Soy hija de una familia con nueve hermanos y este es el momento del día en el que todos estamos callados
Inés Gutiérrez Vélez, hija de una familia supernumerosa, explica el poder de la lectura en familia y la importancia del ejemplo lector de sus padres y abuelos para generar una inquietud intelectual compartida por todas las generaciones
Dos hermanos, leyendo en su casa
Soy la segunda de nueve hermanos. Ocho chicas y un solo chico. Sí, un número avasallador, o al menos eso dicen las caras de las personas que se enteran de pronto de nuestra familia numerosa especial. «Pobre chico…», dicen. Supongo que, en parte, tienen razón.
Cumplimos muchos de los estereotipos de las familias numerosas: no nos aburrimos, siempre hay ruido y charleta en casa, heredamos y compartimos ropa, cantamos a las once de la noche, tocamos instrumentos… Pobres vecinos, más bien. ¿Una casa de locos? Puede ser, pero no todo es el caos que parece, ni te sientes uno entre miles. Ni mucho menos.
Algunas veces no hay ruido, no hay instrumentos vociferantes, no hay gritos de «¡A ayudar con la compra!» o «¡Aligera en el baño!». Hay un espacio donde cada uno de nosotros encuentra un mundo interior ilimitado.
Y es que algunas veces, mi padre coge las Leyendas de Bécquer, y todos viajamos a la lúgubre Soria en la Noche de Difuntos. La voz de papá llena el salón y no se mueve ni una mosca: estamos todos atrapados por la terrible historia de Beatriz y Alonso, narrada por la romántica voz del poeta.
No algunas, sino muchas veces, también nuestra abuela nos contaba las historias de su infancia al calor de la hoguera de su casa de campo, y nos perdíamos en los mundos de los cuentos de la ninfa Ondina, del aventurero Lindopié o del fabuloso rey Pico de Loro.
En cada recoveco de nuestra familia se ha respirado el amor por la literatura. Las estanterías altísimas de casa de los abuelos llenas de libros, y el abuelo siempre sonriente y alegre, con libros en la mano o junto al sofá, eran el mejor de los recibimientos. Incluso en los momentos más intrascendentes, como cuando no queríamos comer, nuestro padre nos contaba La historia de la niña que nunca comía (descubrir que no era un bestseller, sino un original inédito fue inexplicable para mí); o cuando nos costaba comer fruta, nos pelaba las manzanas y las partía en gajos, de los cuales uno era el barco de Agamenón, otro el de Ulises y otro el de Aquiles. Espero que me concedan que nunca jamás comer un trozo de manzana fue tan apasionante. Ni tan salvaje y cruel, por otra parte.
Ver unos abuelos y unos padres lectores, que disfrutan de un placer secreto encuadernado, nos generaba una enorme sed de imitarles. Las historias maravillosas que nos contaban, envueltas en nuestros edredones, llegaban a través de palabras hipnotizantes que nos llevaban sin que nos diéramos cuenta de un sueño a otro.
Pronto, muy pronto, los libros infantiles como la célebre colección de Geronimo Stilton, quedaron atrás para las hermanas mayores. Nuestros padres nos comenzaron a proponer en su lugar libros infantiles de mayor prestigio: Las Crónicas de Narnia, Los Cinco, Ana la de Tejas Verdes… y adaptaciones de clásicos, como Las aventuras de Tom Sawyer o La vuelta al mundo en ochenta días. Así, Jane Austen, las Brönte, Galdós, Tolkien, Tolstói, Víctor Hugo, Shakespeare… no se hicieron esperar.
Especialmente, los veranos y sus tiempos muertos junto al mar propician las horas de lectura absorbente y plenificante. Las conversaciones y debates que luego surgían a partir de ellas entre hermanos y primos eran aún más apasionantes. Amor, fidelidad, traición, fortaleza, virtud, heroicidad, tragedia, sacrificio, humor… las ideas en ebullición de los libros pedían salir de nuestra cabeza en intensas conversaciones. Gracias a nuestras lecturas y reflexiones, afloraba en nosotros el anhelo de vivir para algo grande.
Llegar al colegio en septiembre siempre era un choque de realidad, sobre todo en la adolescencia. «¿Pero qué hace la gente en verano?», yo pensaba. «¿Móvil, botellones, fiestas? ¿Eso es todo para tantos?». El sentimiento de pena y decepción que se genera ante la mediocridad, en un niño que ha vivido un verano expansivo en su mente y alma, es inenarrable. Y no surgía por un ego intelectualista cocido entre letras y vueltas de página, porque a cada libro que terminaba se me había abierto una ventana a un mundo que cada vez descubría más inmenso.
La lectura despertó en nosotros el deseo de aprender, el interés por lo que aún es desconocido, era estímulo de trabajar y estudiar bien, de ir más allá de las clases, de contrastar o completar información recibida con algo previamente leído. La lectura ha favorecido además establecer amistades más afines, más sutiles, más profundas.
Muchas noches, actualmente, mis hermanas pequeñas de 5º y 1º de Primaria, con ojos brillantes, me buscan: «¿Nos cuentas un cuento?» ¡Por supuesto, allá voy! Se introducen en sus fantásticos edredones (o finitas sábanas, cuando nos atenaza el pleno calor madrileño) y… escuchan. Cada una tiene su libro de lectura personal, que hasta a veces llevan al cole, pues es un placer compartido con amigas.
Yo las miro con cariño y esperanza. Quiero que reciban el regalo que yo recibí. Escuchar a los que nos han precedido y han dejado sus ideas geniales y ricas experiencias impresas en el papel. Disfrutar pensando, imaginar y soñar, conversar sobre temas interesantes, tener pensamiento crítico, curiosidad, deseos de una vida plena y buena.
Es curioso, así apenas tengo que dar sermones de hermana mayor. Sus cabecitas ya piensan y aprenden a velocidad de vértigo: ya han entrado en esa pasión por la lectura (y ojo, lectura buena), que ven viva en hermanos, padres, abuelos y, sí, gracias al cielo, también en algunos maravillosos profesores.
- Inés Gutiérrez Vélez es becaria en el Grado en Educación Primaria y estudiante del Grado de Humanidades y Educación Primaria en la Universidad CEU-San Pablo.