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Roberto Centeno

Roberto Centeno prefiere el protagonismo de la inversión agresiva al refugio del anonimato familiar

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Roberto Centeno, el visionario yerno de Juan Roig que ha levantado su propia fortuna lejos de los focos

Mientras Carolina Roig Herrero encarna la discreción absoluta y la disciplina interna que define a la saga Mercadona, donde ejerce como secretaria del Consejo de Administración y pieza clave en el análisis de mercado, su marido, Roberto Centeno, se ha consolidado como un verso libre y audaz que prefiere el protagonismo de la inversión agresiva al refugio del anonimato familiar.

Este natural de Valencia no es el típico pariente que se limita a observar el éxito del imperio desde la barrera; al contrario, ha construido su propia fortunas con el grupo Atitlan, un fondo que ha gestionado más de 1.500 millones de euros desde su creación en 2005, consolidando una trayectoria basada en la diversificación y la búsqueda de oportunidades. El grupo ha invertido en ámbitos tan distintos como la agroalimentación, la energía, el inmobiliario o los servicios. Entre sus participadas destacan empresas como Elaia o Sea Eight en el ámbito agroalimentario, Helios en energía o Ares en el sector inmobiliario.

Casados desde el año 2001, la pareja representa dos formas opuestas de entender la presencia pública: ella, la heredera silenciosa y técnica; él, el ejecutivo de estética relajada y gafas redondas de aire intelectual que prefiere arriesgar en proyectos como en transformar una central nuclear abandonada en una piscifactoría con 3.000 toneladas de lenguados. Su objetivo es claro: transformar lugares olvidados en máquinas de hacer dinero.

Esa falta de filtros se hace evidente en una franqueza ideológica que no teme al choque público, marcando una distancia sideral con el perfil bajo de su mujer. Durante un encuentro inmobiliario, Roberto dejó clara su visión de progreso al atacar el urbanismo de su ciudad natal con una frase que ya es parte de su historial más polémico: «Invito a todo el mundo a que se dé un paseo por La Malvarrosa, que es la primera línea de playa de Valencia. Eso, si estuviéramos en Miami, serían todo hoteles de cinco estrellas».

Para este inversor, el hecho de que zonas de alto valor mantengan hospitales, institutos o viviendas de protección oficial en lugar de complejos de lujo es poco menos que una «barbaridad» y una muestra de falta de ambición. Estas declaraciones incendiaron al tejido social del barrio del Cabanyal, que no tardó en calificar sus ideas como una «fantasía turbocapitalista» que desprecia la vida de los vecinos residentes en favor de la rentabilidad extrema.

Este ADN financiero y su fe inquebrantable en el libre mercado no son fruto del azar. El yerno de Juan Roig es hijo de Roberto Centeno González, economista e ingeniero de minas que fue una referencia intelectual y empresarial en el sector de los hidrocarburos entre los años 70 y 90.

Su propia formación se forjó lejos del Mediterráneo, licenciándose en Economía y Ciencias Políticas por la prestigiosa Universidad de Brown y curtiéndose en la agresividad de la City londinense en gigantes como Goldman Sachs y Merrill Lynch. Esta mentalidad global le llevó a mostrar un entusiasmo sin fisuras ante la llegada de Javier Milei a la presidencia de Argentina; aunque luego borró el rastro en sus redes sociales, su defensa de las ideas liberales del mandatario como única vía de progreso confirmó que no busca el consenso político, sino la desregulación económica extrema.

Desde la fundación de Atitlan en 2005 junto a su socio Aritza Rodero, el grupo ha movido más de 1.500 millones de euros, funcionando como un «cazador de oportunidades» en sectores tan dispares como la energía con Helios, el inmobiliario de lujo con Ares o la agroalimentación con Elaia.

Su apuesta más insólita y ambiciosa hasta la fecha es la reconversión de la antigua central nuclear de Lemóniz, en Vizcaya, una central que nunca llegó a funcionar y que lleva más de 40 años vacía, en una gigantesca piscifactoría tecnológica de lenguados bajo la marca Sea Eight. Con una inversión de 170 millones de euros, el proyecto prevé producir 3.000 toneladas de lenguados al año y generar 200 empleos directos.

La operación busca transformar un símbolo del parón energético de los años 80 en una industria de vanguardia, resumiendo perfectamente el estilo de Centeno: una visión de largo recorrido que ignora fronteras y sentimentalismos locales para brillar con una luz propia, intensa y a menudo polémica, que lo posiciona como uno de los inversores más dinámicos de la España actual.

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