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Una madre juega junto a su hija

Una madre juega junto a su hijaGetty Images/iStockphoto

La familia en una frase

Angela Schwindt: «Intentamos enseñar a los hijos todo sobre la vida, pero ellos nos enseñan qué es la vida»

Los hijos no sólo aprenden de sus padres: también les ayudan a ir descubriendo qué es lo que importa de verdad en la vida, como explica la multicitada Angela Schwindt, una madre promotora del homeschooling

Es ley de vida: cualquier padre o madre, antes de que su hijo nazca, cree que tendrá que enseñar a su hijo a caminar, hablar, comer, saludar, obedecer, estudiar y defenderse en la vida. Y es verdad. La paternidad exige una larguísima lista de lecciones pequeñas, repetidas casi siempre sin aplauso social y en el anonimato de la propia casa: «recoge los juguetes», «ponte el abrigo», «pide perdón», «termina lo que empiezas», «mira antes de cruzar»...

Pero, mientras todo eso ocurre, sucede algo menos previsto: el adulto empieza a ser, de algún modo, educado por su propio hijo. Y sin que haya cursado masters de ningún tipo, aprende a esperar, a mirar despacio, a renunciar a planes, a descubrir que una tarde cualquiera puede valer más que una agenda impecable, y que muchas preocupaciones tenidas por importantes no resisten la pregunta sencilla de un hijo.

Una de las grandes promotoras estadounidenses del homeschooling Angela Schwindt lo resume con acierto en una frase que se ha convertido ya en un clásico viral en los portales de educación: «Mientras nosotros intentamos enseñar a nuestros hijos todo acerca de la vida, nuestros hijos nos enseñan qué es la vida y de qué trata».

Una escuela inesperada

Schwindt explica que, al nacer un hijo, muchos adultos descubren una versión de sí mismos que desconocían. Así, mientras algunos se creían pacientes descubren su impaciencia, otros que se consideraban generosos comprueban cuánto les cuesta entregar tiempo, descanso y comodidad; pero también aparecen ternuras dormidas, fuerzas imprevistas y una capacidad nueva de proteger una vida que, no siendo la propia, se percibe (se sabe) más importante y trascendental que uno mismo.

Así, esta madre de Oregón apunta cómo el niño no enseña al adulto mediante discursos, sino, en una paradoja fascinante, mediante la propia vulnerabilidad: es su fragilidad la que obliga al adulto a salir de sí mismo, y es su dependencia la que revela que la inmensa grandeza de una vida humana no se mide por la eficacia de sus acciones, sino más bien por el amor que despierta y acoge.

El asombro del niño rescata a los padres de la costumbre de su egoísmo, y su simple presencia eleva el alma a la trascendencia de la vida.

A Schwindt se le han atribuido multitud de citas similares, aunque la única que realmente se publicó con su nombre en Reader’s Digest en 1997 es la que nos ocupa.

Con todo, la mayoría de ellas, que habrían sido expuestas en retiros matrimoniales y dadas por auténticas por el prestigioso Instituto Gottman, indican cómo amar no se acompasa con controlar. Porque aunque educar desde el amor es inseparable de la labor de orientar, corregir y poner límites, también exige aceptar que cada hijo posee un temperamento, unos ritmos y una vocación que no pueden ser constreñidos a gusto del adulto.

Un cambio de mirada

La cultura contemporánea insiste a los jóvenes y a los adultos en la importancia de trazar y ejecutar proyectos de desarrollo personal. Los hijos, sin embargo, introducen una lógica distinta: no son un proyecto que se posee, sino una vida recibida que cambia a quienes la acogen, y los saca de la cárcel de sus propios egoísmos.

La paternidad, sintetiza Schwindt, es una escuela de humildad, sí, pero que enseña mejor a quien acepta ser enseñado. Porque los hijos necesitan padres que les expliquen el mundo, pero también padres capaces de dejarse sorprender por la vida que ese hijo ha traído consigo.

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