Begoña Gómez, en una imagen de archivo
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La extraña reaparición de Begoña Gómez: con tacones y muletas en la graduación de su hija
Tras meses de ausencia y en el epicentro del escándalo judicial, la mujer de Sánchez vuelve a la escena con poca discreción
Tras un prolongado mutismo de cinco meses —silencio tan elocuente como su reaparición—, Begoña Gómez ha vuelto a escena, y lo ha hecho en un entorno que, en principio, invitaba a la discreción: la graduación escolar de su hija menor, Carlota, en un instituto público de Moncloa-Aravaca. Concretamente, en el Instituto Ciudad de los Poetas, un centro bilingüe situado en el barrio de Saconia, que ofrece educación secundaria y bachillerato. Ha sido el portal Informalia quien adelantó en primicia la información, señalando que el acto tuvo lugar la tarde del miércoles 21 de mayo.
Lejos de lo anecdótico, el evento adquirió tintes casi simbólicos: la esposa del presidente del Gobierno, escoltada por su marido —pese al discreto cordón de seguridad que les acompañaba— y asistida por unas muletas, irrumpía nuevamente en la esfera pública sin previo aviso. Desde luego, no fue una aparición anodina. El detalle que más comentarios suscitó fue su peculiar elección de indumentaria: vestido de satén verde, chaqueta beige, muletas… y, para desconcierto general, alpargatas de cuña.
El conjunto desató no solo el murmullo entre los asistentes, sino una auténtica disección estética y ortopédica en redes sociales. «Muletas y cuñas no suena muy creíble», sentenciaba un usuario. «Hasta en lo médico son capaces de falsear la realidad», apuntaba otro, sin filtros. Las críticas no se limitaron al estilismo: la altura de las asideras —«propias de un montaje teatral», decían algunos— hizo sospechar que no se trataba de una dolencia médica, sino de una escenificación cuidadosamente medida. ¿Afección real o guiño retórico de victimismo preventivo? Del atuendo del presidente, poco más que añadir: fiel a su estilo, lució su sempiterno traje azul, americana desabrochada y camisa rosa. Sin riesgo, sin sorpresas, sin más.
En el vídeo difundido en exclusiva por Libertad Digital, puede verse a un Pedro Sánchez visiblemente distendido, apenas unas horas después de una sesión de control parlamentario en la que se le interpeló —con creciente incomodidad— sobre los múltiples casos de corrupción que cercan tanto a su partido como a su entorno más inmediato. La imagen del presidente, sonriente y en actitud relajada junto a su esposa, contrasta con el peso institucional que soporta y con el delicado contexto judicial que envuelve a Begoña Gómez.
Cabe recordar que su última aparición pública se remonta al 30 de noviembre, durante el 41º Congreso Federal del PSOE en Sevilla, donde su marido agradeció el respaldo del partido en «momentos difíciles», preludio del proceso que llevaría a Gómez a declarar, el 18 de diciembre, ante el juez Juan Carlos Peinado. La investigación, que alude a presuntos delitos de tráfico de influencias, corrupción en los negocios, apropiación indebida e intrusismo, no ha impedido que la familia Sánchez-Gómez haya mantenido un perfil inusualmente hermético, especialmente en lo que respecta a sus hijas, Ainhoa y Carlota —de veinte y dieciocho años, respectivamente—, cuidadosamente alejadas del foco mediático.
Y como si la escena del instituto no fuera ya suficientemente densa de simbolismo y controversia, la mañana de este mismo 23 de mayo se ha conocido un nuevo capítulo en esta intrincada novela judicial: el juez ha decidido enviar al banquillo al hermano de Sánchez (David) y al líder del PSOE extremeño, acusados de prevaricación y tráfico de influencias.
La ceremonia de graduación de Carlota distó notablemente de la que protagonizó su hermana Ainhoa en 2022, entonces en un instituto público de Pozuelo de Alarcón, localidad en la que la familia Sánchez Gómez residía antes de su traslado a La Moncloa. Aquella tarde de junio fue todo lo que esta última no ha sido: discreta, serena y ajena a cualquier atisbo de controversia.
El jefe del Ejecutivo, con sobria camisa blanca y chaqueta verde, y Begoña Gómez, vestida con un traje de pantalón negro, posaron entonces con los abuelos —paternos y materno— en la inevitable fotografía familiar, ante la mirada curiosa de algunos estudiantes que, lejos de abucheos o protestas, simplemente pidieron un selfi con el presidente. Fue, como señalaron los medios en su día, una de esas raras jornadas plácidas en la biografía pública de un mandatario que pocas veces puede caminar sin la compañía del ruido político.