El silencio que define a una generación: la reflexión de una psiquiatra ante los jóvenes de la Plaza de Lima
La doctora Lucía Torres Jiménez, psiquiatra, analiza la imagen de miles de jóvenes arrodillados en silencio durante el encuentro con el Papa; qué tipo de liderazgo ejerció con ellos León XIV; y por qué, más allá de la fe, reveló una necesidad profunda de la juventud: menos ruido, menos exhibición y el deseo de ser parte de algo que les trascienda
Varios jóvenes, durante la Vigilia de Oración presidida por León XIV en la madrileña Plaza de Lima
No hace falta compartir toda la fe de quienes estaban allí para entender la fuerza humana de la imagen. Hay líderes que absorben la mirada de los demás hasta empequeñecerlos. Necesitan que todos giren alrededor de su figura para seguir sintiéndose grandes. Convocan, sí, pero convocan hacia sí mismos. Cuanta más atención reciben, más alto se colocan; y cuanto más alto se colocan, más pequeños parecen quienes los miran.
Pero existe otra forma de liderazgo, mucho menos frecuente y mucho más difícil: la de quien acepta ocupar por un momento el centro, no para quedarse con él, sino para abrirlo.
Porque hay actos que convocan y actos que capturan. Desde fuera pueden parecerse: ambos reúnen, ambos atraen, ambos concentran la mirada. Pero por dentro pertenecen a mundos distintos. El liderazgo que captura necesita que los demás existan como confirmación de su propia altura. El liderazgo que convoca, en cambio, no usa al otro como escenario: abre un espacio en el que cada uno puede reconocerse como parte necesaria de algo mayor.
Un verdadero líder no retiene la energía que una multitud le entrega. La recibe, la ordena y la devuelve transformada. No convierte a quienes acuden a verle en una masa fascinada, sino en personas que vuelven a sentirse parte de algo más grande que ellas mismas. No utiliza la admiración para levantar un pedestal, sino para ensanchar el espacio en el que todos pueden reconocerse.
Un verdadero líder no utiliza la admiración para levantar un pedestal, sino para ensanchar el espacio en el que todos pueden reconocerse
Quizá por eso resultaba tan poderosa la imagen de miles de jóvenes arrodillados en silencio en la Castellana. No era solo la imagen de una multitud mirando al Papa. Era la imagen de una multitud que, al reunirse en torno a una figura, parecía descubrir mucho más que la figura misma.
Quizá por eso no basta con mirar la escena visible. No basta con decir: miles de jóvenes reunidos, arrodillados, en silencio. Lo decisivo es preguntarse desde dónde nace esa imagen y qué produce en quienes forman parte de ella. Porque una multitud puede ser manipulada, excitada, anulada o convocada. Puede perderse en la masa o descubrir, por un instante, una pertenencia que no borra.
Porque el liderazgo verdadero no termina en el líder. Empieza ahí, pero debe atravesarlo. Si se queda en él, se convierte en idolatría. Si pasa a través de él, puede convertirse en una experiencia de trascendencia compartida: algo que no anula a quien participa, sino que lo amplía.
Lo decisivo es preguntarse desde dónde nace esa imagen y qué produce en quienes forman parte de ella. Porque una multitud puede ser manipulada, excitada, anulada o convocada
Hay algo profundamente distinto entre una multitud excitada por un ídolo y una multitud convocada a un silencio común. En la primera, cada uno desaparece en la masa. En la segunda, cada uno mantiene su esencia, pero descubre que junto a otros puede ser mucho más que uno.
La idolatría captura. Reduce al ser humano: lo coloca abajo, mirando hacia arriba, fascinado por una grandeza ajena. El verdadero encuentro, en cambio, convoca. No le quita su lugar a nadie; le revela que su lugar es esencial para formar parte de algo mayor.
Quizá la metáfora más cercana sea la del prisma. Un prisma no borra los colores ni los funde en una sustancia indistinta. Los recibe, los atraviesa y permite que aparezcan posibilidades que antes no se veían. La luz no desaparece al pasar por él; se despliega. Se multiplica. Revela matices que permanecían ocultos mientras avanzaba en una sola dirección.
Tal vez eso fue lo que ocurrió durante esos minutos de silencio: que una figura situada en el centro no absorbió la esencia de quienes estaban allí, sino que permitió que cada historia, cada duda, cada herida y cada forma de creer o de buscar se ordenara alrededor de algo común. Jóvenes muy distintos dejaron de ser individuos aislados en medio del ruido y formaron parte, durante un instante, de algo más grande.
Y en tiempos de tanto ruido, eso resulta casi incomprensible.
La cultura digital nos enseña a responder antes de comprender, a opinar antes de escuchar, a mostrarnos antes de saber quiénes somos. El ruido constante promete pertenencia, pero muchas veces produce aislamiento. Nos conecta con miles y, al mismo tiempo, nos deja solos ante una pantalla, obligados a sostener una identidad que nunca descansa.
El silencio compartido hace lo contrario. No exige una actuación. No premia al más brillante. No pregunta quién destaca. Suspende por un momento la competición narcisista y permite una experiencia rara: estar con otros sin tener que imponerse a ellos.
Por eso la imagen de esos jóvenes arrodillados no debería leerse solo en clave religiosa, aunque para muchos lo fuera de manera central. También puede leerse como un síntoma luminoso de algo que seguimos necesitando: ritos, símbolos y comunidad. Espacios donde el ser humano pueda salir de la tiranía de sí mismo y formar parte de algo que le ordena sin borrarlo.
Quizá una sociedad sana no es aquella que elimina todos los silencios, sino aquella que todavía sabe para qué sirven.
El silencio no resuelve por sí solo los problemas de una generación. No elimina la incertidumbre, la ansiedad, la precariedad, la soledad ni la presión de vivir bajo mirada constante. Pero introduce una experiencia que todo joven necesita: la de descubrir que no todo depende de su rendimiento, de su atractivo, de su éxito o de su capacidad de hacerse visible.
Durante esos minutos, nadie tenía que destacar.
Y, sin embargo, la imagen entera destacó.
Nos recuerda una verdad sencilla y enorme: que uno solo no llega a todo. Que la grandeza humana no consiste en elevarse a costa de la esencia de los otros, sino en mezclarse sin desaparecer; en sumar sin absorber, en descubrir que, cuando el encuentro es verdadero, lo común no nos reduce: nos amplía.
El verdadero líder no es quien conserva el pedestal. Es quien consigue que, durante un instante, el pedestal se convierta en prisma.
Lucía Torres Jiménez es psiquiatra, psicoterapeuta experta en terapia juvenil y directora médica del centro de Psiquiatría y Psicoterapia Tranquilamente.