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Catherine L'Ecuyer, en su entrevista con El Debate

Catherine L'Ecuyer, en una entrevista con El DebatePaula Argüelles

La familia en una frase

Catherine L’Ecuyer: «La capacidad de asombro es la 'estimulación temprana' que el niño lleva de serie»

La divulgadora educativa Catherine L’Ecuyer desmonta la obsesión por estimular artificialmente a los niños y propone proteger su asombro natural ante la realidad

Un niño pequeño no necesita que nadie le enseñe a mirar una hormiga, perseguir una pompa de jabón o quedarse fascinado ante una hoja que cae. Tampoco hace falta prometerle una recompensa para que meta las manos en la arena de la playa, para que pregunte por qué llueve si estamos en verano, o para que se acerque a una chimenea o a las brasas de una barbacoa con una mezcla de curiosidad, atracción y temor.

¿Y por qué? Porque, como explica la divulgadora educativa Catherine L’Ecuyer, «la capacidad de asombro del niño es la 'estimulación temprana natural' que el niño lleva dentro 'de serie'».

La autora de obras de referencia como Educar en el asombro explica, en un artículo publicado en su web, que es esa fascinación natural la que lleva al niño a descubrir el mundo que le rodea y a motivarse por sí mismo.

Una idea que contradice una ansiedad muy extendida entre padres y educadores: si no estimulamos al niño cuanto antes, se quedará atrás. Si no le ponemos vídeos, fichas, idiomas, aplicaciones, luces, sonidos y actividades casi desde la cuna, desaprovecharemos una supuesta ventana irrepetible de desarrollo... o nos darán más guerra e impedirán que los adultos puedan ocuparse de sus cosas (o descansar).

Una madre contra la sobreestimulación

Pero, ¿quién es Catherine L’Ecuyer? Nacida en Canadá y residente desde hace años en España, es madre de cuatro hijos y autora de los best-sellers Educar en el asombro y Educar en la realidad. Es, además, colaboradora del grupo de investigación Mente-Cerebro del Instituto Cultura y Sociedad de la Universidad de Navarra, y su pedagogía del asombro fue presentada en Frontiers in Human Neuroscience como una propuesta de aprendizaje basada en la apertura natural del niño a la realidad.

De hecho, su obra nace precisamente como respuesta a una infancia cada vez más programada, de la que fue testigo al convertirse en madre. Ese gran interrogante que muchos otros padres se cuestionan hoy: cómo es posible educar en un mundo frenético e hiperexigente, donde se programa a los niños con actividades que los apartan del juego libre, la naturaleza, el silencio y la belleza.

El mito de fabricar genios desde la cuna

Pero L’Ecuyer no defiende, tampoco, la pasividad educativa de algunas corrientes pedagógicas posmodernas, que terminan por dejar al niño abandonado a sí mismo.

Al contrario: la autora reclama a los adultos que sean «mediadores» entre el niño y la realidad, y que preparen un entorno rico, tranquilo y bello, capaz de proteger aquello que el exceso de estímulos puede apagar.

Y habla con datos, no con puras elucubraciones. Por ejemplo, cuando denuncia cómo durante años, productos como Baby Einstein vendieron a millones de padres una promesa seductora: convertir la exposición temprana a vídeos, música, imágenes y estímulos en una especie de «inversión cognitiva». Porque si el cerebro infantil crece deprisa, estimulémoslo cuanto antes, y cuanto más, mejor, planteaba esta marca que, a la postre, tuvo que devolver millones en indemnizaciones, cuando se demostró que sus promesas eran falaces.

De Baby Einstein a la tablet en el cole

Desde hace una década, L’Ecuyer ha denunciado ese tipo de neuromitos. En sus textos sobre educación infantil y nuevas tecnologías, por ejemplo, incluye expresamente Baby Einstein entre los ejemplos de modas que los adultos importan con rapidez, como si fueran avances educativos indiscutibles. También fue una de las primeras voces en criticar el uso de las tablets en las escuelas.

Ya en 2019, lanzaba una de sus advertencias más claras, recogidas por la Universidad de Navarra: «Hoy por hoy, no hay estudios que establezcan un beneficio claro de la tecnología en relación con el aprendizaje en la primera infancia». Y denunciaba los mitos sobre las supuestas bondades de la tecnología en los más pequeños.

La sobreestimulación apaga el asombro

El problema de la sobreestimulación, expone la autora, no es solo que canse al niño. Es que puede sustituir su deseo interior de conocer por una dependencia de impactos externos. El niño deja de descubrir y empieza a consumir. Deja de mirar y empieza a esperar que algo le entretenga.

El asombro, en cambio, nace de la realidad. De una piedra, un insecto, un cuento leído despacio, una conversación con mamá, una tarde sin pantallas, una pregunta sin respuesta inmediata. De ahí que educar en el asombro exija a menudo hacer menos, no más: menos ruido, menos prisa, menos pantallas y menos obsesión por adelantar etapas que llegan solas, quemando etapas que ya no volverán.

Aun así, la gran intuición de L’Ecuyer es que el niño no viene al mundo de «vacío». Al contrario, nace «de serie» con una apertura natural a lo bueno, lo verdadero y lo bello.

Y por eso, la educación (especialmente en el ámbito de la familia) consiste en custodiar y acompañar esa apertura, no en sepultarla bajo estímulos prefabricados.

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