitándose la «agenda católica» de encima perdió identidad, pero también se liberó de lastre. «Lo católico» es útil electoralmente para situarse en primera línea de la carrera, pero pesa demasiado como para llegar a la meta con opciones de victoria. Es fácil observar este fenómeno en todos los partidos «junior». Los que han tratado de dirigirse directamente al electorado católico no han llegado a la segunda vuelta. Zemmour afirmó que «para ser francés tienes que sumergirte en el catolicismo», y no ha llegado muy lejos. La «agenda católica» les da una identidad, un sabor y un color, pero no tardan en ir relegando el discurso tradicional según van aumentando el número de escaños. Hay una ley del comportamiento de los nuevos partidos de derechas: cuantos más escaños, menos «agenda católica».
Lo que no ha abandonado Le Pen porque es lo que realmente forma parte de su identidad es el nacionalismo. Proteccionismo, identidad nacional, anti-inmigración, utilización de las políticas sociales para sus fines, antiglobalismo, mover el avispero de los empleos mal pagados para agitar el rencor, o protección de los agricultores franceses, son ahora el eje de su política. Esto sí renta electoralmente, el nacionalismo vende.
En España se cumplen las mismas leyes electorales. El CIS señala que únicamente el 1,4 % de los votantes de VOX señalan la crisis de valores como el principal problema del país, el 0,8 % la inmigración, y el 0,4 % el nacionalismo. Y, como es lógico, el 20,4 % entiende que la crisis económica supone para ellos el mayor riesgo.
De esto se pueden deducir al menos dos conclusiones. La primera, la más importante, es que «lo católico» no es ninguna agenda, y que hemos de felicitarnos porque los partidos dejen de hacer un uso instrumental de ello. Y lo segundo, más pragmático, es que la «agenda católica» no vende, aunque en el templo haya tantos mercaderes.
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