La falta de rutina afecta negativamente al desarrollo emocional de los niños
Sin horarios ni colegio, así afecta a los niños el desorden de las vacaciones, según un estudio de Harvard
Un estudio de Harvard advierte de que la falta de estabilidad en las rutinas puede afectar, no sólo al aprendizaje durante el curso, sino también a la conducta y al bienestar infantil en vacaciones.
El último día de colegio llega en menos de 48 horas, con alegría para los niños y una revolución para muchas familias. Y no sólo por las dificultades para conciliar, sino porque las rutinas que con tanto esfuerzo se han establecido durante el curso tardan un suspiro en saltar por los aires: desaparece el despertador, se retrasan las cenas, cambian las horas de sueño y cada jornada empieza a organizarse sobre la marcha.
Esa flexibilidad forma parte de las vacaciones. Pero un estudio publicado por el Center on the Developing Child de la Universidad de Harvard recuerda que los niños necesitan entornos estables y previsibles para desarrollarse bien... incluso en vacaciones.
La investigación, titulada From Resources to Routines: The Importance of Stability in the Developmental Environment, explica que el cerebro infantil se adapta a los patrones que encuentra. Cuando son constantes, el niño puede anticipar lo que ocurrirá y sentirse seguro.
El cerebro aprende de lo que se repite
El paper de Harvard distingue entre estabilidad y previsibilidad. La primera se refiere a contar con relaciones, recursos y apoyos constantes. La segunda permite que el niño espere experiencias diarias como la hora de dormir, las comidas o la respuesta de sus padres.
Desde los primeros meses, esas repeticiones ayudan a organizar los ritmos biológicos y a construir circuitos relacionados con el lenguaje, el aprendizaje y la regulación emocional. Las interacciones constantes con adultos atentos también sostienen el desarrollo saludable.
El informe señala que los horarios previsibles de sueño, siestas y comidas tienen especial importancia. Dormir bien influye en la salud, la memoria, la conducta y el desarrollo socioemocional. Y los niños pequeños que duermen siestas con regularidad recuerdan más palabras nuevas y muestran una mejor memoria emocional.
Cuando todo cambia cada día
Obviamente, no pasa nada porque unas noches se acuesten más tarde o porque una excursión altere la comida. El problema aparece cuando el verano se convierte durante tres meses en horarios cambiantes, pantallas sin límite y ausencia de referencias.
Porque según Harvard, los entornos muy imprevisibles pueden activar con mayor frecuencia la respuesta de estrés. En el caso de los bebés, esa imprevisibilidad puede interpretarse como una señal de inseguridad y provocar la liberación de cortisol.
Si la situación se prolonga conforme van creciendo, sin el apoyo estable de adultos atentos, puede afectar al aprendizaje, la conducta y la salud. Y puede dificultar el control de las emociones, no sólo al largo plazo, sino también en el corto. O sea, más irritabilidad durante las vacaciones.
Novedad y «rutinas ancla»
Mantener cierto orden no significa reproducir en julio el horario escolar. Las vacaciones deben incluir descanso, juego espontáneo, viajes y experiencias nuevas. De hecho, el documento de Harvard subraya que una «dosis manejable de novedad favorece la curiosidad y la adquisición de habilidades».
La clave está en conservar algunas «rutinas ancla». Por ejemplo, la hora de levantarse puede ser más flexible, pero conviene que no cambie cada día. También ayuda mantener cierta regularidad en las comidas y preservar un ritual nocturno: baño, cuento, conversación y cama.
Anticipar los planes también reduce los conflictos: a los pequeños se les puede explicar qué ocurrirá después de comer o cuándo se volverá a casa; y con los mayores puede funcionar un calendario visible con salidas, tareas domésticas, lectura y amigos.
El riesgo de las pantallas
El verano deja más horas vacías y aumenta el riesgo de que el móvil, la televisión o los videojuegos se conviertan en la actividad por defecto. Los límites funcionan mejor cuando forman parte de una rutina y no de una discusión cada tarde.
No se trata de vigilar cada minuto, para mayor estrés aún de los padres, sino de ofrecer una base firme de rutinas. Porque, como recuerda el estudio de Harvard –y sabían bien las madres de los años 80 y 90– las vacaciones pueden romper el horario escolar, pero no deberían borrar aquello que mantiene al niño en un equilibrio emocional saludable: sueño suficiente, comidas compartidas, presencia adulta y la seguridad de saber qué ocurrirá después.