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Iñigo Peralta*

Cómo evitar llegar a la jubilación sin poder pagar tu casa: las decisiones que hay que tomar décadas antes

El caso de Maricarmen ha puesto el foco en el drama de perder la vivienda a una edad avanzada, pero también abre una pregunta para las familias más jóvenes: ¿Qué podemos hacer hoy para evitar encontrarnos dentro de 20 o 30 años con una pensión que no permita afrontar el coste de la vivienda?

Íñigo Peralta explica las cuatro claves que más impactan en el presupuesto familiar en verano

Íñigo Peralta explica las claves que más impactan en la planificación del futuro familiarGetty Images / iStock

El desahucio de Maricarmen, a sus 87 años, ha provocado una enorme conmoción. Más allá de las circunstancias concretas de su caso, su historia pone encima de la mesa una realidad que afecta a miles de familias: llegar a la jubilación con unos ingresos que ya no permiten asumir el coste de la vivienda.

Y plantea otra pregunta quizá menos inmediata, pero importante para quienes todavía están a tiempo de tomar decisiones: ¿podemos hacer algo a los 30, 40 o 50 años para evitar encontrarnos en una situación semejante cuando tengamos 70 u 80?

La respuesta pasa, en buena medida, por algo tan poco atractivo como hacer números con mucha antelación.

La vivienda, el gran gasto de la jubilación

La primera cuestión es evidente: la vivienda. Cuando llega la jubilación y los ingresos disminuyen, continuar pagando una renta elevada puede desequilibrar por completo la economía doméstica.

Como referencia habitual, se considera que el coste de la vivienda no debería superar aproximadamente el 30-35 % de los ingresos. Cuando una persona jubilada tiene que destinar la mitad, dos tercios o incluso prácticamente toda su pensión al alquiler, cualquier imprevisto puede convertirse en un problema serio.

De ahí que llegar a la jubilación con una vivienda en propiedad y ya pagada proporcione una protección económica considerable. No significa que comprar sea siempre la opción adecuada ni que todas las familias puedan hacerlo, pero sí que quien prevé continuar viviendo de alquiler durante la jubilación necesita tener en cuenta que deberá disponer de un colchón económico mayor.

Para quienes contemplen la compra, además, no basta con pensar en la hipoteca. Antes hay que reunir normalmente alrededor de un 20% del precio de la vivienda para la entrada y aproximadamente otro 10-12 % para afrontar impuestos y gastos asociados a la operación.

Y quienes opten por el alquiler deberían conocer exactamente qué han firmado: duración del contrato, prórrogas, consecuencias de una eventual venta de la vivienda, derechos de adquisición preferente o posibilidades de subrogación. El contrato que hoy parece un simple papel puede convertirse décadas después en una cuestión determinante.

Antes de invertir, tener un colchón

La segunda barrera de protección es mucho más sencilla: un fondo de emergencia.

Los expertos suelen recomendar disponer de entre tres y seis meses de gastos fijos familiares en dinero fácilmente accesible. No se trata de buscar rentabilidad con ese capital, sino de poder utilizarlo inmediatamente si aparece un problema.

Una pérdida de empleo, una mudanza inesperada, una subida importante del alquiler o incluso unos gastos legales pueden obligar a una familia sin ahorros a recurrir al crédito. Tener ese colchón permite ganar algo especialmente valioso cuando llegan las dificultades: tiempo.

El problema es que ahorrar lo que sobra a final de mes suele traducirse, demasiadas veces, en no ahorrar nada. Una alternativa es invertir el proceso: apartar una cantidad en cuanto se cobra la nómina y organizar los gastos con el dinero restante.

El método 50/30/20

El conocido método 50/30/20 puede servir como orientación: aproximadamente un 50 % de los ingresos para necesidades básicas, un 30 % para gastos personales y un 20 % para ahorro e inversión. No es una fórmula rígida –resulta difícil aplicarla en hogares con rentas bajas o alquileres muy elevados–, pero obliga al menos a introducir el ahorro dentro del presupuesto familiar como un gasto más.

Revisar periódicamente seguros, suministros, telefonía o suscripciones también permite detectar pequeñas cantidades que, acumuladas durante años, dejan de ser tan pequeñas.

El tiempo vale más que las grandes cantidades

Aquí aparece uno de los factores más importantes y, paradójicamente, menos visibles: el tiempo.

No es necesario disponer de una gran fortuna para construir cierto patrimonio si se empieza pronto. El interés compuesto hace que los rendimientos obtenidos por el ahorro generen a su vez nuevos rendimientos.

Un ejemplo puramente hipotético permite entenderlo. Con una rentabilidad media del 5 % anual –que en ningún caso está garantizada–, una persona que invirtiera 150 euros al mes durante 30 años habría aportado de su bolsillo 54.000 euros, pero podría alcanzar aproximadamente 125.000.

Con 300 euros mensuales durante esos mismos 30 años, los 108.000 euros aportados podrían convertirse en unos 250.000.

La clave no está únicamente en cuánto se ahorra, sino durante cuánto tiempo.

Dejar todo el dinero parado tampoco está exento de riesgo: la inflación va reduciendo progresivamente su poder adquisitivo. Entre las alternativas utilizadas para el ahorro a largo plazo se encuentran los fondos de inversión diversificados y de bajo coste, los planes de pensiones y, para perfiles más conservadores, los depósitos, las Letras del Tesoro o las cuentas remuneradas.

Sea cual sea la opción elegida, existen algunas reglas básicas: diversificar, vigilar las comisiones, no invertir dinero que pueda necesitarse a corto plazo y desconfiar de las promesas de grandes rentabilidades con poco o ningún riesgo.

¿Cuánto voy a cobrar cuando me jubile?

Otra costumbre poco extendida es calcular con tiempo qué ingresos tendremos cuando dejemos de trabajar.

La Seguridad Social dispone de herramientas que permiten estimar la futura pensión. Conocer esa cantidad a los 40 o 50 años permite compararla con los gastos previsibles y hacerse una pregunta sencilla: ¿podría vivir con ese dinero manteniendo aproximadamente mi actual nivel de gastos?

Si la respuesta es negativa, la diferencia tendrá que cubrirse mediante ahorro o patrimonio propio.

También existen instrumentos específicos para complementar la jubilación, como los planes de pensiones, aunque antes de contratarlos conviene conocer sus límites de aportación, ventajas fiscales, comisiones y la tributación que se aplicará cuando llegue el momento de recuperar el dinero.

Para quienes alcancen la vejez siendo propietarios de una vivienda pero dispongan de pocos ingresos existen, además, fórmulas como la hipoteca inversa o la venta de la nuda propiedad, que permiten obtener liquidez conservando determinadas posibilidades de uso de la vivienda. Son operaciones complejas que deberían realizarse siempre con asesoramiento independiente.

No esperar a que el problema llegue al juzgado

La prevención económica tiene también una vertiente legal. Una de las recomendaciones más importantes ante un conflicto relacionado con la vivienda es pedir asesoramiento en cuanto aparece el problema y no cuando el procedimiento está ya avanzado.

Una comunicación del propietario, una modificación importante de las condiciones o una subida que no entendemos deberían consultarse cuanto antes.

También es importante mantener actualizada la documentación que puede dar acceso a determinadas ayudas: reconocimiento de discapacidad o dependencia, informes de vulnerabilidad, empadronamiento y cualquier otro trámite administrativo necesario.

Los servicios sociales municipales, las ayudas autonómicas al alquiler o el bono social para determinados suministros pueden convertirse en una red de seguridad, pero para acceder a ellos hay que conocer su existencia y cumplir los requisitos administrativos.

Hablar de dinero también es cuidar a la familia

Existe, finalmente, una cuestión que trasciende las cuentas bancarias. La planificación de la vejez es también familiar.

Tener un seguro de vida cuando existen una hipoteca o personas económicamente dependientes, mantener una protección adecuada de la vivienda, hacer testamento y hablar con los hijos sobre cómo queremos organizar nuestros últimos años son decisiones que muchas familias posponen porque resultan incómodas.

Sin embargo, no hacerlo no evita los problemas; simplemente hace que otros tengan que resolverlos más adelante.

Y quizá ahí esté una de las lecciones más útiles que puede extraerse de historias como la de Maricarmen. La vulnerabilidad económica rara vez aparece de un día para otro. Muchas veces se construye lentamente, durante décadas, mientras pensamos que todavía queda mucho tiempo.

Precisamente por eso, la educación financiera no debería comenzar cuando nos acercamos a la jubilación. Ahorrar, entender un contrato, conocer cuánto cuesta realmente una vivienda, diferenciar ahorro de inversión o saber qué significa endeudarse son conocimientos que pueden enseñarse desde que los hijos son pequeños.

Porque preparar económicamente la vejez no consiste en adivinar qué nos ocurrirá dentro de treinta años. Consiste en procurar que, ocurra lo que ocurra, tengamos más de una salida.

  • Iñigo Peralta es experto en ahorro y CEO de Yopagomenos
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