Qué es la «epigenética educativa» o por qué los niños no aprenden lo mismo, si escuchan al mismo profesor
La capacidad de un niño no basta para determinar hasta dónde puede llegar: familia, profesores, compañeros y oportunidades influyen también en su aprendizaje. Pero, ¿hasta qué punto influyen las condiciones que rodean a un estudiante en aquello que puede llegar a aprender?
La «epigenética educativa» es una analogía de la ciencia que estudia cuánto influye el entorno en los genes
En nuestras sociedades, tanto padres como profesores solemos relacionar el éxito académico con la inteligencia, el esfuerzo o el talento individual. Sin embargo, tener capacidades no garantiza desarrollarlas.
El entorno, las experiencias y las relaciones pueden marcar una diferencia importante. Pero ¿hasta qué punto influyen las condiciones que rodean a un estudiante en aquello que puede llegar a aprender?
La epigenética ofrece un punto de partida interesante para reflexionar sobre esta cuestión. Esta disciplina estudia cómo determinados factores ambientales pueden influir en la regulación de los genes sin modificar la secuencia del ADN.
Aunque sus mecanismos no pueden trasladarse directamente al ámbito educativo, podemos establecer una analogía: del mismo modo que el desarrollo biológico está condicionado por la interacción entre el organismo y su entorno, el desarrollo de las capacidades también depende, en parte, de las experiencias y oportunidades de aprendizaje.
No se trata de afirmar que la educación modifica los genes ni de presentar la «epigenética educativa» como una disciplina científica, sino de preguntarnos qué ocurre cuando un alumno encuentra un entorno que le permite desarrollar sus capacidades y qué sucede cuando esas oportunidades son limitadas.
Ese entorno no se reduce a la escuela ni a la figura del docente. La familia, las relaciones con los compañeros, las expectativas de los adultos y las experiencias fuera del aula también influyen en la manera de aprender.
Sentirse acompañado, contar con referentes positivos o formar parte de un grupo que valora el aprendizaje puede favorecer el desarrollo. Por el contrario, las dificultades familiares, la falta de recursos o los problemas de convivencia pueden añadir obstáculos. Esto no significa que el contexto determine el futuro de un estudiante, sino que sus oportunidades se construyen a través de múltiples influencias.
En el ámbito pedagógico, el psicólogo Lev Vygotsky formuló el concepto de «zona de desarrollo próximo»: la distancia entre lo que un estudiante puede hacer por sí mismo y lo que consigue con la orientación de alguien más experimentado. Un alumno que hoy no resuelve un problema quizá pueda hacerlo con otra explicación, la ayuda de un compañero o una práctica guiada. Con los apoyos adecuados, ese aprendizaje puede llegar a ser autónomo.
El docente ocupa, por tanto, un lugar esencial, aunque no exclusivo. Enseñar no consiste solo en transmitir contenidos, sino también en averiguar qué sabe el alumnado, detectar dificultades y proponer desafíos alcanzables.
La evaluación continua debería servir para comprender qué necesita cada estudiante para avanzar, no limitarse a poner una nota. El profesorado también puede fomentar relaciones positivas entre compañeros y establecer puentes con las familias. Sin embargo, su capacidad para acompañar a los alumnos depende del tiempo, los recursos y las condiciones en las que trabaja.
Educar es una tarea compartida, aunque las responsabilidades de cada agente sean diferentes.
Si el entorno influye en el aprendizaje, ¿todos los estudiantes encuentran las mismas oportunidades? Un colegio del centro de Madrid puede tener cerca museos, bibliotecas y una amplia oferta cultural. Una escuela rural quizá encuentre dificultades de acceso a ciertos servicios, pero también puede ofrecer experiencias ligadas a la naturaleza, al territorio y a una comunidad cercana. Las diferencias no tienen por qué convertirse en desigualdades, siempre que existan recursos y apoyos adecuados.
El filósofo y pedagogo Gregorio Luri señala, en declaraciones para este artículo, que la escuela no puede eliminar por completo las desigualdades económicas y culturales de origen, pero sí contribuir a reducirlas.
Por eso, propone prestar atención a momentos decisivos de la trayectoria escolar, como tercero de Primaria, cuando las diferencias iniciales pueden tener consecuencias importantes. También destaca el peso de los conocimientos previos: dos alumnos pueden escuchar lo mismo y comprender cosas distintas. De ahí su afirmación: «Al alumno que parte con desventaja hay que ofrecerle tiempo de calidad». No se trata solo de dedicar más minutos, sino de ajustar la enseñanza y comprobar si los apoyos funcionan.
Un caso que recomienda observar es el de Misisipi, en Estados Unidos, donde desde 2013 se han impulsado reformas centradas en la lectura, la formación docente y la detección temprana de dificultades.
La evolución de sus resultados en lectura en las evaluaciones nacionales ha situado al estado como un caso de interés. Aunque ninguna reforma explica por sí sola una mejora educativa, su experiencia subraya la importancia de combinar intervenciones concretas con un seguimiento sostenido.
Pero ¿disponen los docentes de tiempo para conocer las necesidades de cada alumno? Las clases numerosas, la diversidad de situaciones y las tareas administrativas pueden dificultar ese seguimiento.
Y tampoco todas las familias cuentan con las mismas posibilidades para acompañar el aprendizaje en casa. Reconocer estas diferencias no significa culpabilizar a docentes o familias, sino comprender que las oportunidades educativas requieren apoyos más amplios.
El estudiante, por su parte, no es un espectador. Necesita participar, practicar y asumir progresivamente responsabilidad en su aprendizaje. Pero, cuando parece no aprovechar una oportunidad, conviene preguntarse qué puede estar dificultándolo: quizá le falten conocimientos previos, confianza, apoyos o una propuesta adecuada.
Su implicación importa, pero también puede cultivarse mediante las relaciones y experiencias que lo rodean.
Entonces, ¿existe una «epigenética educativa»? No como explicación científica demostrada de lo que ocurre en el aula. Como analogía, nos ayuda a mirar más allá de un talento supuestamente fijo. La educación no solo descubre capacidades: también contribuye a desarrollarlas.
Y ese desarrollo no depende de una única persona, sino de la interacción entre el alumno, su familia, sus compañeros, sus docentes y las oportunidades que la sociedad pone a su alcance. Quizá debamos preguntarnos menos cuánto talento tiene cada estudiante y más qué necesita para hacerlo crecer.
¿Y si el potencial de un alumno no dependiera únicamente de sus capacidades, sino también de las oportunidades que encuentra para desarrollarlas?
* Luis Monedero Casillas es miembro del grupo de trabajo del Grado en Educación Primaria de la Universidad San Pablo CEU