07 de agosto de 2022

con pepitas de chocolateMarichu Suárez

Yo también he perdido un bebé

Estos padres han dibujado una vida entera en sus cabezas junto a una personita que ya no está. Esta madre ha llevado las manos a su abdomen para acariciar a su bebé

El aborto espontáneo es la interrupción involuntaria del embarazo antes de alcanzar la semana 20 de gestación; a partir de entonces pasa a considerarse muerte fetal perinatal, si ocurre antes del parto, o neonatal, si ocurre en el momento del parto.
Se sabe que alrededor del 20 % de embarazos terminan en aborto, por lo que resulta bastante frecuente, y esta tasa aumenta hasta el 30 % en los casos de mujeres con abortos previos, siendo la principal causa acusada la malformación genética del embrión. Sin embargo, además de ser complicado de analizar, sobre todo en los casos de abortos de pocas semanas o incluso días, esta probabilidad acumulativa delata otro tipo de causas cuyo origen puede ser hormonal, inmunológico, ambiental –consumo de alcohol, drogas...–, endocrino o uterino, entre otros.
La cuestión, por supuesto, es que para descubrir dicho origen hace falta un seguimiento médico exhaustivo, que o bien por falta de tiempo o bien por falta de conocimiento, no siempre se realiza. Actualmente, de hecho, el protocolo sugiere esperar hasta que se sucedan tres o más abortos para considerarlos `de repetición´ y entonces estudiar un posible problema, y, aún así, en muchos de estos casos la solución propuesta es directamente la reproducción asistida.
Esta situación es, cuanto menos, preocupante. La frecuencia y precocidad con la que ocurre un suceso trágico, como es la muerte de un bebé que comienza a crecer en el vientre y en el corazón de su madre, no justifica su ignorancia; por el contrario, debería apremiar a su prevención mediante una serie de medidas como pudieran ser la comprobación completa del estado de salud general de los progenitores antes de concebir, la salud ginecológica y endocrina de la mujer y urológica del hombre, el estudio personal del ciclo femenino mediante el empleo de biomarcadores o la educación reproductiva, entre otros.
Además, se ha generalizado la ausencia de un protocolo emocional y empático que no hace mas que evidenciar la ceguera forzada a la que nos somete el sistema, y presiona a los padres para que lapiden el dolor en los «es muy normal», «ya llegará» o «no pasa nada». Pero claro que pasa. Estos padres han dibujado una vida entera en sus cabezas junto a una personita que ya no está. Esta madre ha llevado las manos a su abdomen para acariciar a su bebé. Le han imaginado riendo y llorando, jugando y creciendo. Estos padres esperaban a su hijo, le querían y quieren como tal, y de los profesionales médicos y el entorno social se espera la consternación que merece toda vida humana cuando se apaga.
La responsabilidad y el derecho más inquebrantable están ahí, se abran o se cierren los ojos.
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