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TribunaMaría Menéndez Zubillaga

Cuidar el planeta empieza por cuidar el hogar donde nacen las personas

La auténtica ecología no se limita a conservar montes y ríos: empieza en el hogar donde una persona aprende a amar, convivir y crecer. La familia es la reserva natural de humanidad sin la cual no hay sociedad posible. Protegerla no es una opción ideológica, sino la condición imprescindible para que nuestra tierra, y quienes la habitan, tengan un futuro

Hoy existe un consenso generalizado sobre la necesidad de respetar las leyes de la naturaleza. Sabemos que la contaminación, la deforestación o el calentamiento global tienen consecuencias devastadoras, y por eso impulsamos energías limpias, regulamos industrias y protegemos ecosistemas. Sin embargo, en este esfuerzo colectivo suele olvidarse una parte esencial de la creación: la persona. Y con ella, su entorno natural originario: la familia, núcleo y corazón de la ecología humana.

La primera ecología es la del hogar.

Los datos lo confirman: los entornos familiares estables reducen la pobreza infantil, mejoran la salud mental y favorecen el éxito educativo.

Pero la mayor señal de alarma es la bajísima natalidad. España registra una tasa de fecundidad de 1,16 hijos por mujer. En la Comunidad de Madrid, aún menor: 1,09. Muy lejos de los 2,1 necesarios para asegurar el relevo generacional. No es solo un problema demográfico; es un síntoma de que el ecosistema humano está debilitado.

Libertad, familia y vida: esas son las bases de la ecología humana.

Defender la ecología humana implica proteger la libertad dentro de la familia, respetar su identidad y no promover modelos que conduzcan a su deconstrucción o a su ruptura sistemática. Una sociedad que debilita a la familia mina su propia estructura.

Y esta ecología exige también defender la vida en todas sus etapas, desde la concepción hasta la muerte natural. No se puede hablar de sostenibilidad mientras se normalizan el aborto o la eutanasia como soluciones fáciles. Una comunidad verdaderamente ecológica protege a sus miembros más vulnerables.

Pero hacen falta políticas públicas para fortalecer el ecosistema familiar.

Los países que han logrado mejorar su natalidad han apostado por políticas claras y constantes. Entre las más eficaces destacan las desgravaciones fiscales por hijo y las exenciones fiscales para familias numerosas, junto con medidas de conciliación y vivienda accesible. No son privilegios: son inversiones necesarias para garantizar el futuro demográfico.

La Comunidad de Madrid ha dado pasos importantes, pero la magnitud del reto exige una política familiar ambiciosa, estable y de largo plazo. Cuidar la familia es tan estratégico como cuidar el agua o los bosques.

La auténtica ecología no se limita a conservar montes y ríos: empieza en el hogar donde una persona aprende a amar, convivir y crecer. La familia es la primera comunidad, la reserva natural de humanidad sin la cual no hay sociedad posible.

Protegerla no es una opción ideológica, sino la condición imprescindible para que nuestra tierra, y quienes la habitan, tengan un futuro.

Por ello pedimos a la Administración, a la que le corresponde situar la política familiar en el centro de la agenda, medidas valientes y sostenidas: menos carga fiscal por hijo, más apoyo directo a la crianza, verdadera conciliación, vivienda accesible y protección integral de la maternidad.

Y a la sociedad civil le toca reconocer, valorar y apoyar a quienes sostienen la vida, educan a las nuevas generaciones y mantienen el tejido humano de nuestro país.

Cada institución, empresa, medio de comunicación, asociación y ciudadano puede contribuir a hacer de España un país amigo de las familias y de la vida.

Porque sin familias fuertes, ninguna sociedad puede perdurar. Y sin ecología humana, la ecología ambiental se queda sin quien la cuide.

María Menéndez de Zubillaga es Presidenta de la Asociación de Familias Numerosas de Madrid.

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