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François Mitterrand y Brigitte Bardot

François Mitterrand y Brigitte Bardot, en 1984, en El Elíseo

La ideología política de Brigitte Bardot y su línea dura contra la inmigración

La actriz defendió un discurso beligerante en materia de inmigración, en consonancia con lo que consideraba las esencias francesas

La escena tuvo lugar en el Palacio del Elíseo en diciembre de 1967, con motivo de la recepción anual al mundo artístico y literario. En contra de lo indicado por el protocolo -vestimenta estricta tanto para hombres como para mujeres-, una Brigitte Bardot en la cúspide de su gloria acudió a la cita luciendo un traje muy masculino y, sobre todo, de apariencia muy castrense. La entonces primera dama de Francia, Yvonne de Gaulle, se escandalizó. No fue el caso de su marido: al ver a la actriz, el viejo general -acababa de cumplir 77 años- se exclamó: «¡Qué suerte, madame !: usted lleva uniforme militar y yo voy de paisano!». Meses más tarde, Charles de Gaulle designó a Bardot como musa de Marianne, símbolo femenino de la República, cuyo busto está presente, por ley, en todos los ayuntamientos de Francia.

El más ilustre gobernante que el país vecino ha tenido desde Napoleón fue uno de los dos presidentes de la V República del que la protagonista de Y Dios creó a la mujer tenía una opinión positiva. El otro era Valéry Giscard d’Estaing, el cual, según la actriz, fue más allá de lo que cabría imaginarse. «Me perseguía, era encantador, pero un poco pesado», declaró en Le Figaro. Ocurriera lo que ocurriera entre ambos, lo cierto es que la actriz «arrancó» a Giscard medidas como el fin de la importación de pieles de crías de foca blanca y el fin del uso de monos vivos en las pruebas de choque de los automóviles.

© Nice Matin/ABACA. 14675-3. Brigitte Bardot. 
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Brigitte Bardot condicionó su apoyo político al avance de la causa animalistaNice Matin

Porque a partir de los setenta la actriz condicionó su apoyo político al avance de la causa animalista. Y ninguno hizo, en su opinión, lo suficiente. Bien es cierto que ninguno de los sucesivos inquilinos del Elíseo podía permitirse el lujo (electoral) de enemistarse con el poderoso universo de la caza, actividad que Bardot quería prohibir; ni tampoco ponerse en contra, en todo el sur de Francia, a los empresarios y aficionados taurinos.

Así las cosas, de François Mitterrand -durante 35 años parlamentario de un distrito de la Francia rural y alcalde de uno de sus municipios- no consiguió nada. ¿Jacques Chirac? «El rey de los mentirosos». Parece ser que el sucesor de Mitterrand no quiso, como alcalde de París, prohibir las tiendas de mascotas. Bardot tampoco tenía bien considerados a Nicolas Sarkozy y a Emmanuel Macron, defensor confeso de la actividad cinegética. Tenía una pizca más de estima a François Hollande, no se sabe bien por qué. Pero solo una pizca.

Mas complejas fueron sus relaciones con los Le Pen. Brigitte Bardot y Jean-Marie Le Pen se conocieron en plena Guerra de Argelia. Quien entonces era el diputado más joven de Francia y ponente del presupuesto de Defensa propuso a la actriz que ya despuntaba visitar a soldados heridos en los hospitales. Bardot aceptó. «Sin embargo, ella era todo menos militarista», escribió Le Pen en sus memorias. «Tenemos más en común de lo que parece. Ama a los animales, anhela una Francia limpia; admiro su valentía y su franqueza», añadió.

En 1992 Bardot contrajo matrimonio -el cuarto- con Bernard d’Ormale, en su momento uno de los asesores áulicos de Le Pen. Pero de ahí a prestarle un apoyo electoral constante y sistemático, mediaba un trecho. Al igual, por cierto, que Alain Delon, que era amigo personal del líder, pero guardando ciertas distancias en público. Una actitud que Bardot repitió con Marine Le Pen: pudo votar por ella en algún momento, la admiraba, pero sin más.

Lo que si compartían Bardot y los Le Pen era la hostilidad a la inmigración y a sus tradiciones culturales. Por ejemplo, el Aíd al-Kabir, una de las principales fiestas islámicas, en las que se sacrifican a corderos. «Masacran a mujeres y niños, a nuestros monjes, a nuestros funcionarios, a nuestros turistas y a nuestras ovejas; un día nos masacrarán, y lo habremos merecido. ¿Una Francia musulmana, una Marianne magrebí? ¿Por qué no, a estas alturas?», alegó. Defendida en un tribunal por el abogado lepenista Wallerand de Saint-Just, la polémica frase motivó la primera de las cinco condenas infligidas a la actriz por «incitación al odio racial».

¿Se puede considerar, en conjunto, a Bardot como una derechista incondicional y sin reservas? No del todo. La actriz, icono de la incipiente libertad sexual de los 50, siempre fue una defensora firme del aborto y se arrepintió de haber dado a luz a su único hijo, Nicolas Charrier, al que repudió. «Era como un tumor que se había alimentado de mí, que había llevado en mi carne hinchada, esperando el momento bendito en que finalmente me libraran de él. Cuando la pesadilla llegó a su punto álgido, tuve que asumir para siempre el objeto de mi desgracia», estimó oportuno escribir en sus memorias. El hijo en cuestión se querelló y ganó en los tribunales.

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