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Los Príncipes de Gales hacen las maletas y se instalan en Forest Lodge en plena tormenta real

El Príncipe de Gales y su esposa inician una nueva etapa en su nueva casa mientras la Casa Real enfrenta la crisis del Príncipe Andrés

La mudanza más esperada del año en la familia real británica ya es una realidad. El Príncipe Guillermo y la Princesa Kate Middleton, ambos de 43 años, han dejado atrás Adelaide Cottage, la casa donde vivían desde 2022, para instalarse definitivamente en Forest Lodge, una elegante mansión georgiana escondida entre los robles y senderos del Windsor Great Park, a unos 37 kilómetros de Londres. Con este cambio, seguirán viviendo cerca del Castillo de Windsor, lo que les permitirá estar presentes en los actos y compromisos oficiales sin renunciar a la vida familiar que tanto valoran.

El traslado se ha hecho coincidir con el half term, el receso escolar de mitad de trimestre, aprovechando las vacaciones de sus tres hijos: el Príncipe Jorge, de doce años; la Princesa Carlota, de diez; y el Pequeño Luis, que tiene siete. Los tres estudian en el colegio Lambrook, situado a pocos minutos de su nuevo hogar.

Forest Lodge

Desde hacía meses, los Gales querían tenerlo todo listo antes de la tradicional Noche de las Hogueras, o Bonfire Night, que se celebra cada 5 de noviembre en el Reino Unido para recordar la Conspiración de la Pólvora de 1605, cuando Guy Fawkes intentó volar el Parlamento británico. Además, la nueva ubicación acerca a la pareja aún más a los padres de la princesa, Carole y Michael Middleton. Bucklebury Manor, la residencia familiar de los Middleton, se encuentra también en el condado de Berkshire, a unos 40 kilómetros de Forest Lodge.

Una mansión con historia

A primera vista, Forest Lodge parece sacada de una novela inglesa. La casa, construida hacia 1770, conserva intacta su elegante fachada de ladrillo rojo, con las ventanas blancas perfectamente alineadas y un tejado de pizarra que se alza entre el verde del Windsor Great Park. En su interior, los techos abovedados, las molduras de yeso y las chimeneas de mármol evocan el esplendor de otra época, mientras las últimas reformas han devuelto a la residencia su equilibrio entre tradición y modernidad. Con sus ocho dormitorios y amplios ventanales en forma de mirador, la mansión combina historia, luz y serenidad. El Príncipe Guillermo, que ha financiado personalmente las obras, quiso preservar el alma clásica de la casa, pero adaptándola a las necesidades de una familia joven con tres niños, en busca de un hogar cálido y funcional sin renunciar a la elegancia británica.

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Está catalogada como edificio de Grado II, lo que significa que forma parte del patrimonio protegido británico por su valor histórico y arquitectónico. A lo largo de los siglos, ha pasado por las manos de nobles y funcionarios de alto rango, pero fue Eduardo VIII, el duque de Windsor, quien en 1936 decidió rebautizarla como Forest Lodge porque el nombre original, Holly Grove, le parecía poco refinado.

Sin embargo, la estancia de Guillermo en su nuevo hogar será breve. El heredero al trono viaja hoy, lunes 3 de noviembre, a Río de Janeiro para participar en tres citas clave: la entrega de los premios Earthshot, la cumbre United for Wildlife y la Conferencia de la ONU sobre Cambio Climático (COP30). En una entrevista con la revista ¡Hello!, él mismo expresó su deseo de que sus hijos «crezcan rodeados de naturaleza y de oportunidades», aunque advirtió que «el futuro está en peligro» si no se protege el planeta que heredarán las próximas generaciones.

Muy cerca del Príncipe Andrés

Pese al entusiasmo por la mudanza, la familia se instala en un momento delicado para la monarquía. La residencia está a apenas tres kilómetros de Royal Lodge, hogar de Andrés Mountbatten-Windsor, hermano del Rey Carlos III, que vuelve a estar en el punto de mira. El pasado 30 de octubre, Buckingham Palace anunció que el monarca ha iniciado el proceso para retirarle sus títulos y honores, tras el renovado escrutinio sobre su relación con Jeffrey Epstein. En las próximas semanas, el duque deberá abandonar su casa, lo que convierte a los Gales en vecinos provisionales de un pariente caído en desgracia.

Además, el traslado ha generado cierta incomodidad entre los vecinos, que han visto restringido el acceso a algunas zonas del parque donde antes podían pasear libremente. «Llevo veinte años viniendo aquí con mi perro; que nos digan ahora que ya no podemos es una bofetada», protestó una vecina en declaraciones a The Sun. Desde el Palacio de Kensington justifican la medida como parte de un refuerzo de seguridad. Las obras de rehabilitación del inmueble y las medidas de protección de la finca se terminaron antes del plazo previsto. Por ello, los Gales dieron una copa «de agradecimiento a la brigada de obreros, empleados y personal a su servicio particular», según adelanta el Daily Mail en la edición de este lunes.