Estas son las señales de que un niño ya tiene autonomía en el agua
Que tu hijo se divierta no significa que sepa nadar: las señales para valorar su autonomía en el agua
La demanda de clases de natación aumenta un 63 % en verano, pero la profesora de natación Konstantina Kitea explica cómo distinguir entre diversión y autonomía real en el agua
En pleno mes de julio, con piscinas, playas y campamentos ya en marcha, muchas familias se hacen una pregunta sobre la seguridad de sus hijos: ¿mi hijo sabe realmente desenvolverse en el agua o simplemente se divierte en ella? Y la diferencia no es menor.
Chapotear, bucear o moverse con ayuda de unos manguitos o de un rulo de gomaespuma puede dar una falsa sensación de seguridad, y sin embargo, no significa necesariamente que un niño sea de verdad autónomo en la piscina o en el mar, ni que pueda estar sin vigilancia.
Según datos de la plataforma TusClasesParticulares, la demanda de clases personalizadas de natación aumenta un 63 % durante los meses de verano respecto al resto del año. Un comportamiento que, según indican desde la plataforma, apunta a una pauta habitual entre las familias: la búsqueda de profesor que se activa cuando la piscina, la playa o los campamentos ya forman parte del día a día de los niños.
Sin embargo, más allá de aprender una técnica concreta, los profesores de natación recuerdan que la seguridad infantil en el agua tiene mucho que ver con la confianza del propio niño, su capacidad de orientación, la calma y la disposición de seguir instrucciones.
Comodidad no es igual que seguridad
«Es muy importante que el niño, desde las primeras clases, esté a gusto con su profesor, confíe en él y que tengan una buena comunicación. Eso es clave para calcular el tiempo que necesita un alumno para soltarse en el agua, porque cada niño es diferente: tiene sus propias vivencias, ejemplos, miedos y carácter», explica para El Debate Konstantina Kitea, profesora de natación en TusClasesParticulares.
Como señala Kitea, que es graduada en Ciencias de la Actividad Física y del Deporte en Grecia y Máster de Formación del Profesorado por la Universidad Complutense de Madrid, uno de los errores más habituales en verano es «confundir comodidad con seguridad».
Es decir, que un niño puede disfrutar jugando en la piscina, saltando al agua o buceando para coger objetos, pero eso no supone que realmente esté preparado para desenvolverse solo en el medio acuático.
Para Kitea, la clave está en observar cómo reacciona en el agua, no solo si se lo pasa bien. «Tenemos que asegurarnos de que el niño no se agobia cuando está en un punto donde no hace pie, y que puede coger las posiciones prono (boca abajo) y supino (boca arriba) con facilidad. Hasta la expresión en su cara puede mostrar si de verdad se siente seguro», señala.
¿Cuál es la edad recomendada?
Sobre la edad adecuada para aprender a nadar, Kitea recomienda familiarizar a los niños con el agua lo antes posible, siempre de forma adaptada a su desarrollo. En menores de tres años, las clases dirigidas con la presencia del padre o la madre pueden ser una buena forma de introducir el agua como un entorno más de aprendizaje.
«El agua es un entorno más de los que desconocen los peques, como caminar o hablar, así que cuanto antes, mejor», señala.
Aun así, la clave no está en esperar resultados inmediatos, sino en respetar los tiempos de cada niño. La frecuencia de las clases, la confianza con el profesor, las experiencias previas y el carácter del menor influyen en el proceso. Por eso, más que preguntarse cuántas clases necesita un niño para «soltarse», las familias deberían observar cómo evoluciona su seguridad real dentro del agua.
Transmitir respeto, no miedo
¿Y cómo pueden los padres acompañar a los niños en el agua sin transmitir miedo, pero sí respeto?
Según Kitea, los padres pueden ayudar mucho si acompañan desde la calma y convierten el agua en un entorno familiar, sin transmitir miedo ni presión. Pasar tiempo juntos en la piscina, jugar con ellos y enseñarles gestos sencillos, como acercarse al bordillo, agarrarse y esperar al adulto, puede ayudarles a ganar confianza.
Además, también conviene evitar algunas conductas que pueden dificultar el aprendizaje, como gritar instrucciones desde fuera, corregir al niño mientras está con el profesor o mostrar angustia si traga agua.
Y si el pequeño se asusta o traga agua, la recomendación es responder con calma, sonreír y transmitir seguridad, en lugar de reforzar el miedo. Por eso, los juegos también pueden ser útiles, siempre que se adapten al ritmo del menor y no le obliguen a hacer algo para lo que aún no está preparado.
En un verano marcado por piscinas, playas y actividades al aire libre, aprender a nadar se convierte en algo más que una actividad deportiva: es una forma de ayudar a los niños a ganar autonomía, confianza y seguridad, siempre con una idea clara: ningún aprendizaje sustituye la vigilancia atenta de un adulto.
Seis preguntas para saber si un niño tiene autonomía en la piscina:
- ¿Se queda tranquilo si no hace pie? Una de las claves es observar si se bloquea o si consigue mantener la calma cuando llega a una zona en la que no toca el fondo.
- ¿Sabe buscar un punto de apoyo? No se trata solo de moverse, sino de saber orientarse y acercarse al bordillo o a la pared para agarrarse.
- ¿Puede cambiar de postura sin agobiarse? Colocarse boca abajo y boca arriba con facilidad ayuda a comprobar si empieza a controlar su cuerpo en el agua.
- ¿Sigue las instrucciones del adulto? La confianza con el profesor o con el adulto que le acompaña es fundamental. Si recibe demasiadas indicaciones a la vez, puede ponerse nervioso o perder concentración.
- ¿Su cara transmite tranquilidad? La expresión del niño también da pistas. No es lo mismo jugar con calma que hacerlo con tensión, miedo o angustia.
- ¿Disfruta, pero sigue bajo vigilancia? Que un niño bucee, salte o se divierta no significa que pueda estar solo. La diversión no debe confundirse con autonomía real.