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El "divorcio del sueño" tiene impacto en la salud y en la estabilidad del matrimonio, alerta Alfredo Rodríguez-Muñoz

El «divorcio del sueño» tiene impacto en la salud y en la estabilidad del matrimonio, alerta Alfredo Rodríguez-MuñozGetty Images / iStockphoto

¿Dormir juntos o en camas separadas? Pros y contras del «divorcio del sueño» que gana terreno en España

Cada vez más parejas optan por descansar en camas o habitaciones separadas, aunque como alerta Alfredo Rodríguez-Muñoz, psicólogo y autor de Dormir para vivir, el factor emocional también influye en el descanso.

El arte del buen dormir no ha sido siempre como lo conocemos. Aunque pueda parecernos hoy impensable, durante siglos, tanto en España como en Europa y Oriente era de lo más común que los miembros de una misma familia compartiesen habitación y lecho. Lecho al que –ojo con esto– podía sumarse, si la ocasión lo requería, cualquier otro familiar, amigo, vecino o incluso desconocidos de paso. Célebre es la anécdota según la cuál Ricardo Corazón de León compartió cama con Felipe II de Francia tras sellar con él una alianza, por ejemplo.

El correr de los tiempos fue eliminando esas presencias ajenas bajo las sábanas. Sin embargo, el alto coste de las camas particulares con colchones (incluso de las pobres yacijas) y los problemas de salubridad que acarreaban hacía muy frecuente que dentro de un mismo hogar, cada uno de los cónyuges tuviesen su propio (y pequeño) catre.

En el caso de las familias más acomodadas, incluso, no era en absoluto infrecuente que los esposos durmieran en dormitorios separados, eso sí, comunicados por una puerta que evitase tener que salir al pasillo cuando uno de los dos quería algo más que dormir.

Con la expansión de la economía burguesa y el desarrollo industrial, y principalmente a partir del siglo XIX, la cama de matrimonio pasó a convertirse en el símbolo de la unión conyugal que sostenía a toda la familia. Incluso el refranero empezó a incorporar aquello de «dos que duermen en el mismo colchón...».

Y así, la cama king-size se ha convertido incluso en un símbolo de estatus y comodidad... Hasta ahora.

El «divorcio del sueño»

Porque una de las últimas tendencias que gana terreno en cada vez más hogares es el llamado «divorcio del sueño». O sea, que como ya hacían muchos de nuestros abuelos, las parejas jóvenes y de mediana edad están empezando a apostar por dormir en el mismo cuarto con colchones diferentes, o incluso en habitaciones separadas.

El catedrático de Psicología Alfredo Rodríguez-Muñoz, experto en el impacto del sueño en la salud, aborda esta cuestión en su reciente libro Dormir para vivir: La ciencia del descanso en la era del cansancio (Kailas editorial).

Porque, si bien los ronquidos, los movimientos, las diferencias de temperatura o los horarios incompatibles pueden convertir la noche esponsal en una sucesión de interrupciones, compartir edredón también ofrece una cercanía, seguridad y espacio de intimidad que llegan a afectar a la estabilidad mental.

Y en este punto, Rodríguez-Muñoz recoge una «paradoja clínica»: los registros muestran que dormir acompañado suele implicar un sueño más ligero y más despertares, pero, a la vez, muchas personas aseguran descansar mejor junto a su pareja. Por eso, este experto en sueño y descanso plantea los pros y los contras de esta tendencia en auge, según las necesidades de cada matrimonio.

Compartir cama: buena compañía, pero más interrupciones

La distribución del dormitorio no tiene por qué ser un predictor de la estabilidad conyugal. Sin embargo, el autor reconoce los beneficios de dormir juntos.

Y la principal ventaja radica en su dimensión emocional: la presencia del cónyuge suele proporcionar seguridad, amortigua la ansiedad y favorecer la cercanía.

Para muchas parejas, acostarse juntos (e incluso a la vez) permite recuperar un momento de encuentro y exclusividad después de una jornada llena de obligaciones.

Ahora bien: «Esa armonía fisiológica –apunta– no siempre se traduce en noches perfectas». Y sigue: "Por supuesto, el amor no siempre duerme bien. El llamado paradigma de la cama compartida es una ironía científica: los registros objetivos muestran más despertares y micromovimientos cuando se duerme acompañado, pero la mayoría de las personas afirma dormir mejor así. La seguridad subjetiva pesa más que la eficiencia del sueño. Es el mismo principio que explica por qué un niño duerme más tranquilo si siente una mano sobre el hombro, aunque el monitor de sueño diga lo contrario. El descanso no depende solo del silencio, sino del significado».

Los inconvenientes de dormir juntos aparecen cuando los movimientos, los ronquidos o las diferencias de horarios se vuelven persistentes. También pueden influir los cronotipos, es decir, cuando uno tiene sueño temprano y el otro alcanza su mayor actividad cuando su cónyuge necesita apagar la luz.

Dormir separados: mejor descanso, pero ojo a la distancia

El llamado «divorcio del sueño» busca reducir esas interferencias mediante camas o habitaciones separadas. Su posible ventaja es concreta y hasta medible: menos interrupciones y mayor libertad para adaptar horarios, temperatura y entorno.

Rodríguez-Muñoz señala que «en algunos casos, dormir en habitaciones distintas mejora el humor, la atención y la calidad del tiempo compartido». Y añade un criterio para valorar la decisión de pasar de la cama de 1'80 a dos de 90: «Lo saludable es lo que permite que ambos descansen».

Porque, si compartir cama proporciona consuelo y cercanía, separarse puede suponer renunciar a esa experiencia que ambos valoran. Y de ahí, indica el experto, que sea necesario hablar de qué necesita cada uno, y cómo conservar los momentos de intimidad en caso de que cambie la organización nocturna.

Un punto intermedio: el método escandinavo

Ahora bien, si ahora que se acerca el cambio de armario, usted está pensando que los abrazos a media noche no le compensan las discusiones que provocan los problemas de temperatura, sepa que existen alternativas intermedias.

El libro de Rodríguez-Muñoz describe con particular mención el «método escandinavo»: compartir cama, pero utilizando mantas o edredones individuales.

Así, cada cónyuge puede ajustar el abrigo que necesita, y reducir las molestias de los movimientos.

La decisión final, insiste el experto, depende de cada pareja y no hay recetas infalibles. Es la pareja la que debe ponderar cuánto pesan las interrupciones nocturnas, cuánto aporta la compañía, y de qué otros modos se puede salvar esa distancia para que la unión del matrimonio no se resienta.

Ninguna opción, concluye el autor de Dormir para vivir, garantiza por sí sola una convivencia mejor: el acuerdo necesita atender al descanso de ambos y también a lo que significa para el matrimonio el hecho de compartir la noche. Lo importante es que el sueño de un buen matrimonio no acabe truncado en pesadilla a causa del mal dormir.

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